BIENVENIDOS A YUMYS GALAXY, EL RINCÓN DE MARCO ATILIO.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Mi momento de siesta



Soy una persona a la que le gusta trasnochar, de siempre ha sido así y así lo sigo haciendo aunque al día siguiente me tenga que levantar temprano.

No es raro que me den las dos o las dos y media de la madrugada antes de irme a la cama. ¿Y qué hago despierto hasta tan tarde…? Pues habitualmente leo, escribo, veo una película, navego por internet… etc. Al día siguiente, a las seis y media de la mañana ya estoy en pie para irme a trabajar. Lógicamente, todos los días necesito dormir la siesta. Unas dos horas habitualmente.

Esto de la siesta y desde hace ya muchos años se ha convertido en un rito para mí. Una ceremonia que se repite de la misma forma día tras día.

Salgo del hospital a las tres de la tarde así que normalmente llego a casa sobre las tres y veinte poco más o menos. Hay que tener en cuenta que el hospital en donde trabajo se encuentra  en la vecina ciudad de Úbeda la cual dista de Baeza nueve kilómetros.

Pues bien, cuando llego a casa Isabel me está esperando para comer. Habitualmente lo hacemos en la cocina. Y mientras comemos solemos ver el final de las noticias así como  el programa diario “Saber y Ganar” que se emite por la “2” de TVE.

Una vez hemos comido me dirijo al salón de mi casa, enciendo la televisión, bajo la persiana hasta dejar la habitación con una suave penumbra y me tiendo en mi sillón reclinable. Cojo el mando a distancia de la tele y comienzo a hacer zapping. Pronto, casi de inmediato, los párpados comienzan a pesar, los ojos se cierran y aunque lucho por mantenerlos abiertos es una batalla perdida. De repente me invade un dulce sopor. Me abandono a Morfeo casi sin quererlo y en un abrir y cerrar de ojos (y nunca mejor dicho) me zambullo en el irreal y mágico mundo de los sueños.

Aunque resulte un tanto sorprendente, es muy habitual que el sueño me venza con el mando a distancia apuntando a la televisión y acaso a una página del teletexto que se ha quedado sin leer. Súbitamente comienzo a roncar, al menos eso dicen mi mujer y mis hijos, que por otra parte siempre han sido muy respetuosos con mi momento de siesta. Ellos saben que necesito ese par de horas para poder recuperar todas mis energías y poder volver a ser persona.

Es increíble la facilidad que tengo para conciliar el sueño a la hora de la siesta. Reclinarme en el sillón y no pasan ni dos minutos cuando ya estoy roncando. Sí, la verdad es que resulta un tanto sorprendente.

De cualquier manera bendita siesta, una santa costumbre española y que yo, fiel a esa costumbre, pongo en práctica todos los días desde hace ya muchos años y siempre siguiendo el mismo ritual. No en vano el hombre es un animal de costumbres… pues eso, yo no iba a ser menos. 

Marco Atilio

lunes, 18 de mayo de 2015

Los pasteles y la muela

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Lo que sigue a continuación es un cuento recogido en el siglo XVI por Juan de Timoneda en una obra titulada “Sobremesa y alivio de caminantes”, (Cuento XXII) el cuento se llama “Los pasteles y la muela” y encierra una gran verdad: “Nunca hay que guiarse por las apariencias”. Aquí está el cuento:

Un rústico, deseoso de ver al rey, pensando que era más que hombre, despidióse de su amo pidiéndole su soldada. Yendo a la corte, con el largo camino, acabáronsele los dineros. Allegado a la corte y visto el rey, viendo que era hombre como él, dijo:

- ¡Oh, que por ver a un hombre he gastado todo lo que tenía, que no me queda sino medio real en mi poder!

Y del enojo que tomó, le empezó a doler una muela, y con la pasión del hambre que le aquejaba no sabía qué remedio se tomase, porque decía:

- Si yo me saco la muela, y doy este medio real, quedaré muerto de hambre; si me como el medio real, dolerme ha la muela.

Con esta contienda arrimóse a la tabla de un pastelero por írsele los ojos tras los pasteles que sacaba. Y acaso vinieron a pasar por allí dos estudiantes, y como le vieron tan embebecido en los pasteles, por burlarse de él, dijéronle:

- Villano, ¿qué tantos pasteles te atreverías a comer de una sentada?

- Perdiez, que me comiera quinientos.

Dijeron:

- ¡Quinientos! Líbrenos Dios, del diablo.

Replicó:

- ¡De todo se espantan vuesas mercedes!

Ellos que no, y él que sí, dijeron:

- ¿Qué apostaréis?

- ¿Qué, señores? Que si no me los comiese, que me saquéis esta primera muela –y señaló la que le dolía.

Contento, el villano empezó a comer pasteles y a saciar el hambre y ya que estuvo harto, paró  y dijo:

- Lo siento por mí señores, confieso que ya no puedo más, he perdido.

Los otros, muy regocijados y chacoteando, llamaron a un barbero (en aquella época también ejercía de sacamuelas)  y se la sacaron, aunque el villano hacía grandes aspavientos, y por más burlarse de él decían:

- ¿Habéis visto este necio villano que por hartarse de pasteles se dejó sacar una muela?

Respondió él:

- Mayor necedad es la vuestra, que me habéis quitado el hambre y sacado una muela que toda esta mañana me dolía.

En oír esto, los que estaban presentes se rieron grandemente de la burla que el villano les había hecho, y los estudiantes pagaron, y de  afrentados volvieron las espaldas y se fueron.

miércoles, 6 de mayo de 2015

David

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Hace mucho tiempo de aquello, más de veinte años. Mi hijo pequeño tenía poco más de dos. Era una maravillosa mañana de primavera, el sol lucía espléndido, serían las 10 cuando decidí disfrutar de mi pequeño David jugando con él a la pelota en el patio trasero de mi casa. Recuerdo que al salir al patio y levantar la vista al cielo, reparé en dos gorriones posados sobre la antena de televisión. Me agaché intentando hacer el menor ruido posible y cogiendo a David le indiqué la presencia de los pajarillos al tiempo que me llevaba el dedo a los labios animándole a que guardara silencio. Él levantó la mano y señaló con su dedo índice hacia los dos gorriones que casi de inmediato levantaron el vuelo dejando en mi hijo una cara de sorpresa difícilmente imaginable.
 
Su expresión de asombro ante la súbita espantada de los pajarillos fue todo un poema y, aunque ha pasado mucho tiempo, todavía recuerdo aquella escena y las emociones que me produjo, antes y ahora cuando evoco la expresividad de aquellos ojazos negros. Emociones que fueron… y van, desde el amor a la ternura, desde la inocencia a la hilaridad.
 
Con ocasión de aquel suceso escribí un poema dedicado a mi hijo David. Aquel poema ha estado perdido durante mucho tiempo pero hete aquí que haciendo limpieza lo he vuelto a encontrar escrito sobre una hoja de papel escondida entre las páginas de uno de mis numerosos libros. El poema en cuestión lo titulé “David” y ahora lo comparto con todos vosotros:

La pureza…,

el fresco aire

de un amanecer hermoso…,

el color del arco iris…,

húmedas mañanas

de primavera…,

mariposas de colores…,

nubes blancas...,

el color de la inocencia.

 

Como tu cara,

como tus ojos,

como tu alma de niño.

 

Dos grandes ojos me miran,

señalan con su dedo de cristal...

 

¡dos pajarillos verdes...!

 

Presuroso batir de alas...,

 

¡sorpresa en tu cara infantil!

 

Los pajarillos se han ido...,

se han asustado...,

 

¡mira como vuelan...!

 

¡mira…, como se van!

Marco Atilio
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