Me escondo de mis penas, como quien huye de una
sombra obstinada. Me aferro a los recuerdos porque son el único refugio que me
queda, aunque a veces me hieran más que la propia herida.
Me pregunto, en silencio, si cualquier tiempo pasado fue mejor, o si es mi nostalgia la que inventa un paraíso perdido. Tal vez el ayer no era tan hermoso, pero la distancia lo perfuma con un aire de eternidad. O puede que no le esté dando la importancia que tiene el presente. Y entonces me asaltan estas dudas, eternas, con sus contradicciones que nunca me dejan en paz.
Busco el abrazo del silencio para encontrarme conmigo mismo. En él caben mis dudas y mis sueños, mis derrotas y mis anhelos. Allí me reconcilio con lo que fui y con lo que nunca seré.
La nostalgia me inunda, y entre sus aguas voy trazando mi camino, paso a paso, entre los giros inesperados del destino. Avanzo sin certezas, con la memoria como brújula, sabiendo que, aunque el futuro se desdibuje, todavía puedo caminar… todavía.

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