Porque, sabedlo, mi adorado tesoro me ha ayudado a respirar cuando la opresión de la, a veces soga de la existencia me ahogaba. En el transcurrir por los muchas veces intrincados senderos de esa existencia me ha hecho mejor persona y me ha proporcionado ese viento que empujara las velas de mi barco para cruzar con éxito el océano de la vida.
Siempre a mi lado, en lo bueno… y en lo malo. Porque al referirme a ella sí que puedo decir alto y claro aquello de… «Contigo pan y cebolla».
Que es bella no hay quien lo discuta pero, ¿qué puedo decir de esa otra belleza, de la belleza que no se ve? ¿Qué se puede decir de una persona que será la primera en ofrecer su ayuda y la última en buscar una recompensa? ¿Qué se puede decir de una persona que te ofrecerá el mejor sitio quedándose ella con el peor? ¿Qué se puede decir de una persona sencilla, dulce, amable, simpática, con un atractivo halo de bondad que la hace diferentemente extraordinaria? No estoy ensalzándola gratuitamente, es la verdad, la pura y maravillosa verdad.
Por todo eso la quiero, por todo eso estoy, después de casi 49 años de caminar juntos, enamorado de ella hasta las trancas.
Y todas las tardes y todas las noches y todos los días de mi vida estaré dando gracias a Dios por tenerla a mi lado, porque… sinceramente, la diosa fortuna me miró con gracia aquel lejano 25 de agosto.
¡Te quiero tanto mi adorada Isabel, mi adorado tesoro!

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