BIENVENIDOS A YUMYS GALAXY, EL RINCÓN DE MARCO ATILIO.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Feliz 2012


Feliz año nuevo a todos


Os deseo de corazón que el año 2012 venga cargado de bondades para que se cumplan todas vuestras ilusiones y esperanzas. Ojalá el nuevo año os proporcione la paz y la sabiduría necesarias para afrontar con éxito las difíciles batallas de la vida en este feo mundo que nos ha tocado vivir. Salud y trabajo para todos.

Marco Atilio

sábado, 24 de diciembre de 2011

No todo lo que brilla son estrellas


Cuando miramos el cielo en una noche despejada podemos ver infinidad de puntitos luminosos, la inmensa mayoría son estrellas como nuestro Sol pero mucho más grandes, es por eso que las vemos, a pesar de que la distancia hasta ellas es inconcebible.

En los núcleos de esas estrellas, de esos puntitos titilantes, se está desatando un infierno, allí se generan reacciones nucleares debido a sus altísimas temperaturas de muchos millones de grados, lo cual hace que esos puntitos que vemos en el cielo nocturno transformen en cada segundo millones de toneladas de materia. Son verdaderos hornos nucleares que hacen que esas estrellas (al igual que nuestro propio Sol) brillen y emitan energía. Son astros autoluminosos.

Siempre que las condiciones sean favorables, es decir, en una noche clara, sin luna y lejos del resplandor de las luces de la ciudad y teniendo buena vista, podemos ver a ojo desnudo unas dos mil estrellas en un momento dado. Las podremos ver de muchos colores, blancas, azuladas, rojizas, amarillentas, anaranjadas… brillantes unas y apenas visibles otras.

Pero no todos esos puntos luminosos que vemos en la noche son estrellas, a simple vista, aparte de las estrellas propiamente dichas y de la Luna, se pueden ver seis planetas. También podemos ver galaxias, nebulosas, cúmulos estelares… que pasaré por alto en este artículo.


Los planetas Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno y Urano se pueden ver en el cielo nocturno como puntos luminosos, se asemejan a las estrellas pero existen diferencias que los distinguen de éstas.


La primera característica diferenciadora radica en su forma de “lucir”. Los planetas tienen un brillo estable, sin parpadeos, a no ser que estén muy bajos en el horizonte y puedan hacerlo ocasionalmente. El brillo de las estrellas es centelleante, sobre todo si están a poca altura sobre el horizonte en cuyo caso parecen chisporrotear, crepitar, como diminutos focos multicolores. Además los planetas los hallaremos siempre dentro de alguna de las constelaciones zodiacales, en las inmediaciones de la eclíptica o el camino que recorren el Sol y la Luna en su trayectoria anual a través de esas constelaciones zodiacales.


Otra diferencia es que los planetas (excepto Urano y a veces Mercurio y Marte) brillan demasiado como para confundirlos con estrellas. Serán por lo general, los astros más brillantes de la constelación en la que se encuentren y “descompondrán” el dibujo habitual de la misma.


Un tercer matiz distintivo sería que los planetas se mueven en relación al fondo de las estrellas fijas. No es que las estrellas permanezcan inmóviles lo que ocurre es que su inmensa lejanía hace que su movimiento sea imperceptible para que nosotros lo apreciemos a simple vista. Observaremos que la posición de los planetas más próximos a la Tierra cambia de un día para otro, sin embargo, la posición de los más alejados cambia a intervalos más largos (una o varias semanas).


Además de todo esto, cada planeta por sí mismo tiene unas características específicas que lo diferencian, no sólo respecto de las estrellas, si no del resto de los demás planetas.

-Venus es el planeta más fácil de identificar. Después del Sol y la Luna, es el astro más brillante de todo el cielo. Podremos observar a Venus durante poco más de 3 horas siempre en el horizonte oeste tras la puesta de sol, o bien sobre el horizonte este antes de que el astro rey haga su aparición. A Venus se le conoce como el “lucero del alba o el lucero del atardecer”. Su luz fija, de un blanco inigualable, hace de la observación de este planeta una maravillosa  experiencia para los sentidos.


-Júpiter es el segundo planeta más brillante y tiene un delicado resplandor blanquecino. Un níveo y refulgente brillo, inconfundible en el cielo nocturno. Si no se tiene demasiada experiencia se puede confundir a Júpiter con Venus si el planeta merodea los territorios donde sólo puede encontrase este último. Por supuesto si los dos astros están sobre el horizonte no habrá lugar a la confusión.

-Marte tampoco es difícil de reconocer ya que tiene una fuerte coloración rojizo-anaranjada. Su luminosidad presenta notables variaciones dependiendo de la distancia a la que el planeta se halle de la Tierra en un momento dado. A veces, si no fuera por su color, Marte pasaría casi desapercibido del resto de las estrellas circundantes, y otras veces, brillaría más que ninguna. Como se ha dicho, todo depende de la distancia a la que en ese momento se encuentre de la Tierra.


-Saturno tiene una luminosidad que, aun siendo alta, es igualada por bastantes estrellas, por consiguiente, este único dato no será de gran ayuda para su identificación. Tampoco nos dirá gran cosa su movimiento sobre el fondo estrellado, ya que tendríamos que esperar al menos un mes para apreciar algún cambio en su posición. Así pues, para la localización rápida de Saturno debemos tener en cuenta la estable fijeza de su luz, el color amarillento-rosado de la misma y que la constelación que lo alberga es una de las del zodíaco.

-Urano es visible sin ayuda de ningún instrumento óptico únicamente cuando alcanza la 6ª magnitud, y aún así, teniendo muy buena vista y sabiendo su ubicación exacta en la bóveda celeste. Sólo de esta manera podremos reconocerlo como un débil punto azul-verdoso.


-Mercurio es, posiblemente, el planeta más difícil de ver. Dado que se haya muy cerca del Sol, las condiciones para su observación son extremadamente limitadas. Sólo podremos encontrarlo poco antes de la salida del Sol en el horizonte este, o en el ocaso poco después de que nuestra estrella se haya hundido por el oeste. Siempre estará a muy poca altura sobre el horizonte occidental u oriental, sobre un cielo que aún no se ha llegado a oscurecer del todo y con un brillo muy mermado por la luz solar. Esto hace que debamos buscarlo en un horizonte sin obstáculos y totalmente limpio de neblina. Además, se mantiene sobre el horizonte apenas dos horas como máximo, lo que dificulta sobremanera su observación. Si conseguimos verlo al fin, veremos que su luz es de un pálido amarillento y nos encontraremos entre los pocos afortunados que lo habrán visto alguna vez.

A lo largo de mi vida he podido ver la suave brillantez de Mercurio en dos ocasiones y tengo que decir que fue una gozada su contemplación. Para muchos aficionados, la observación de Mercurio se ha convertido en su asignatura pendiente. Durante toda su vida, ni el mismísimo Galileo consiguió poder divisar este pequeño y esquivo planeta.

Marco Atilio


sábado, 17 de diciembre de 2011

Por siempre Isabel


Me estoy dando cuenta que mantener un blog actualizado y escribir en él con cierta periodicidad resulta a veces bastante complicado. Hacerlo de esta manera necesita tiempo, un tiempo del que muchas veces se carece.

Por otra parte, escribir sobre algo y que las ideas fluyan no siempre es posible en el momento en que nosotros queremos. Las musas a veces nos son favorables y, por el contrario, otras veces no están en absoluto de nuestro lado.

Aunque si existe en el mundo una persona que me inspire con sólo mirarla, esa persona es mi esposa, una mujer de la que llevo enamorado más de 35 años.


Mi querida Isabel es una persona inteligente y sensible, desinteresada y altruista; una madre ejemplar y una esposa admirable. Una mujer cautivadora y fascinante, dulce y bondadosa y a la que doy gracias por la presencia de ánimo que me proporciona. Una mujer de la que me enamoro todos los días.

Pasear junto a ella por la vida es lo mejor que me ha proporcionado la existencia. A su lado he aprendido a vivir y ella ha sido mi constante salvavidas, la persona que con su serenidad y sosiego ha devuelto la paz a mi espíritu en no pocas ocasiones.

Me siento dichoso porque sé que ella comparte mis amaneceres y mis atardeceres. Porque con ella a mi lado es más sencillo recorrer el difícil camino de la vida. Porque junto a ella es más bonita una flor y una puesta de sol. Porque a su lado todo parece más fácil y nuestros hijos sienten esa mano dulce y apaciguadora que les guía y les conduce por los intrincados vericuetos de la existencia y porque sin ella, mi vida tendría menos sentido.


Ella llena mi vacío,
ella es todas mis cosas,
es la gota de rocío
en el tallo de las rosas.

Ella es bella y delicada,
es frágil y tan sutil,
como la lluvia pasada
en una tarde de abril.

Ella conforta mi alma,
en ella encuentro calor,
es mi bonanza…, mi calma…,
es mi ilusión…, es mi amor.


…Y sus labios de rosa se hicieron agua,
cuando yo los besaba de madrugada.


Marco Atilio

lunes, 5 de diciembre de 2011

Evocaciones


Cuando detrás de los cristales de mi ventana, contemplo ensimismado la fina lluvia de los días grises de finales del otoño…

Cuando paseo por el campo algunas mañanas de primavera, aquellas en que el rocío de la aurora cubre de un hermoso velo cristalino las hojas de los olivos y la hierba verde y fresca de los campos de labranza…

Cuando desde el “Paseo de La Muralla”, miro el horizonte en los calurosos atardeceres del mes de agosto, justo cuando el sol se va poniendo y su luz púrpura cubre de sangre las siluetas, agrandadas por las sombras, de los olivos centenarios…

Cuando en el recogimiento del hogar, en las frías noches del invierno, a solas con mis soledades y el extraño silencio que rompe de vez en cuando el ulular del viento del norte…

Cuando en fin, me envuelve esa extraña melancolía que quizá todos sintamos a veces, sobre todo cuando la nostalgia y los recuerdos se apoderan de nosotros.

Es en esos momentos cuando mi mente se llena de imágenes de otra época y escarbo en lo más recóndito de mis pensamientos para sacar las historias que pasaron por mi vida y que me fueron moldeando como persona. Recuerdos lejanos que vienen y van en un “batiburrillo” extraño y que saltan a mi memoria conformando una especie de retratos del pasado.

Es entonces cuando soy consciente del paso del tiempo, que la fortaleza de la juventud ya pasó y que con la madurez y la experiencia sobrevenida también se han quedado conmigo los dolores  y los achaques y que aquel accidente de tráfico de hace tantos años, hace ya algún tiempo que me está pasando factura. Incluso pienso en mi vejez (si es que llego) y en que mi calidad de vida será muy precaria al paso que voy… ¡Madre mía, pero si así pensaba mi abuelo! Algo similar  le oí decir muchas veces, pero cuando decía eso tenía bastantes más años que yo. Entonces… ¿qué pasa?, ¿es que estoy perdiendo el positivismo que siempre he tenido…? Aunque tampoco quiero engañarme a mí mismo. En fin, espero que la vida me depare mejores augurios en este sentido…

Si existe algo en mi pasado que me gustaría cambiar si pudiera, no sería otra cosa que la de haber podido seguir estudiando. Las circunstancias (sobre todo económicas) hicieron que mis padres me quitaran del colegio apenas con trece años. Una cosa que nunca les he reprochado porque supongo tuvieron sus buenas razones para hacerlo pero que, sin quererlo, me privaron de uno de mis mayores sueños: el de haber podido dar clase en un Instituto o en una Universidad como Licenciado en Filosofía y Letras. ¡Cuánto me hubiera gustado estudiar esa Carrera! En lugar de eso aún recuerdo las vejigas que me salieron en las manos cuando, con un cuchillo, quitaba las rebabas a los moldes de los “alpargates” (una especie de bizcochos) en la pastelería en la que me pusieron a trabajar con tan sólo trece años como ya he mencionado antes.

En alguna ocasión alguien me ha dicho que podría haber retomado los estudios en la edad adulta. Y yo digo que prácticamente casi nunca los empleos que he tenido (algunos muy físicos) me han dejado tiempo para hacerlo. Luego se van cumpliendo años, te acomodas de alguna manera, pierdes muchas de las ilusiones que tenías, te preguntas que… ¿para qué ahora? y no te entran ganas de empezar a estudiar de nuevo. En fin, a veces la vida es así y así tenemos que aceptarla. “Agua pasada no mueve molino” y no seré yo quien le dé más vueltas.


Sea como fuere, desde muy pequeño he tenido un libro en la mesilla de noche. Con apenas 10 años ya había leído “Viaje al centro de La Tierra de Julio Verne” y “la biografía de Miguel de Cervantes”. Esos dos libros fueron los primeros que me dejaron “los reyes magos” y no veas la ilusión que me hicieron esos regalos. Y es que desde muy temprana edad me ha interesado mucho el mundo de la cultura y mi afán por aprender no ha tenido límites. A lo largo de mi vida he ido cultivando todas las ciencias y las artes, de manera muy especial la astronomía y la literatura.


Rebusco en mi  pasado buscando aquellos momentos que se fueron y que ahora están tan lejanos pero que a mí no me parece que haya pasado tanto tiempo… ¡Dios Santo! ¡Cómo pasa todo y a qué velocidad!

Recuerdo el desconsolado llanto que me causaron los conejos que criábamos en casa cuando en un “alevoso y nocturno ataque” royeron los muñecos con los que jugaba. Un montón de indios Sioux, Arapahoes, Apaches y Comanches, que enfrentaba al Séptimo de Caballería del General Custer en el corralón de la casa de la calle Veredilla fueron pasto de los roedores quedando mutilados en su inmensa mayoría. Aquellos momentos fueron difíciles para mí, un niño de seis años al que su madre consolaba con dulzura y a la que, precisamente, acompañaba al campo a por hierba (cuando la hierba aún se podía coger sin temor a que estuviera contaminada por los pesticidas) en las tibias tardes del mes de mayo para dar de comer a aquellos que habían diezmado mi ejército de muñecos.

De aquellos recuerdos nacieron estos versos que dediqué a mi madre:


En tus ojos cansados madre
me estoy mirando,
quisiera recordar contigo
tiempos pasados.
Recuerdo con qué dulce esmero
con qué cuidado,
cuando era pequeño enjugabas
mi llanto amargo.
Recuerdo días de primavera,
tardes de mayo,
para recoger hierba fresca
fuimos al campo.
Luego volvíamos con el tibio
sol del ocaso,
por entre amapolas y juncos
fuimos pasando.
Y recuerdo tu cara alegre,
tus rojos labios,
el amor que en mi alma de niño
ibas dejando.
¡Cuánto me habrás querido!, ¿cómo
podré pagarlo?
Quizá con estos versos madre...,
con este abrazo.

Siguen las imágenes del pasado yendo y viniendo a mi memoria en un trasiego sin fin, unas más lejanas, otras menos, en una mezcolanza peculiar.
 

Con unos nueve o diez años, en las mañanas de la primavera tardía, acompañaba a mi padre y mis tíos a las afueras de la ciudad (unos tres o cuatro kilómetros) al chalé que estaban construyendo en no recuerdo muy bien dónde.

Íbamos andando, al alba, cuando el sol todavía no había salido. A lo largo del estrecho camino y a ambos lados nos flanqueaban un mar de olivos y algún que otro erial cubierto de flores silvestres… jaramagos, amapolas, lirios cárdenos… mientras con sus trinos y gorjeos los jilgueros, gorriones y alguna cogujada saludaban el amanecer.

El chalé estaba situado en un claro rodeado de árboles, la verdad es que me gustaba estar allí, se respiraba paz y tranquilidad. Luego, justo cuando el sol alargaba las sombras casi hasta el infinito impregnándolo todo de un rojo sangre volvíamos a casa, realmente disfrutaba de aquellos “paseos” durante los cuales dejaba volar la imaginación y fabricaba quiméricos castillos en el aire, todos cuantos mi imaginación infantil era capaz de crear…
 
 

Una mariposa nocturna se me ha posado en el brazo… Efímera… Ha levantado el vuelo… El silencio lo envuelve todo… Morfeo me llama y no le hago esperar. Hasta otro día.
Marco Atilio



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