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BIENVENIDOS A YUMYS GALAXY

lunes, 30 de mayo de 2022

Peligro ultra

Una de las bondades que ofrece la democracia es poder cambiar el sentido de tu voto en las próximas elecciones cuando la acción de gobierno de un determinado partido político al que votaste no acaba de convencerte.

Eso es lo normal que suceda en una democracia plena, pero existe un peligro para la propia democracia y es votar partidos extremistas, que si alcanzan el poder sin tener que depender de ningún otro partido para gobernar, probablemente resulte bastante difícil recuperar la democracia que se disfrutaba antes de su llegada.

Se servirán de mil argucias para manipular la mente de las personas (y también las elecciones cuando las haya) sirviéndose de la propaganda más radical y efectiva, con el propósito de atraer a la gente al redil de sus postulados al que acudirán a él como las moscas acuden a la mierda. De nuevo ganarían unas hipotéticas elecciones por mayoría absolutísima iniciando con ello un bucle sin fin que les garantizará mantener el control de las instituciones in saecula saeculorum.

Si cualquier partido ultraradical gobierna España algún día, probablemente se sacará de la manga leyes encaminadas a perpetuarse en el poder, y para ello usará los medios de comunicación públicos, como la televisión y la radio, con fines propagandísticos para poder manipular a las masas aborregadas con mensajes convenientemente falseados, limitando a su vez la opinión de otros medios privados de comunicación contrarios a sus políticas y que serían comprados gradualmente por oligarquías cercanas al poder. Las verdaderas beneficiadas de esta auténtica tragedia.

Muy posiblemente se eliminarán de un plumazo muchas de las conquistas sociales, se apostará por una sanidad y educación privadas; el Sistema de Pensiones cambiará… a peor, porque se recortarán fomentando los planes de pensiones privados; se recortarán prestaciones sociales y ser pobre será poco menos que un delito, porque se instalará el mantra de que «eres pobre porque no te has esforzado lo suficiente», (nada más lejos de la realidad, en la mayoría de los casos, la pobreza no es sino un cúmulo de circunstancias adversas y de mala suerte). Probablemente se recortarán salarios y derechos laborales; se fomentará el ultranacionalismo más radical manipulando y jugando con las emociones de las personas; los inmigrantes serán apestados que vendrán a España a quitar trabajo a los españoles; el feminismo será una lacra que no promulga la igualdad entre hombres y mujeres sino que va contra los hombres; los derechos del colectivo LGTBI serán eliminados (Desde 2020, el Gobierno polaco dirigido por el ultraderechista Andrzej Duda, decretó una Ley en la que los municipios del país debían expulsar a las personas LGTBI de ellos; recibiendo la denominación de «zona libre de LGTBI»); a la larga, España se llenará de intolerancia y de odio hacia lo diferente y retrocederemos como sociedad unos cuantos años, tantos como los muchos o pocos que estos partidos se mantengan en el poder del que será muy, pero que muy difícil echarlos.

La democracia pasará a ser una ilusión romántica que quedará como un lejano recuerdo, convirtiéndose nuestro sistema político probablemente en una autocracia.

El ultraderechista Viktor Orbán lo está haciendo en Hungría, Andrzej Duda, otro de ultraderecha, en Polonia y no digamos ya el ultranacionalista Vladímir Putin en Rusia. En fin…, «cuando las barbas de tu vecino veas pelar…».

miércoles, 25 de mayo de 2022

Un día maravilloso

 

Cuando se disfruta intensamente un momento en la vida, el día después suele ser raro, queda como una especie de vacío, de decir qué pronto ha pasado con lo mucho que ha durado la espera de ese momento. Es lo que me está pasando, ya no el día después, sino cuatro días después de la boda de mi hijo.

Lo pasé tan bien, las emociones fueron tan profundas y la experiencia tan bonita y tan llena de sorpresas que ese momento lo hubiera hecho eterno si hubiera podido.

Puede que penséis que no soy objetivo pero de todas las bodas a las que he asistido, e incluiré también la mía, esta es con mucho la más bonita, amena y vistosa de todas. Fue una boda civil celebrada en un recinto maravilloso, con grandiosos espacios en donde pudimos disfrutar enormemente de cada momento. Desde la ceremonia, con la entrada del novio y la madrina (que guapísima y elegante iba Isabel), la entrada de la novia, maravillosa novia mi Adelaida, del brazo de su hermano, con los discursos de una amiga de mi nuera, de mi hijo David (muy divertido) y el mío, que a pesar de los muchos nervios que tenía, creo sinceramente que me salió bastante bien.

Luego el pasodoble de una bailarina profesional con un caballo y la sorpresa (para casi todos, Isabel y yo lo sabíamos) de ver bailar a mi nuera con el caballo unas sevillanas. Momento grandioso y espectacular, por lo inesperado y bonito, para todos los invitados.

La música en vivo de un saxofonista que amenizó, y de qué manera, la velada. El baile de los novios que se habían preparado con una profesora de baile. La coreografía que se montaron mis hijos, mis nueras y varios de sus amigos, preciosa. El «Torero de Chayanne» bailada por un amigo de David al que se unieron varios amigos más.


El momento de las flores para las abuelas, el regalo a Isabel y a mí que nos hicieron los novios, el compartir con amigos y familiares un mismo espacio y un mismo instante…


La música, la alegría, la juventud desbordada en algarabía que resultaba sin embargo muy medida, como si estuviera ensayada.

En fin… fue una boda de flashes, de momentos a cual más emocionante, más sorprendente y más divertido. Una auténtica gozada para los sentidos, los míos, los de Isabel y probablemente para todos los que asistieron a esta maravillosa boda que nos tenían preparada mi querido Javi y mi querida Adelaida.

Ahora toca volver a la rutina del día a día, cuesta trabajo hacerlo, pero la vida tiene que seguir, de cualquier manera siempre quedará en mi recuerdo este día especialmente maravilloso que el destino me tenía reservado. ¡Gracias!


martes, 12 de abril de 2022

Hipocresía y Semana Santa

 

Que la Semana Santa ha dejado de ser una fiesta religiosa para convertirse en un folclore tradicional es algo que resulta evidente desde hace muchos años. Las connotaciones religiosas las hemos dejado en un segundo plano y nos hemos centrado en el divertimento personal, en la ostentación y en el lujo de pasos de misterio y de desfiles procesionales. No debiéramos ser hipócritas, hay que reconocer que, en general, vemos nuestras procesiones de Semana Santa, nuestros tronos, nuestros cristos y vírgenes desde un punto de vista artístico y estético y no por su carácter religioso.

El carácter simbólico de la Semana Santa, su mensaje y lo que significa se ha ido desvirtuando con el paso del tiempo. Y no debiéramos olvidar que nuestras procesiones representan el sufrimiento y la posterior muerte de un Hombre, aceptado por los cristianos como el Hijo de Dios, que dio su vida por la salvación de la humanidad hace más de 2000 años. Escenifican unos acontecimientos terribles de la historia y de lo crueles que pueden ser los humanos con sus semejantes.

Yo tampoco quiero ser hipócrita, aunque en mis tiempos jóvenes también fui cofrade, nunca miré la Semana Santa más allá de una fiesta para disfrutar, para engalanarme y para lucirme en las diversas bandas de cornetas y tambores a las que he pertenecido.

Es posible que haya gente, seguramente mucha, que perciba sensaciones diferentes a las mías. Personas que sientan una especial devoción por un cristo o una virgen, algunas veces una devoción exagerada que no puedo entender y a duras penas comprender. Sobre todo cuando en la Biblia se prohíbe expresamente adorar imágenes: "No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás…" (Éxodo Cap. 20 vers. 3-5). Pero bueno, también hay que entender que no se adoran esas imágenes por el hecho de serlo, sino por lo que representan, o al menos así debiera ser.

De cualquier manera, el mensaje de Jesús ha sido totalmente desvirtuado por la Iglesia Católica, verdadera adalid de la hipocresía que también alcanza a muchísimos de sus fieles. La hipocresía era algo que odiaba Jesucristo y siempre se manifestó en contra de ella tachando a los que por aquel entonces ostentaban el poder religioso de hipócritas y de sepulcros blanqueados. A la Semana Santa no se la puede contextualizar en un sentido religioso porque desde hace tiempo ese no es el mensaje que transmite.

A mí me hace mucha gracia ver algunas personas tras los pasos de misterio portando velas, rosarios, cruces, etc. Conozco algunas de ellas y me consta que son personas que distan mucho de ser paladines de la bondad y en donde el egoísmo, la avaricia, la envidia, la intolerancia y el odio son algunas de sus señas de identidad. A pesar de ello, hablando con esas personas, te puedes quedar pasmado con qué vehemencia defienden su fervor religioso y penitencial.

Y pasean su hipocresía, una hipocresía llevada hasta límites difícilmente entendibles, en largas hileras acompañando a Aquél, que un día torturaron y mataron. En fin...

Sea como fuere, a mí personalmente me gusta mucho la Semana Santa, sus desfiles procesionales, la música de sus bandas, la belleza de sus tronos, de sus cristos y dolorosas. Disfruto mucho con su contemplación aunque fuera de otras connotaciones que las estrictamente estéticas y artísticas. Y tengo que decir, que una cosa nada tiene que ver con la otra, que creo en Jesucristo, me parece que fue un hombre excepcional, una persona fuera de lo común. No sé si es el Hijo de Dios como así nos lo han hecho creer, personalmente me gustaría que así fuera, de cualquier forma su mensaje es tan bonito, tan solidario, tan tolerante, tan lleno de paz, de bondad y de amor, que si no es el Hijo de Dios es alguien de su familia.

«Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí». (Mateo cap. 15 vers. 8).

lunes, 4 de abril de 2022

¿Seremos solo partículas inanimadas tras la muerte?

 

Hace unos días, un buen amigo mío publicó en su estado de WhatsApp una reflexión que me gustó especialmente, aunque también me inquietó. En ella razonaba sobre lo que la ciencia supone que podría ser el fin último de cada uno de nosotros al morir. Por supuesto, no deja de ser una teoría, porque… ¿quién se atreve a vaticinar lo que habrá después –si es que hay algo– de la muerte?

Con todo, la explicación tenía cierta lógica y hasta parecía plausible. Y fue precisamente esa posibilidad de certeza –y que ahora leeréis– lo que me dejó pensando, incluso con cierto desasosiego.

Mi amigo decía que, como todo lo que nos rodea, surgimos hace unos 13.800 millones de años, cuando se produjo el Big Bang.

Esta teoría –la generalmente aceptada por la ciencia–fue planteada en 1930 por el sacerdote y físico belga Georges Lemaître, quien utilizó la teoría de la relatividad de Einstein para demostrar que el universo estaba en movimiento constante.

En 1929, el astrónomo estadounidense Edwin Hubble vino a corroborar de algún modo la teoría de Lemaître al observar que las galaxias estaban alejándose unas de otras, hecho que demostró la expansión del universo.

Si el universo se está expandiendo, en un momento remoto del pasado debió estar concentrado en un pequeño punto supercaliente y superdenso que explotó –aunque esta no es la palabra correcta, más bien empezó a llenar el espacio–, para luego ir enfriándose a medida que se expandía, creando con ello la materia de la que estamos hechos nosotros y, a su vez, el propio tiempo.

En su reflexión, mi amigo decía:

«… Empecé formando parte de un todo, y así ha sido durante océanos de tiempo. Muy recientemente –aquí mi amigo dice su edad–, fue cuando nací a la vida tal y como la conocemos. Sigo formando parte de ese todo, aunque con una individualidad y consciencia adquiridas en el momento de mi nacimiento. Cuando se acabe mi tiempo como entidad individual, volveré a ese todo durante una eternidad de eones, ya que, según la Ley de Lavoisier, «la materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma». Los átomos que hoy forman mi cuerpo no desaparecerán: simplemente se ordenarán de otra manera».

He leído en alguna ocasión esta reflexión de base científica sobre la probable reordenación de nuestros átomos para seguir formando parte del universo, aunque sin conciencia de lo que fuimos. A pesar de ser una idea interesante, sería desalentador que este fuera el fin último que nos espera a todos.

Para mí, que creo en una vida más allá de esta, sería desolador aceptar que todos –buenos, malos o regulares–, acabáramos de la misma forma. No puedo aceptar que se queden sin castigo todas aquellas personas que han causado tanto dolor a tanta gente a lo largo de la historia. Como tampoco puedo aceptar que se queden sin otra oportunidad de una vida mejor, aquellas personas –millones de ellas a lo largo de los tiempos– que por un simple capricho del azar, hayan venido al mundo con los estigmas de la pobreza y el sufrimiento. Si así fuera, la lógica universal carecería de sentido. Sería demasiado cruda… y demasiado cruel.

De cualquier modo, ¡quién sabe lo que nos espera tras la muerte! Tal vez existan otras formas de seguir evolucionando, de permanecer conscientes en otros planos. O quizá haya universos paralelos –también propuestos por la ciencia– que nos brinden nuevas oportunidades. Entonces… ¿por qué no?

O puede que el universo se encamine hacia un Big Freeze, una muerte térmica en la que, dentro de inimaginables eones, toda la energía se disipe hasta que, tal vez, un nuevo Big Bang renazca de las cenizas del tiempo. La ciencia considera hoy ese escenario como el más probable.

Seguramente fuera lo más justo: que pudiéramos volver a nacer en un mundo que nos dé la oportunidad de ser recompensados por nuestros sufrimientos pasados o también castigados por nuestras tropelías, que todo pudiera pasar. Y no debemos preocuparnos por la inmensa cantidad de tiempo para que acaso eso ocurra, cuando uno no es consciente de ese tiempo una eternidad puede parecernos un simple suspiro.

¿Seremos solo partículas inanimadas tras la muerte, o seguiremos siendo algo más? Nadie lo sabe. Son teorías y conjeturas imposibles de demostrar. ¡Vete tú a saber!

Mientras tanto, vivamos lo mejor que podamos y disfrutemos de los pequeños placeres que da la vida que son, en definitiva, los que al cabo nos hacen felices.

Cuando la muerte nos alcance, nos adentraremos en un misterio que nadie ha logrado descifrar. Algo totalmente desconocido y es ese desconocimiento lo que nos inquieta. En todo caso, la idea de la evolución no se puede desterrar cuando se trata del alma de las personas. Según mis creencias –y las de otros–, el alma necesita muchas vidas para alcanzar un nivel máximo de perfección. Todo en el universo evoluciona: ¿por qué nosotros íbamos a ser la excepción?

La ciencia no tiene todas las respuestas, pero nos enseña a mirar el misterio sin miedo. Tal vez la respuesta importe menos que el simple hecho de seguir buscando. Porque, al fin y al cabo, preguntarnos por lo desconocido es una de las formas más hermosas de recordar que seguimos vivos, conscientes… y maravillados ante el misterio de existir.

sábado, 19 de marzo de 2022

La gran ironía humana: ¿Por qué somos tan «buenos»?

  

¿Os habéis preguntado alguna vez a cuántas personas han matado otras personas a lo largo de la historia de la humanidad? En realidad, es un dato imposible de conocer, pero la cifra debe ser escalofriantemente alta. Seguramente de muchos cientos de millones.

Pensad en el número de muertes causadas por las guerras –directa o indirectamente– a lo largo de los siglos. Pero no solo las guerras: también los crímenes cometidos al margen de ellas. O las ejecuciones de culpables (y de inocentes) que han sucumbido apaleados, lapidados, ahorcados, quemados, crucificados, decapitados, fusilados, a garrote vil, en la cámara de gas o en la silla eléctrica.

Pensad en cuántas personas murieron durante la esclavitud, de forma injusta y arbitraria. También en las muchas que habrán muerto como resultado de peleas y disputas; acaso de manera accidental, a consecuencia de la ira del momento o –como diría el Chavo del ocho– sin querer queriendo.

Pensad también en quienes han muerto porque otras personas las dejaron morir de hambre o de sed. En la gente que habrá fallecido porque se le negó el mínimo sustento para sobrevivir, ya sea por crueldad o por políticas equivocadas. También esas muertes pesan sobre la conciencia humana.

Y es que… ¡hay tantas formas de matar!

En definitiva, ¿por qué somos tan buenos los seres humanos? Un tema, sin duda, sobre el que reflexionar.

jueves, 17 de marzo de 2022

Yo que Él no venía

 

Me pregunto si Jesucristo se atrevería a volver a la Tierra y juntarse de nuevo con esta especie nuestra llamada humanidad.

Sinceramente, si yo fuera Él, no lo haría. ¿Juntarse de nuevo con esta ralea llena de odio, avaricia, hipocresía e intolerancia, que resuelve sus diferencias a garrotazos? ¡Mala idea!

Ya vino una vez y lo humillamos, lo azotamos y lo crucificamos. ¿Y por qué? Por rebelarse ante las injusticias y ante el poder hipócrita establecido; por hablar de igualdad, de solidaridad, de paz y de amor. Por criticar la opulencia y la avaricia –«es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos»–. Por todo eso lo matamos. ¡Menudos desmanes había cometido!

Me parece que su Padre no le dijo con qué clase de gente tendría que tratar. Y creo que Dios tuvo un mal día al crearnos: cometió el mayor error de la historia del universo.

En fin, Jesús hará bien en no dejarse caer por aquí para ir de buena persona por el mundo, abogando por una sociedad más justa y equitativa. Porque, otra vez, nos lo cargaríamos. Otra cosa sería que, con su poder, viniera armado y nos diera un buen porrazo en la cabeza con la misma cruz con la que lo crucificamos. Seguro que ganas no le faltarían. Lo tendríamos más que merecido.

miércoles, 9 de marzo de 2022

Examen de aptitud

 

Hagamos un ejercicio de imaginación y pensemos en una posible solución para los problemas del mundo en general:

Imaginemos que, en cualquier país de la Tierra, para acceder al poder y ser nombrado presidente o primer ministro, independientemente de haber sido elegido en las urnas, el aspirante debiera superar un último escalón, que consistiría en un examen psicológico y de aptitudes para el cargo, realizado por un comité de reputados profesionales totalmente independientes.

En ese examen se evaluarían las capacidades de gestión, el equilibrio emocional, la empatía y la honestidad del candidato. Se trataría, en definitiva, de determinar si reúne las condiciones necesarias para ejercer una función de tanta responsabilidad sin poner en riesgo el bienestar común.

Se podrían analizar aspectos esenciales que todo dirigente debería poseer o, por el contrario, evitar a toda costa. Entre ellos, por ejemplo, los siguientes:

Capacidad de gestión eficaz de los recursos públicos, orientada a reducir los desequilibrios sociales y mejorar el bienestar de la ciudadanía.

Empatía hacia los demás, cualidad imprescindible para comprender y resolver los problemas de la gente, especialmente de los más desfavorecidos.

Integridad y honradez, para no sucumbir a las corruptelas propias de la política.

Compromiso con la igualdad en todas sus formas: de salarios, de oportunidades, entre hombres y mujeres y entre las distintas capas de la sociedad. Porque una sociedad desigual, además de injusta, es una sociedad sin futuro.

Adhesión plena a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, garantizando que nadie sufra injusticias ni arbitrariedades, y que toda persona, sea cual sea su raza, religión o creencia, disponga de unas condiciones de vida dignas. Porque, en su artículo 23, apartado 3, la Declaración Universal así lo refleja expresamente: «Toda persona que trabaja tiene derecho a una remuneración equitativa y satisfactoria, que le asegure, así como a su familia, una existencia conforme a la dignidad humana y que será completada, en caso necesario, por cualesquiera otros medios de protección social».

Defensa firme de una Sanidad y una Educación públicas y de calidad, dos servicios esenciales para reducir las desigualdades.

En resumen, se trataría de un estudio riguroso orientado a detectar los rasgos negativos que harían a un candidato no apto para gobernar, desechando a aquellos que manifestasen el menor atisbo de xenofobia, homofobia, racismo, intolerancia, falta de empatía, propensión a la corrupción, belicismo o cualquier otra patología o desorden del comportamiento que pudiera poner en peligro el bien común y la paz mundial.

Ahora bien, dado el número de fobias, egoísmos, desequilibrios y desórdenes mentales que arrastramos los seres humanos… ¿creéis que muchos pasarían ese examen? No lo sé, pero tengo la sospecha de que nos quedaríamos sin gobernantes.

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