Me causa una profunda desazón
ver, en informativos y periódicos, imágenes de niños con una tristeza infinita
en el rostro, una tristeza nacida de la carencia de lo más elemental: el
sustento.
Lo verdaderamente inquietante no es solo su sufrimiento, sino nuestra reacción ante él. Poco a poco, casi sin advertirlo, lo vamos incorporando al paisaje cotidiano de la información, como si formara parte del decorado inevitable del mundo. Así, lo que debería estremecernos termina por no alterarnos.
Esa insensibilidad que avanza en silencio, esa suerte de anestesia del alma, es quizá la forma más honda de injusticia: la injusticia que no solo se padece, sino que también se consiente.

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