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BIENVENIDOS A YUMYS GALAXY

jueves, 4 de noviembre de 2021

¿Nos veremos en el más allá?


Dicen que cuando uno muere se reencuentra con sus seres queridos. Y yo me pregunto, ¿quiénes son esos seres queridos? Supongo que serán los padres, los hijos, los hermanos… todas aquellas personas que tengan una conexión sanguínea, es decir, que sean familia.

Y me surge otra duda, ¿y los esposos? ¿Se reencontrarán en la otra vida? Bueno, no os riáis, pero en este caso no lo tengo tan claro. El vínculo entre dos personas que se encontraron en la calle, que se enamoraron y que a partir de ahí decidieron compartir sus vidas resulta bastante frágil. De hecho se pasa del amor al odio en un suspiro. Cosa menos probable entre familiares muy allegados: padres, hijos, hermanos…

Sin embargo, en un matrimonio, aunque la pareja esté muy enamorada, pueden sobrevenir rencillas insuperables a poco que, por mil motivos, se rompa la confianza mutua; o que quiera prevalecer la razón de una persona sobre la otra; o simplemente porque te cansas de aguantar cosas de la otra persona que en otro tiempo sobrellevabas. O incluso que se acabe el amor. Entre las parejas de hoy en día, el amor se acaba pronto y sin motivo aparente.

Por todo esto, estoy convencido de que, si hay vida después de la muerte, no creo que llegues a reencontrarte con tu pareja. Imaginaos lo que sería el cielo con las mujeres y los maridos tirándose los trastos a la cabeza en un momento dado. No creo que ni el mismo Dios soportara tales desavenencias en un lugar de paz y de amor como debe ser el Paraíso.

Por otra parte, también pudiera ser que, si hay vida espiritual, alguien o algo decidiera por nosotros con las personas ya fallecidas con las que te vuelvas a encontrar, sin que podamos hacer nada al respecto.

En mi caso, me dolería sobremanera no volver a ver a Isabel cuando uno de los dos muera. Nuestras rencillas siempre han sido veniales durante nuestro caminar juntos por la existencia, y si las hemos ido salvando en nuestra vida terrenal, no me cabe la menor duda de que también lo haríamos en la vida espiritual.

En fin, dudas existenciales que me surgen de vez en cuando.

jueves, 7 de octubre de 2021

Mensaje grouchiano

 

A veces yo mismo me sorprendo de las cosas que puedo llegar a decir y/o escribir. Cosas surrealistas que me provocan una sonrisa y acaso una expresión de asombro.

Tengo varios ejemplos de ello pero el más reciente es este mensaje de whatsapp que le escribí a Isabel mientras la aplicación permanecía colgada hace unas cuantas fechas. Se lo escribí para que cuando la aplicación volviera a estar operativa pudiera leer esta perorata grouchiana en mi noble intento de arrancarle una sonrisa. Le escribí lo siguiente:

«¡Oh esposa mía! Estamos desguasados, así que este mensaje te llegará luego…, después…, más tarde.

¡Oh mi esposa adorada! ¡Quisiera decirte tantas cosas que no sé por dónde empezar! Y como no sé por dónde empezar pues… mejor no empezar. Te lo diré más tarde, cuando tenga tiempo, cuando sepa por dónde empezar.

Lo siento amor mío que no sepa por dónde empezar. ¿Lo sabré algún día? 

¡Sí y mil veces sí!

Es que uno ya piensa más despacio, compréndelo bollete tierno.

¡Voto a Dios que sois osada!

Bueno, no te lo tendré en cuenta mi tierna corderuela.

¡Adiós, adiós! No te apenes mi pequeña mariquita. Volveré a volar junto a tu grácil figurilla.

Bye bye mi tiernecito croissant. Cuando volvamos a tener guásah te diré todo lo que ahora no me sale.

¡Es que no me acuerdo de lo que tengo que decir cervatuela! 

¡Y yo qué culpa tengo!

¡Adiós, adiós! 

¡Arrivederci!».

En fin… sin comentarios.


domingo, 3 de octubre de 2021

Incivismo

 

Este artículo es fruto del hartazgo, de la gota que colma el vaso hacia una determinada clase de conductas en personas que van enarbolando la bandera de sus supuestos derechos, avasallando a cualquiera que ose deslegitimarlos y que ponga en duda su supuesta razón.

Me refiero concretamente al comportamiento de esos individuos que entran en cualquier establecimiento o institución con el hacha levantada, dispuestos a asestar el golpe ante el menor atisbo de discrepancia. Aquellos que, ante el trato amable recibido, su respuesta es agredir verbalmente (a veces incluso físicamente) a la persona que les atiende porque su percepción paranoica está tan alejada de la realidad, que ven un supuesto maltrato, engaño o discriminación hacia ellos. Son personas que buscan constantemente el enfrentamiento, viven y conviven con él. Su falta de empatía es evidente y enfermiza. Son egocéntricas en grado superlativo y no respetan normas. No tienen obligaciones, solo derechos, y para ejercerlos, pasan por encima de quien haga falta sin reparar en el daño que puedan hacer con su patológica actitud.

Supongo que os habéis encontrado con energúmenos de esta calaña alguna vez en la vida. Yo sí que lo he hecho, los he visto en acción e incluso los he sufrido en primera persona cuando trabajaba en el hospital.

Solo una buena educación desde la infancia podría poner remedio a estos comportamientos tan cafres. Lamentablemente, esos individuos carecen de las más elementales normas de convivencia, o bien porque no se las han transmitido, o simplemente porque no han querido aceptarlas. Sería bueno para la sociedad poder erradicar de algún modo esas conductas tan patológicas.

viernes, 1 de octubre de 2021

¿De derechas? ¿De izquierdas?

 

Algunas personas creen que soy de derechas porque me gusta todo lo que huela a España, porque me siento español por los cuatro costados. Por eso me resulta nauseabundo ver cómo algunos independentistas queman banderas españolas y desprecian todo lo que lleve el nombre de España. El independentismo me repugna: lo considero intolerante, excluyente y dañino para los pueblos y sus gentes.

También dicen que soy de derechas porque en mi adolescencia pertenecí a los grupos infantiles católicos de los niños Tarsicios, vinculados a la Adoración Nocturna. Como si rezar de pequeño fuese un pecado político.

Dicen que lo soy porque no me opongo a la tauromaquia, una tradición arraigada durante siglos. Que me gusten o no las corridas de toros no significa que deba condenarlas.

O porque me emocionan los actos militares, sus canciones, sus desfiles y sus símbolos —la bandera, el escudo, el himno— con los que me siento plenamente identificado. ¿Acaso es delito conmoverse cuando suena el himno de tu país?

Y, por lo visto, soy de derechas porque me gusta que se conserven y respeten las tradiciones; porque me gusta la Semana Santa, las tallas de Cristos y Dolorosas y sus procesiones; porque me gustan las iglesias y entro en ellas con relativa frecuencia, sobre todo cuando están vacías. El silencio propio de los templos me produce una profunda sensación de paz y bienestar. Ah, y me gustan las bodas por la Iglesia, que los niños sean bautizados y que hagan la Primera Comunión: en eso soy muy tradicional. ¿Eso me convierte en reaccionario, o simplemente en alguien que aprecia la solemnidad y la tradición?

Otras personas, en cambio, aseguran que soy de izquierdas porque quiero una sanidad y una educación públicas de calidad; porque deseo pensiones dignas y sueldos decentes que permitan vivir con dignidad; porque detesto la homofobia, la xenofobia y el racismo; porque rechazo cualquier forma de explotación; porque anhelo una España donde cada cual pueda labrarse un futuro con igualdad de oportunidades. ¿Acaso la justicia social tiene carnet de partido? Por supuesto que no.

También dicen que soy de izquierdas porque me gustan palabras como libertad, justicia, igualdad, empatía, tolerancia, respeto, generosidad, altruismo o solidaridad; y porque me repugna que se abuse de la vulnerabilidad de nadie. Valores que deberían ser patrimonio común y no banderas de confrontación.

En fin, que cada cual piense lo que quiera. Yo me considero un librepensador: alguien que no está atado a ninguna corriente ideológica ni se arrodilla ante dogmas ni consignas. Alguien que, cuando vota, lo hace sopesando muy bien lo que hace, sin fanatismos ni ideas preconcebidas. Porque las etiquetas son cómodas para quienes prefieren no pensar; yo, en cambio, elijo la incomodidad de la libertad.

miércoles, 29 de septiembre de 2021

Guarrini

 

Cuando uno va a disfrutar de una buena comida en un restaurante, acompañado de la familia, lo que menos espera ver es a un individuo luciendo, sin el menor recato, literalmente medio culo.

Es lo que ocurrió hace pocas fechas en las que decidimos salir a comer en un conocido restaurante.

Estábamos degustando unos sabrosos entrantes cuando en la mesa de al lado se sentaron otros comensales, un matrimonio joven con una niña pequeña y otra pareja de más edad.

Este individuo al que me refería al principio era un hombre joven, de unos treinta y tantos años que una vez que se sentó en la silla, lo hizo de lado (de media anqueta como diría mi padre) de forma que nos daba la espalda. Al mirar sin mirar a mi alrededor, no pude por menos que fijarme en aquel ejemplar que exhibía, sin el menor pudor, medio culo con su correspondiente raja ya que los pantalones se le habían bajado cual fontanero arreglando una cañería.

«Guarrini», así lo llamaremos, ajeno a nuestras miradas, las de mi mujer, las de mi sobrina, mi nuera y en fin, las de todos los que nos encontrábamos contemplando el repulsivo espectáculo y que no dábamos crédito a lo que veíamos, nos obsequió con la imagen de sus nauseabundas nalgas durante un tiempo considerable.

Para más inri, haciendo honor a sus modales porkinianos, «Guarrini» se quitó la mascarilla y la dejó encima de la cuchara, el tenedor y la servilleta. Todo en una repugnante mezcolanza.

En fin, un espectáculo espeluznante el que nos ofreció el tal «Guarrini», prototipo de los personajes más impúdicos, puercos y sonrojantes que puedan campar por estas nuestras tierras patrias.

¡Con lo rica que estaba la pitanza!

NOTA: La imagen que ilustra el artículo no es del tal «Guarrini», es una imagen descargada de Internet, pero sin duda refleja muy bien el espectáculo que nos ofreció aquel personaje porkiniano.


viernes, 17 de septiembre de 2021

El presente no existe

Nuestra percepción de presente es prácticamente irreal ya que transitamos por él durante una fracción de tiempo realmente ínfima. Algo así como una mil millonésima de mil millonésima de mil millonésima de segundo por decir algo, aunque pudiera ser menos e incluso cero. La consecuencia de que el tiempo nunca se detenga es que no tenemos presente. La realidad que vivimos, o ya es pasada o está por llegar. Lo que nosotros llamamos presente es menos que un suspiro en la inmensidad del tiempo cósmico. Así pues, «El presente no existe», a pesar de que nosotros creamos que sí. Solo basta profundizar un poco  para darse cuenta de que realmente no hay presente, y si lo hay es tan efímero que el tiempo que estamos en él es ridículamente insignificante.

En el siglo XVI, el filósofo francés Michel de Montaigne se refirió a este tema con estas palabras: «No existe el presente. Lo que así llamamos no es otra cosa que el punto de unión del futuro con el pasado». Una afirmación esta con la que estoy totalmente de acuerdo.

miércoles, 15 de septiembre de 2021

El plato de lentejas


Hace algún tiempo, un amigo me contó una ficticia y metafórica historia sobre unos frailes, un prior y un convento, para ilustrarme lo que era la política y los políticos. Hoy rescato aquella fábula, que transcribiré —si no en su literalidad— sí conservando la moraleja: «no te fíes de los políticos y sus promesas».

Había una vez un convento donde convivían unos cincuenta frailes y a cuyo mando estaba el padre prior, un individuo bajito y rechoncho llamado Clementino.

Desde hacía algún tiempo se percibía entre los frailes cierto malestar porque la comida principal siempre consistía en lo mismo: un plato de lentejas. Lloviera o tronara, hiciera calor o frío, el plato de lentejas nunca faltaba a su cita con el almuerzo.

Enojados con lo que consideraban una injusticia, los frailes comenzaron a preguntarse —en busca de la causa por la que todos los días comían lo mismo— por qué el padre Clementino solo comía con ellos una vez a la semana. Los demás días se ausentaba arguyendo mil y una excusas. Tras hablarlo entre ellos, se pusieron a investigar y, al cabo de un tiempo, encontraron la razón de aquellas ausencias. Resultó que, en connivencia con el hermano cocinero (que siempre comía en la cocina), el menú del padre Clementino —y del propio cocinero— era de lo más variado, y solo comían lentejas una vez a la semana: el día en que el prior se sentaba con los demás frailes.

Respetando su voto de obediencia y aprovechando que las elecciones para prior iban a celebrarse pronto, aunque enfadados en su interior, no replicaron aquella clara muestra de egoísmo por parte del padre Clementino.

Se afanaron entonces en buscar un sustituto: alguien justo y honrado y en quien se pudiera confiar. Se presentaron varios candidatos, pero entre todos destacaba un fraile joven (al que llamaremos «Sinescrupulini»), dotado de una verborrea fácil e hipnótica que, convenientemente florida y llena de promesas, convenció a los frailes de que él era la mejor opción. Así, cuando se celebraron las elecciones, el resultado fue aplastante en favor de aquel fraile joven y brillante que, a primera vista, parecía sincero y que, entre otras cosas, les había prometido un menú variado y el fin de las lentejas diarias.

Al día siguiente de las elecciones, los frailes comprobaron que el almuerzo consistía en un plato de lentejas. Allí, junto a ellos, comía el padre «Sinescrupulini». Démosle un voto de confianza, se decían los frailes. Veremos mañana.

Al día siguiente, otra vez lentejas… pero el prior «Sinescrupulini» se encontraba ausente. Al día siguiente se repitió la historia: lentejas para los frailes y «Sinescrupulini» brillando por su ausencia. Solo cuando pasó una semana volvió a compartir mesa y plato. Los frailes, visiblemente enfadados, le recriminaron que les hubiera engañado, pues el menú seguía siendo idéntico al del mandato del padre Clementino.

Con un discurso hábilmente preparado, sustentado por su verborrea fácil y manipuladora, les explicó que las cuentas del convento que había heredado eran nefastas. Que el padre Clementino le había dejado una herencia de deudas y que, a corto plazo, la economía no permitía cambiar el menú. De nuevo los convenció: cuando la coyuntura económica fuese más favorable —dijo— abordaría sin dilación la reforma prometida. Mientras tanto, solo sería variado su propio menú, pero, para que no lo tacharan de insolidario, compartiría el plato de lentejas no una, sino dos veces por semana. «Así os demuestro —añadió— que mis intenciones son buenas y que solo la mala gestión del padre Clementino me impide cumplir, por ahora, las promesas de la campaña».

Los frailes quedaron convencidos y esperaron a que mejorara la economía del convento. Algo que nunca llegó a suceder bajo el mandato del prior «Sinescrupulini».

Y así aprendieron —a fuerza de lentejas— que los políticos cambian, pero las promesas no; que los discursos deslumbran, pero el menú siempre acaba siendo el mismo; y que, en política como en aquel convento, lo único que se renueva es el engaño.


jueves, 22 de julio de 2021

Ignoracia y radicalismo

El exministro del primer Gobierno de Adolfo Suárez, Ignacio Camuñas, con la aquiescencia de Pablo Casado que lo aplaudía con la mirada:

«La culpa de la Guerra Civil Española la tuvo el Gobierno de la República; el levantamiento militar encabezado por Franco no fue un golpe de estado; la derecha no es la culpable de lo que pasó en 1936».

La verdad es que ante estas afirmaciones que intentan reescribir la historia uno se queda ojiplático, porque contradicen todo lo que infinidad de historiadores han estudiado y demostrado a lo largo de los años. Sea como fuere, cualquier persona equilibrada puede llegar a la conclusión que estas palabras de Camuñas son fruto del radicalismo más extremo y paranoico e incluso de la imbecilidad más absoluta.

En realidad afirmar que por la mala gestión de un gobierno democrático está justificada la violencia es un ejemplo manifiesto de fascismo en toda regla. Las batallas no se ganan a tiros y levantándose contra un gobierno democráticamente elegido, las batallas se ganan convenciendo a la gente para que te vote en las urnas y no eliminando a los que no piensan como tú.

Que España es un país anclado a los rescoldos de un pasado totalitario y pernicioso lo demuestran estas afirmaciones del señor Camuñas. Lo triste es ver al presidente de un partido democrático, el señor Casado, callar y sonreír ante semejantes barbaridades.

Por desgracia, todavía hay en España demasiada añoranza de una dictadura que nos sumió en 40 años de atraso y que todavía estamos pagando. Añoranza de un pasado intolerante, en donde todavía falta mucho respeto y empatía y sobra mucho odio y fanatismo.

¡Qué pena!


miércoles, 16 de junio de 2021

Mi cumpleaños

 

Hoy hace exactamente dos años que celebré mi cumpleaños en compañía de gente muy querida para mí. Eran tiempos de normalidad antes de que esta maldita pandemia viniera a trastocar nuestra cotidianidad y a separar a las personas. A borrar de un plumazo las manifestaciones de afecto; y los besos y los abrazos se aparcaron sine die. Aquella velada del 16 de junio de 2019 fue bastante especial. Allí estaban todas las personas con las que me siento a gusto y tengo que decir que pasamos unas horas maravillosas. De aquel encuentro surgió una frase que publiqué en Internet (a mí me gusta filosofar y dejar por escrito mis inquietudes) que refleja lo que sentía en aquel entonces:

«Hay momentos en la vida que son especiales por sí solos, pero compartirlos con las personas que más quieres los convierten en momentos inolvidables».

Hoy también es mi cumpleaños y también lo celebraré. Pero hoy será diferente. Solo tendré cerca, aparte de a mi querida Isabel, a uno de mis hijos y a su mujer. Por la maldita pandemia y por precaución no nos reuniremos como hace dos años. Echaré en falta a muchas personas a las que quiero y a las que desearía tener cerca pero…

A lo mejor, con un poquito de suerte, el año que viene puede que sea distinto y volvamos a poder celebrar, besar y abrazar a aquellos a los que más queremos. En fin... ¡Ojalá!

Por otra parte y desde hace unos años, cuando llega el día de mi cumpleaños me invaden sentimientos contradictorios. Porque como digo en otra de mis frases:

«A partir de cierta edad, el día de nuestro cumpleaños se convierte en un día triste y alegre a la vez. Triste por tener un año más y alegre por haber llegado a tenerlo».

Sea como fuere, la vida se pasa sin apenas darnos cuenta.

jueves, 10 de junio de 2021

Tarifazo

  

Que un gobierno que se dice progresista haya puesto en práctica el llamado “tarifazo” y haya permitido una subida de la luz tan bestial, perjudicando con ello a todos los españoles pero más aún a aquellos a los que dice representar (la gente trabajadora, la más humilde y menos favorecida) es una actitud injusta y sangrante.

Sinceramente, no puedes fiarte de los políticos, de ninguna ideología. Al final son todos lobos con distinta piel. Dispuestos a aplastar a gentes que se ganan la vida con mil esfuerzos y que a duras penas pueden llegar a fin de mes con los sueldos de asco que campan por esta España tan asquerosamente desigual.

Por otra parte, hay que acabar con el oligopolio y las prácticas abusivas de las multinacionales energéticas. No es de recibo las ganancias multimillonarias que consiguen a costa de nuestro bolsillo. Basta ya de pagar la electricidad como si fuera un artículo de lujo y no de primera necesidad.

¡Menudos hijos de perra!

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