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domingo, 20 de octubre de 2013

Anestesistas y anestesia

anestesista

Desde hace ya muchos años estoy participando a diario de la actividad quirúrgica de un hospital y antes de hacerlo nunca llegué a imaginar que los profesionales de la medicina a cuyo alrededor gira toda esa actividad quirúrgica fueran los anestesistas, seguro que por mi desconocimiento del mundo quirúrgico en general y de la anestesiología en particular. Y sí, hoy puedo afirmar claramente que los anestesistas tienen una importancia extraordinaria en toda la actividad quirúrgica ya que sin su concurso no se podría realizar ningún tipo de intervención, a excepción de las operaciones que se efectúan con anestesia local, e incluso en estas puede ser necesario acudir a ellos cuando las cosas se tuercen, que no es lo normal, aunque a veces ocurre.

martes, 24 de septiembre de 2013

¿Tengo derecho a quejarme? Creo que sí

cansado

Si pincháis en la pestaña “Sobre mí” del blog, podéis saber que me gano la vida como celador del Servicio Andaluz de Salud. Llevo casi 19 años en el mismo servicio del hospital en donde trabajo, el servicio de quirófanos. Este es un servicio muy especial, en donde a los celadores, aparte de otras muchas cosas, se les exige que sean responsables, diligentes y sobre todo, poseer una gran capacidad de sacrificio porque el trabajo (aunque a algunos les pueda sorprender) es duro, tanto física como mentalmente. Es un trabajo que te somete día por día a un gran estrés a poco que quieras realizarlo con la responsabilidad que se deriva de tener que tratar con personas que necesitan de toda tu atención por razones obvias. Y en el que como he dicho antes, tus capacidades físicas y mentales se ponen a prueba prácticamente a diario.

domingo, 20 de mayo de 2012

Antoñita y Cloti

Limpieza

La eficacia de los distintos servicios de un hospital depende, en gran medida, de la coordinación que exista entre todos los profesionales que trabajan en ellos. La zona quirúrgica no es una excepción: el trabajo en equipo resulta fundamental para poder cumplir los objetivos de la Unidad.

Para que el complejo engranaje de la actividad quirúrgica funcione correctamente se necesita la participación y el trabajo de muchos profesionales. Cada uno tiene encomendadas unas tareas, con mayor o menor grado de responsabilidad, pero todas ellas son importantes y necesarias. Es como una cadena en la que no puede faltar ningún eslabón.

Una de esas tareas es la limpieza, que conlleva, naturalmente, un alto grado de responsabilidad, pues de su eficacia depende, y no en poca medida, la incidencia de infecciones en las heridas quirúrgicas.

Esta labor de limpieza en la zona de quirófanos del hospital donde trabajo la llevan a cabo dos personas a las que aprecio, admiro y respeto profundamente: Antoñita y Cloti.

Sin aspavientos, calladamente y generosas en el esfuerzo, realizan una labor encomiable. Una labor que desempeñan al nivel de los mejores profesionales que pueda haber en la zona quirúrgica. Respetuosas y prudentes, da la sensación de que pasan de puntillas por el servicio, pero... ¡qué magnífico trabajo realizan!

Con prontitud y diligencia limpian un quirófano entre una intervención y otra en un tiempo récord. Muchas veces, contemplando su labor, me he preguntado cómo son capaces de conseguir tanta eficacia en tan poco tiempo. Y he llegado a la conclusión de que la gran experiencia que atesoran, su enorme capacidad de trabajo y su profesionalidad hacen posible que sea así.

Realizan su trabajo con una eficiencia y una dignidad ejemplares. Un espejo en el que poder mirarse.

Y quizá sea precisamente ahí donde reside una de las grandes enseñanzas que nos ofrecen: no hay trabajos de primera y de segunda; hay profesionales que realizan su trabajo bien o mal. Y ellas lo realizan extraordinariamente bien.

Vaya desde aquí mi pequeño homenaje a dos grandes personas que, con su trabajo y su saber estar, nos enseñan diariamente el camino para hacernos cada vez mejores profesionales.

Antoñita y Cloti, Cloti y Antoñita. Sí, ciertamente las admiro: como las grandes profesionales que son y como las magníficas compañeras y amigas que han sido.








viernes, 18 de noviembre de 2011

El lado amargo de mi trabajo


Hace unos días, en el vestuario, cuando me disponía a comenzar mi jornada laboral, me encontré con el traumatólogo saliente de guardia. Le pregunté qué tal había ido la noche y me respondió que fatal. La verdad es que debió ser así a tenor del cansancio que se reflejaba en su rostro. Luego me dijo que tuvo que atender a un chico joven (21 años) que había sufrido un accidente de tráfico mientras conducía una moto. Que, entre otras lesiones mucho más graves, tenía luxada la cadera pero que tras ímprobos esfuerzos no consiguió reducirla.
 
Las otras lesiones de las que hablaba eran un fortísimo golpe en el pecho y que después de una larga intervención quirúrgica, los cirujanos tuvieron que extirparle el bazo, parte del páncreas, un riñón y una glándula suprarrenal.
 
A media mañana, lo trajeron de la UCI al quirófano para intentar reducirle la luxación de cadera. Lo consiguieron al fin.
 
Cuando lo trasladábamos de nuevo a la UCI, en el pasillo nos encontramos con su familia que esperaba con impaciencia. Su padre, llorando, lo tocó suavemente en el pecho mientras avanzábamos con la cama.
 
Hace dos días, nos enteramos que Mariano (así se llamaba el muchacho) había muerto. Por lo visto de una insuficiencia respiratoria consecuencia del golpe en el pecho. No voy a negar que la noticia me sorprendió, creía que, pese a su gravedad, acabaría superando el trance. Evidentemente me equivoqué.
 
Mis compañeros y yo nos acercamos a la UCI para interesarnos por el muchacho y en ese momento estaban adecentándolo para su traslado al mortuorio. Mientras tanto, fuera en el pasillo se vivían escenas de un dolor indescriptible. Su padre y su madre, abrazados, lloraban desconsoladamente entre gritos y suspiros desgarradores. Un auténtico drama que te helaba la sangre de las venas.
 
Estamos preparados para enterrar a nuestros padres, pero nunca para enterrar a nuestros hijos. Sobre todo, como en este caso, cuando la muerte los arranca de nuestro lado apenas han empezado a vivir.
 
La traidora parca, siempre acechante e imprevisible, se cruzó en el camino de un joven fuerte y robusto arrebatándole la vida y de paso, dejando en el alma de sus padres una profundísima herida que por muchos años que pasen jamás cicatrizará.
 
Descansa en paz Mariano. 

Marco Atilio









domingo, 13 de noviembre de 2011

La mejor recompensa

Perderse en un hospital es más común de lo que parece. Tantos pasillos, salas y consultas, terminan por desorientar, sobre todo a quienes no conocen el edificio.

Un día, mientras esperaba el ascensor, me fijé en 
un matrimonio de edad que parecía andar un poco perdido. Se notaba que no sabían muy bien hacia dónde dirigirse. Eran dos abuelillos entrañables de un pueblecito pequeño y serrano (lo sé porque luego me lo dirían).

Me acerqué a ellos y les pregunté si podía ayudarles en algo, la mujer me entregó un papel en el que figuraba que su marido tenía cita para un TAC.



Les indiqué por dónde tenían que ir para llegar al lugar donde se le realizaría la prueba diagnóstica y, aunque escuchaban con atención mis explicaciones, enseguida me di cuenta que no se estaban enterando muy bien, por tanto decidí acompañarles yo mismo. 

–Vengan conmigo, yo les llevaré– (les dije). 

Una mirada de alivio y de agradecimiento se reflejó en la cara de los dos ancianos. 

Cuando llegamos, los acompañé a la sala de espera y les dije que se sentaran mientras yo le entregaba la hoja de citación a la enfermera. Cuando volví, les indiqué que esperaran y que pronto los llamarían. En ese momento, la mujer me cogió la mano y con una mirada dulce y agradecida me dijo: 

–¡Que Dios te bendiga, hijo mío! ¡Muchísimas gracias!

–No hay de qué, abuelita. Ha sido un placer –respondí.

Mientras me alejaba pensé en la mirada bondadosa de la ancianita y en sus tiernas palabras. Una recompensa que no tenía precio. Pensé en lo gratificante que resultaba a veces mi trabajo y rogué porque el resultado del TAC que le hicieran al  abuelillo fuera completamente normal.  











jueves, 4 de agosto de 2011

¡Lo que hay que aguantar!


El leitmotiv de cualquier profesional de la sanidad (médicos, enfermeras, auxiliares, celadores…) es ayudar a las personas, tratar de que la estancia de cualquier enfermo en el hospital sea lo más placentera posible poniendo para ello todos los medios a nuestro alcance.

Con nuestra humanidad, simpatía y agrado intentamos  infundir en el enfermo (y también en sus familiares) confianza y seguridad. Ya lo dijo Sigmund Freud: “La ciencia moderna aún no ha producido un medicamento tranquilizador tan eficaz como lo son unas pocas palabras bondadosas”. En mi caso siempre he procurado llevar a la práctica ese principio.

Por eso, cuando me topo con algún familiar que pone en tela de juicio mi buen hacer, sin conocer como soy como profesional ni por supuesto como persona, me lleno de rabia y de tristeza y me pregunto por qué tiene que haber energúmenos de tan baja catadura moral que campan por el mundo avasallando todo lo que encuentran a su paso. Más aún cuando sienten que están en una posición de ventaja respecto a su víctima, en este caso los profesionales de la sanidad, ya que es difícil defenderse ante estos energúmenos, entre otras cosas porque no atienden a razones y esgrimen sus supuestos derechos humillando a cualquiera que ose rebatirlos.

De vez en cuando te topas con gente de esa calaña, gente que es capaz, en un momento dado, de pasar de la agresión verbal a la física sin que tú hayas hacho nada por merecer su desprecio. Si acaso tu culpa habrá sido la de ayudar a su familiar enfermo.

Este tipo de situaciones se  repiten con relativa frecuencia en nuestro trabajo, he tenido la suerte de haberlas padecido en contadísimas ocasiones, tampoco he sufrido ninguna agresión física en los muchos años que llevo trabajando en la sanidad pública, pero me consta que hay compañeros míos que si la han sufrido. Una lástima en verdad.





jueves, 28 de julio de 2011

Manzanas podridas


Si entráis en el apartado del blog “SOBRE MI” sabréis que soy celador del Servicio Andaluz de Salud. Cualquiera que me conozca sabrá que siempre me he caracterizado por intentar ejercer mi labor con la máxima profesionalidad, dedicación, espíritu de sacrificio, gran capacidad de trabajo, responsabilidad… cualidades todas ellas que tienen la mayoría de mis compañeros y compañeras con algunas raras excepciones (en todo grupo lamentablemente siempre tiene que haber algunas ”manzanas podridas”) excepciones que dicho sea de paso y si yo tuviera poder para ello pondría de patitas en la calle, así no se correría el riesgo de que esas “manzanas podridas” pudieran pudrir a otras.
 
Tengo muy presente que el sueldo que ganamos los celadores (bajísimo por cierto) es a cambio de que realicemos nuestro trabajo con la máxima eficacia y diligencia. Pero el ser celador en un hospital también conlleva otras cosas que no deberíamos olvidar nunca y que también se nos exige que tengamos: Humanidad, simpatía y agrado con el enfermo y con los familiares, disponibilidad constante para ayudar, trabajo en equipo…
 
Trabajo en equipo, una característica que define al profesional de la sanidad (médicos, enfermeras, auxiliares, celadores…) y que todos debiéramos tener muy presente. De su puesta en práctica depende el buen funcionamiento de las distintas unidades de un hospital. Lamentablemente, en mi estamento (y en todos) hay raras excepciones que no lo entienden así, esas de las que hablaba un poco más arriba. Gente que pasa la jornada echando sobre las espaldas del compañero su parte del trabajo, gente que pasa la jornada utilizando la picaresca para ver de qué manera pueden trabajar menos, gente muy vaga, gente con mucha cara. Por supuesto con esas actitudes cualquier servicio se resiente y no funciona con la calidad y la excelencia que debiera de funcionar.
 
Esas son las “manzanas podridas” a las que antes me refería, sin ellas en el hospital se ganaría en calidad asistencial y en eficacia y por descontado evitaríamos cualquier tipo de contagio impidiendo que alguien pudiera infectarse de su baja catadura moral y su ineficacia profesional. Menos mal que (como dije antes) son raras excepciones.
 
Marco Atilio



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