Hace dos años y cuatro meses, un ser muy querido para mí, el hijo de una de mis hermanas, sufrió un derrame cerebral que estuvo a punto de arrancarle la vida con apenas 25 años. Estuvo rozando la muerte de la que se libró por puro milagro.
Este sobrino mío es un gran devoto de la Virgen de Gracia de Úbeda (Jaén). De hecho era costalero de dicha Virgen portándola y procesionándola todos los Lunes Santos hasta que le sobrevino la hemorragia cerebral a que me he referido anteriormente.
Para él no existe la más mínima duda que su curación se debió a la intercesión de su amada Virgen de Gracia. La verdad es que estuvo tan cerca de la muerte y su recuperación ha sido tan extraordinaria que incluso yo he pensado a veces si no estuvo la mano de su Virgen detrás de todo ello.
Sea como fuere, lo cierto es que en más de una ocasión, mi sobrino me ha pedido que escriba alguna entrada sobre la Virgen de Gracia, yo, que tanto lo quiero, no puedo desoír su petición y a modo de homenaje le voy a dedicar estos dos poemas que escribí hace tiempo.
El primero trata sobre las sensaciones, un tanto subjetivas, que se perciben la noche del Lunes Santo al ver procesionar la cofradía por las calles de Úbeda. El segundo es la historia de un milagro, que bien podría extrapolarse a lo acaecido a mi sobrino.
Sin más dilación, aquí os dejo estos dos poemas que, si no os importa, son un regalo para mi querido sobrino:
VIRGEN DE GRACIA
La noche del Lunes Santo,
al tronar de una llamada,
las puertas del templo se abren,
sale la Virgen de Gracia.
Al compás de costaleros,
entre vítores y palmas,
traspasada ya la puerta,
¡hasta el cielo la levantan!
Dos hileras de cofrades
por las calles la acompañan,
tambores y timbalinas
rompen el silencio y la calma.
La negra noche se llena
de suspiros y plegarias,
de luces y de misterio,
de perfumes y fragancias.
De músicas melancólicas,
de soledad y esperanza,
de olor a cera y a incienso,
de aroma de flores blancas.
De penitentes descalzos
que pidieron por su alma,
y llevan la penitencia
de las promesas lejanas.
Del sabor de una saeta
que resuena en la garganta,
manantial de sensaciones
que en el aire se derraman.
Con un aura de misterio
el trono en silencio pasa,
y arranca de lo más hondo
emociones y palabras;
palabras de amor que nacen
en el fondo de mi alma,
al ver pasar la Señora,
Nuestra Señora de Gracia.
PLEGARIA A LA VIRGEN DE GRACIA
Postrada de hinojos
Señora de Gracia,
ya estoy a tu lado
como esta mañana.
A pedirte vengo
con fe y esperanza,
remedio a un problema
que acucia mi alma,
y al que no le hallo
soluciones claras,
para que a mi vida
regrese la calma.
Mi niño pequeño
enfermo está en cama,
su infantil alegría
se fue de su cara,
sus ojos, muy tristes
me miran y hablan,
pidiéndome ayuda
y yo, destrozada,
no encuentro consuelo
que darle a su alma,
y lloro en silencio
perdida en la nada.
Al ver mi tristeza
ayer, mis hermanas,
dijeron que rece
a la Virgen de Gracia,
la que el Lunes Santo
caminan en andas,
por calles estrechas
poco iluminadas.
Por eso he venido
Señora de Gracia,
a llenar de flores
tu figura blanca
y a pedir que la dicha
regrese a mi casa.
¡Que vuelva a mi niño
su sonrisa clara!,
¡que vuelva a besarme
cuando despertaba
y diga mamá
con su voz de plata...!
Pasaron los días
y a las dos semanas,
para mi alegría
mi niño sanaba.
Volví a la Señora
y le di las gracias,
llevando a mi hijo
que ya caminaba.
¡Aquí está mi niño
Señora de Gracia,
le has dado la vida
que se le escapaba!
Miré a la Señora,
repetí las gracias,
de la alta torre
sonó la campana…
Entrando en el templo,
con alas de nácar,
una mariposa
revoloteaba.
¡Esta es la respuesta
pensé, a mis plegarias!,
alzando los ojos
a la Imagen Santa.
Y llegó hasta mí,
cual si me escuchara,
de flores hermosas,
la rica fragancia.
Marco Atilio