A
juzgar por la cantidad de frases, sentencias y aforismos que desde hace tiempo
nos compartimos por WhatsApp –mensajes encaminados en su mayoría a que
evolucionemos como individuos y cuyo fin último es ayudarnos a ser mejores
personas–, a estas alturas deberíamos ser mucho más sabios, más altruistas, más
bondadosos... en fin, mucho más íntegros moralmente.
Sin embargo, parece que, en realidad, todos esos mensajes –que quedan muy bonitos mientras los vemos y leemos, e incluso es posible que nos hagan reflexionar un momento, el pequeño momento en que los visualizamos–, en el fondo nos importan bien poco. Porque la triste consecuencia, conociendo como nos manejamos los seres humanos, es que seguimos siendo egoístas, envidiosos, rencorosos, hipócritas… En definitiva, seguimos siendo exactamente igual de estúpidos (como corresponde a nuestra esencia humana) que antes de recibir esos bonitos mensajes, que en nada repercuten en nuestra penosa realidad moral y sálvese quien se pueda salvar.
Yo no pondría la mano en el fuego por mí mismo, porque supongo que, como casi todas las personas objeto de estas reflexiones mías, seguiré siendo también un capullo, a pesar –y después– de los mensajes recibidos. Sin haber podido, o más bien sin haber querido, poner en práctica sus bonitas y didácticas sentencias morales.

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