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domingo, 14 de junio de 2015

El pescador y el pez dorado

Pescador
Hace unos días, un anestesista del hospital en donde trabajo, rauf Khaliulin, compañero y amigo a la vez que buen profesional y buena persona, me contó un cuento que yo no había oído nunca y que dijo pertenecía al folclore popular ruso, rauf es de Rusia como habréis podido adivinar por el nombre.
 
Este cuento lo tituló rauf el pescador y el barreño roto o el cubo roto, no recuerdo bien. La verdad es que me gustó el cuento, a cuya lectura y conclusión se le puede aplicar un conocido refrán español, aquel que dice: “La avaricia rompe el saco”. Pensé que podía publicarlo en el blog e indagué sobre él en Internet:
 
Resulta que el dicho cuento efectivamente, es un cuento popular ruso, típico de la tradición oral eslava y que recogieron de manera escrita diversos autores rusos como Aleksandr N. Afanásiev o Aleksandr S. Pushkin. Como también lo hicieron en Centroeuropa los famosísimos Hermanos Grimm, por ejemplo.
 
En realidad el cuento se titula “El pescador y el pez dorado” y la versión que sigue a continuación es la que hizo el poeta, novelista y dramaturgo ruso Aleksandr Serguéyevich Pushkin. El cuento es el siguiente:


Érase una vez un pescador anciano que vivía con su también anciana esposa en una triste y pobre cabaña junto al mar. Durante treinta y tres años el anciano se dedicó a pescar con una red y su mujer hilaba y tejía. Eran muy pero que muy pobres.

Un día, se fue a pescar y volvió con la red llena de barro y algas.
 
La siguiente vez, su red se llenó de hierbas del mar. Pero la tercera vez pescó un pequeño pececito.
 
Pero no era un pececito normal, era dorado. De repente, el pez le dijo con voz humana:
 
-Anciano, devuélveme al mar, te daré lo que tú desees por caro que sea.
 
Asombrado, el pescador se asustó. En sus treinta y tres años de pescador, nunca un pez le había hablado. Entonces le dijo con voz cariñosa:
 
-¡Dios esté contigo, pececito dorado! Tus riquezas no me hacen falta, vuelve a tu mar azul y pasea libremente por la inmensidad.
 
Cuando volvió a casa, le contó a la anciana el milagro: que había pescado un pez dorado que hablaba y que le había ofrecido riquezas a cambio de su libertad. Pero que no fue capaz de pedirle nada y lo devolvió al mar. La anciana se enfadó y le dijo:
 
-¡Estás loco! ¡Desgraciado! ¿No supiste qué pedirle al pescado? ¡Dale este balde (cubo o barreño) para lavar la ropa, está roto!
 
Así, se volvió al mar y miró. El mar estaba tranquilo aunque las pequeñas olas jugueteaban. Empezó a llamar al pez que nadó hasta su lado y con mucho respeto le dijo:
 
-¿Qué quieres, anciano?
 
-Su majestad pez, mi anciana mujer me ha regañado. No me da descanso. Ella necesita un nuevo balde porque el nuestro está roto.
 
El pez dorado contestó:
 
-No te preocupes, ve con Dios, tendrás un balde nuevo.
 
Volvió el pescador con su mujer y ella le gritó:
 
-¡Loco, desgraciado! ¡Pediste, tonto, un balde! Del balde no se puede sacar ningún beneficio. Regresa, tonto, pídele al pez una isba (vivienda rural característica de Rusia).
 
Así volvió el viejo al mar y este estaba revuelto. Llamó de nuevo al pez y este le preguntó:
 
-¿Qué quieres, anciano?
 
-Su majestad pez, mi anciana mujer me ha regañado aún más. No me da descanso. La anciana amargada pide una isba.
 
El pez dorado contestó:
 
-No te preocupes, ve con Dios, tendrás una isba.
 
Cuando volvió, se encontró a la anciana sentada en una piedra y, a sus espaldas, había una maravillosa isba con chimenea de ladrillo y un gran portón.
 
No quedaba rastro de la cabaña de madera.
 
-¡Estás loco! ¡Desgraciado! -volvió a gritarle la anciana-. No quiero vivir como una pobre campesina, quiero ser una burguesa.
 
De nuevo, volvió al mar a buscar al pez. El mar no estaba en absoluto tranquilo. Llamó al pez y este le dijo:
 
-¿Qué quieres, anciano?
 
-Su majestad pez, mi anciana mujer me ha regañado nuevamente. No me da descanso. Ella quiere dejar de ser campesina, quiere ser burguesa.
 
-No te preocupes, anciano. Ve con Dios.
 
Cuando volvió, vio a su esposa ataviada con ropas caras, un collar de perlas, botas rojas y una corona. Tenía criados a los que azotaba continuamente.
 
El viejo le dijo:
 
-¡Buenos días, noble señora! ¡Estarás ahora contenta!
 
Pero ella ni lo miró y lo hizo llevar a las cuadras.
 
Volvió a obligarle a ir al mar por la fuerza. Incluso llegó a pegarle en la cara.
 
Ya no quería ser burguesa y le dijo que le pidiera al pescado que la convirtiera en zarina. Eso hizo el anciano. Volvió al mar, que estaba de color negro y agitado y le pidió al pez lo que su anciana mujer le había solicitado.
 
Cuando volvió a la aldea, su mujer estaba sentada en una gran mesa llena de manjares y servida por infinidad de criados. Detrás había soldados con hachas que vigilaban su seguridad. El viejo hizo una reverencia y le dijo:
 
-¡Buenas, su alteza zarina! -y ella lo hizo sacar de allí a palos y casi le dan con las hachas.
 
Esa semana la anciana lo hizo llamar de nuevo. Le dijo que quería ser la dueña del mar y poseer incluso al pez mágico. Lo mandó de vuelta al mar para que cumpliera con sus deseos.
 
El anciano le dijo al pez que su mujer quería ser la dueña de todo, vivir en el mar y por supuesto, poseerlo a él. El mar estaba absolutamente revuelto. Había una tormenta con olas tremendamente grandes y daba miedo acercarse.
 
El pez le salpicó con la cola y no dijo nada.
 
De repente, el anciano se encontró en su barca pescando con su vieja red. En la orilla, su anciana y amargada mujer estaba sentada frente a la casucha en la que habían vivido siempre.
 
A sus pies, estaba el balde roto.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo no conocia este cuento, lo he leido con atencion y la unica conclusión que saco es que la mujer del pescador era más mala que la quina. Pobre hombre, vauya suplicio de mujer.

Marco Atilio dijo...

Pues sí, una mujer cuya avaricia no tenía límites. Mala sí, mala mala.

Isabel Barrado Pablos dijo...

No conocía esta historia, y me ha gustado porque encierra una gran lección. Y como comentan por aquí la mujer era una mala víbora. Al final el hombre se quedó más a gusto y feliz con lo que tenía, que comparado con lo que le aguardaba era mucho más de lo que perdía.

Rauf Khaliulin dijo...

Me gusta mucho el cuento, y creo que la culpa tienen los tres protagonistas: por supuesto la mujer merece una reeducación, y el viejo por que le hace caso en todo a su mujer si ella no tiene razón ninguna, y el pez mágico debería tener más responsabilidad con conceder todos los deseos a gente.
Gracias Paco por nombrarme en el artículo.
Siempre leo tus entradas, a veces no me entiendo todo, pero me gusta.

Marco Atilio dijo...

A Isabel Barrado Pablos: Pues sí, tienes mucha razón, el pescador sería mucho más feliz que aguantando el despotismo de su mujer cargada de riqueza y poder. Aquí sí que se cumple la máxima de que el dinero no da la felicidad... al menos para el hombre del cuento.

A Rauf Khaliulin: También tú tienes mucha razón en la valoración que haces de esta historia. Los tres personajes tienen culpa, aunque dos de ellos (el pez y el pescador) por su excesiva bondad que se torna algo irresponsable al no medir las consecuencias de su generosidad en el caso del pez y de su mansedumbre en lo que se refiere al pescador.
Gracias Rauf por tus comentarios y por seguir mi blog lo cual resulta un honor para mí. Celebro que te guste el blog y seguro que poco a poco irás conociendo toda la riqueza de nuestra querida y rica lengua española. Por supuesto ya sabes que siempre me tendrás disponible para cualquier duda que te surja con alguna palabra o frase que no entiendas. Si está en mi mano despejar tus dudas lo haré encantado y si no buscaremos juntos información en Internet para hallar luz sobre el asunto. Un abrazo.

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