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martes, 28 de abril de 2026

Sepulcros blanqueados

 

Tú, que te sientes católico y, por ende, cristiano —es decir, seguidor de Cristo—, permíteme hacerte una pregunta que no acabo de entender: ¿cómo se concilia tu fe con el rechazo al inmigrante? ¿Cómo se explica esa actitud xenófoba y racista en alguien que dice seguir a Cristo?

Si Cristo es tu referente, al que adoras y homenajeas en procesiones y actos religiosos, algo no encaja. Porque su mensaje era bastante claro:

«Os doy un mandamiento nuevo: amaos unos a otros; como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. Vuestro amor mutuo será el distintivo por el que todo el mundo os reconocerá como discípulos míos» (Juan 13:34-35).

«Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis”» (Mateo 25:41-43).

¿Esos pasajes del Nuevo Testamento, de boca del propio Jesús, te los pasas por el arco del triunfo? Quizá convenga mirarse al espejo y preguntarse si no somos uno de esos hipócritas a los que tanto criticó:

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad» (Mateo 23:27-28).

Ser seguidor de Cristo no basta con proclamarlo. También es necesario poner en práctica su mensaje de amor y de justicia. No te fabriques el Dios a tu medida según te convenga.

jueves, 9 de octubre de 2025

La vida como escuela

 

Siempre quise estudiar Filosofía y Letras. Me atraía el misterio del pensamiento, la belleza de las palabras, la búsqueda serena de la verdad.

Pero me tocó vivir una época dura, y en una familia humilde los sueños no siempre se cumplen. A los trece años ya trabajaba, y aquella ilusión mía se quedó esperándome en algún rincón del camino, convertida en una quimérica esperanza.

Con el tiempo comprendí que no hace falta un título para pensar, ni una cátedra para sentir. La vida misma fue mi escuela, y sus lecciones, a veces crueles, me enseñaron lo que ningún libro enseña: el valor de la experiencia, el peso del tiempo, la fragilidad del alma humana. Me fui doctorando a través de la sabiduría que dan las vivencias y ese deseo innato por conocer, por entender, por comprender.

Tal vez no fui filósofo por formación, pero sí por vocación. Porque sigo mirando la vida intentando descifrarla, haciéndome preguntas y buscando respuestas. Y eso, al fin y al cabo, es lo que hace un filósofo: buscar sentido en medio del caos.

lunes, 21 de julio de 2025

Retrato sin retoques

A veces me detengo a pensar y me pregunto si el ser humano es realmente consciente de la clase de criatura despreciable que puede llegar a ser. En mis reflexiones surgen varias preguntas que me producen, cuando menos, cierto desasosiego:

¿Somos realmente conscientes de lo que somos?

¿Estamos seguros de conocernos en lo más profundo de nosotros mismos?

¿Sabemos siquiera de lo que seríamos capaces en determinadas circunstancias?

Creo que no. Muy pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre lo que somos en realidad y sobre lo detestables que podemos llegar a ser cuando, por encima de cualquier otra consideración, colocamos nuestro propio beneficio. Seguimos una máxima que, con demasiada frecuencia, parece haberse convertido en un auténtico dogma: «Primero mis dientes que mis parientes».

Nos creemos personas adorables. Pensamos que es un placer convivir con nosotros. Estamos convencidos de que casi siempre nos asiste la razón. Todo cuanto hacemos nos parece correcto y todo cuanto decimos, acertado. Y, cuando nuestras acciones resultan cuestionables, siempre encontramos argumentos para justificarlas. Nos consideramos poseedores de la verdad... de nuestra verdad.

Nuestras ideas, nuestra forma de vivir y de entender la existencia constituyen, para nosotros, el paradigma de la perfección. Con demasiada frecuencia pretendemos que nuestro criterio prevalezca sobre el de los demás, convencidos de que es el más sensato y el más acertado.

Las actitudes de quienes nos rodean, sus creencias, sus convicciones, su manera de vestir, de hablar, de amar, de sufrir, de pensar o de entender la belleza, cuando difieren de las nuestras, nos parecen equivocadas y, en muchas ocasiones, incluso reprobables.

Si reflexionamos con sinceridad sobre todo ello, descubriremos que, en mayor o menor medida, este comportamiento forma parte de casi todos nosotros. A eso lo llamamos intolerancia. Una intolerancia de la que, como seres humanos, somos con frecuencia prisioneros. Y pocas criaturas han demostrado ser capaces de cometer mayores atrocidades que el propio ser humano.

En definitiva, somos profundamente egoístas y tendemos a anteponer nuestro bienestar y nuestros intereses a cualquier otra consideración.

Así de cruda es la realidad que, a mi juicio, acompaña al ser humano desde su aparición sobre la faz de la Tierra, para desgracia de la propia Tierra.

Deberíamos ser libres para decidir nuestro propio destino, para recorrer la vida como mejor nos plazca, sin restricciones innecesarias. Pero esa libertad solo puede ser legítima cuando respeta la de los demás; cuando no menoscaba sus derechos ni perjudica sus intereses; cuando no invade gratuitamente su intimidad y cuando es capaz de aceptar, sin hostilidad, las diferencias de raza, religión, creencias, modo de vida o forma de pensar.

Si algún día llegáramos a comportarnos de esa manera —algo que, a mi juicio, resulta extremadamente difícil, porque el egoísmo y la maldad parecen formar parte de nuestra condición—, la vida sobre este maravilloso planeta llamado Tierra sería mucho más placentera y, sobre todo, mucho más justa.

Si queremos construir un futuro mejor, deberíamos partir de una base ética tan sencilla como irrenunciable:

«Ningún pueblo, ninguna nación, ninguna persona… nada positivo se puede construir a costa de los demás».

Porque, si para alcanzar nuestra felicidad necesitamos destruir la de otras personas, quizá habría sido mejor no haber nacido; al menos, así libraríamos al mundo de nuestra inmunda presencia.

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Es evidente que cuanto se ha expuesto hasta ahora refleja una visión bastante pesimista del comportamiento humano. Es probable que muchos discrepen de esta valoración y la consideren excesivamente catastrofista. Soy consciente de que las generalizaciones rara vez hacen justicia a la realidad; sin embargo, sigo convencido de que una gran parte de la humanidad encaja, en mayor o menor medida, en el retrato que acabo de describir.

En cualquier caso, para fundamentar mejor esta reflexión, conviene acudir a la historia. Quizá así resulte más fácil comprender por qué sostengo estas afirmaciones.

Es cierto que, a lo largo de los siglos, ha habido personas capaces de sacrificarse por los demás e incluso de entregar su vida por sus semejantes. Sería injusto ignorarlo. Pero, a mi juicio, esos ejemplos han sido siempre excepcionales frente a una realidad mucho más frecuente.

La historia demuestra hasta qué extremo puede degradarse el ser humano cuando el poder, el fanatismo, la ambición o el odio se imponen sobre cualquier principio moral.

Ahí están los grandes imperios, que extendieron sus dominios mediante la guerra, la violencia y el sometimiento de otros pueblos, imponiendo con frecuencia sus creencias y su modo de vida a quienes pensaban de forma diferente.

Ahí está también la Inquisición, bajo cuyo amparo miles de personas fueron perseguidas, torturadas y ejecutadas en nombre de Dios.

Ahí está el exterminio y el despojo sufridos por numerosos pueblos indígenas de América del Norte, privados de sus tierras, de su libertad y, en muchos casos, de su propia identidad.

Resulta imposible olvidar la esclavitud, practicada durante siglos por distintas civilizaciones, reduciendo a millones de seres humanos a la condición de simples mercancías.

Y resulta igualmente imposible pasar por alto el nazismo, responsable de uno de los mayores genocidios de la historia. La deshumanización de sus víctimas permitió que millones de personas fueran asesinadas con una frialdad difícil de comprender.

Tampoco deberíamos olvidar los crímenes cometidos por tantos regímenes totalitarios y dictaduras que, a lo largo de la historia, han perseguido, encarcelado, torturado y asesinado a quienes consideraban sus enemigos.

La política tampoco ha permanecido ajena a estas miserias humanas. Son numerosos los dirigentes que, amparados por el poder, han antepuesto sus intereses personales al bienestar de los ciudadanos, recurriendo a la mentira, la demagogia, la corrupción o el abuso de poder.

No es casual que Louis McHenry Howe, asesor del presidente Franklin D. Roosevelt, afirmara:

«Nadie puede adoptar la política como profesión y seguir siendo honrado.»

Sea o no compartida esa afirmación, refleja la profunda desconfianza que la actividad política ha despertado con frecuencia entre los propios protagonistas de la historia.

Tampoco faltan empresarios que convierten el beneficio económico en su única prioridad, olvidando la dignidad de quienes trabajan para ellos y reduciendo al trabajador a un simple instrumento para incrementar sus ganancias.

Y, descendiendo al terreno de la vida cotidiana, encontramos innumerables ejemplos de pequeñas miserias humanas: superiores que humillan a sus subordinados, personas que maltratan o asesinan a quienes decían amar, familias destruidas por una herencia, amistades rotas por intereses económicos o por simples diferencias de opinión.

Entre el amor y el odio existe, a veces, una distancia sorprendentemente corta. Mientras los demás no interfieran en nuestros intereses y compartan, aunque solo sea parcialmente, nuestra manera de pensar, solemos considerarlos buenas personas. Pero basta con que nuestros intereses se vean amenazados, con que cuestionen nuestras convicciones o con que nos causen un agravio para que todo cambie.

Somos expertos en olvidar cien favores por culpa de una sola ofensa. El refranero español ilustra muy bien esto:

«Hazme cien cosas buenas y fállame en una, y no me has hecho ninguna.»

En definitiva, sigo pensando que el egoísmo está profundamente arraigado en la naturaleza humana. Existen personas extraordinarias cuya generosidad desmiente esta visión, y gracias a ellas el mundo continúa siendo un lugar habitable. Pero, en mi opinión, siguen siendo una minoría.


miércoles, 9 de abril de 2025

Especie fallida

 

Siempre he creído —y nuestra negra historia lo confirma— que somos una especie fallida dentro de la lógica natural del universo. Por eso, estoy en contra de traer hijos al mundo: no deseo contribuir a perpetuar esta especie tan nociva. Nociva para las demás especies, para sí misma y para todo cuanto la rodea, incluido el planeta que habita.

No niego que existan personas que se salven de esa tónica destructiva general. Pero aun así… ¿para qué nacer, si la vida está tan llena de sufrimiento y la maldad humana forma parte del paisaje?

Y yo, que ya he nacido; que ya he vivido; que ya he conocido; que llevo las alforjas llenas de experiencias —unas buenas, otras no tanto—; yo, que he visto de primera mano las aberraciones que ha cometido el ser humano a lo largo de la historia; que sé que la maldad, tarde o temprano, se impone a la bondad —porque si no fuera así, no habría guerras, ni hambre, ni injusticias—…

En fin, yo, que formo parte de esta tragicomedia llamada humanidad, no sé si dar las gracias a mis padres por haberme traído al mundo… o pedirles explicaciones por haberlo hecho.

Un terrible dilema, ciertamente.

viernes, 7 de marzo de 2025

Hipocresía y rechazo al inmigrante

 

A propósito de aquellos que rechazan a los inmigrantes por el mero hecho de serlo y que, curiosamente y en general, se consideran «buenos cristianos» porque asisten a misa los domingos y fiestas de guardar.

En el evangelio de San Mateo, capítulo 2, versículos 13 y 14 se puede leer:

«El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; allí estarás hasta que te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. Así que se levantó cuando todavía era de noche, tomó al niño y a su madre, y partió para Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes».

Así pues, Jesucristo tuvo también que emigrar a Egipto por la envidia de un tirano, y su familia estuvo unos cuantos años acogida en un país extraño.

En el capítulo 25 versículos 41 al 43 del evangelio de San Mateo se puede leer:

«Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis».

Parece ser que Jesús no rechazaba a los inmigrantes como bien se puede ver.

Hay una palabra en el Nuevo Testamento que Jesús repite hasta la saciedad. La palabra es «HIPÓCRITA». Todos sabemos lo que significa pero recordemos como la define el Diccionario de la RAE:

HIPÓCRITA: «Que actúa con hipocresía».

HIPOCRESÍA: «Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan».

Es decir, ser un hipócrita es ser «más falso que el alma de Judas».

Y aquí lo dejo, que cada uno saque sus propias conclusiones.

martes, 25 de febrero de 2025

Aprovecha cada minuto


Cuando se llega a ciertas edades próximas a la vejez o metidos ya en ella, hay que levantarse cada día con el propósito de ser feliz y hacer de ese día, de ese preciso día, el más importante de nuestra vida.

Hay que ser un poco egoísta y pensar en uno mismo y en su bienestar más que en cualquier otra cosa.

Disfruta del amor de tus hijos y comparte todos los momentos que puedas con ellos; aprovecha tu tiempo gozando de la compañía de tus nietos pero no seas esclavo de ella si no es estrictamente necesario.

Aprovecha cualquier ocasión de pasarlo bien que se te presente, no lo dejes para mañana porque quizá mañana no llegue nunca.

En resumen, hay que mirarse un poco el ombligo y dejar que el mundo fluya a tu alrededor, porque cuando se empieza a vislumbrar el final del camino cada minuto es oro y no hemos llegado a los últimos años de nuestra vida como para ensombrecerlos con preocupaciones tontas y obligaciones innecesarias que nada te aportan y si lo hacen será acortar tu ciclo vital.

martes, 18 de febrero de 2025

Así soy yo... y mis opiniones

 

No soy alguien famoso, eso está claro, soy una persona sencilla, de las muchas que hay por ahí. Alguien con un elevado espíritu crítico; alguien que mira la vida y aprende de ella; alguien que se hace preguntas y busca respuestas; alguien que, como mi abuelo Marcos, es un autodidacta nato, quizá y muy a mi pesar, por falta de oportunidades de no haber podido tener una educación reglada, que suplo con mi amor por los libros y el mundo de la cultura en todas sus facetas, con mi afán de saber, de indagar, de investigar, de bucear en todas las ciencias y todas las artes (astronomía, literatura, historia, geografía, cine…) alguien con una curiosidad sin límites.

Soy alguien que proviene del pueblo más sencillo y que, a través de la sabiduría que dan las vivencias y ese deseo innato por conocer, por entender, por comprender… por saber, me ha llevado con el paso de los años, y perdón por la inmodestia, a poseer un nivel cultural bastante amplio.

Alguien que cree estar preparado para opinar con criterio de mil cosas, sociopolíticas y de otra índole, y que, algunas veces, comparte sus opiniones a través de las redes sociales. Porque pienso que es lícito opinar argumentando esas opiniones. Porque pienso que no solo los intelectuales y personas relevantes tienen buen criterio, a veces es todo lo contrario, muchas veces las personas anónimas (y no digo que sea mi caso, aunque pudiera ser que también a veces) son más sabias a la hora de afrontar cuestiones existenciales, sociales, políticas y de todo tipo.

Alguien que no tiene miedo al qué dirán cuando mis razonamientos sean contrarios a otros tipos de pensamiento. Me da igual, esas opiniones son mías, es lo que pienso y así lo expongo, con respeto pero sin cortapisas ni limitaciones.

Alguien que aboga por el bienestar y el bien común y que de un tiempo a esta parte está totalmente decepcionado con el comportamiento humano (en pleno siglo XXI), cada vez más radical y lleno de odio. Por más vueltas que le dé no consigo entender el despreciable fanatismo e intolerancia de cada vez más personas, personas, que según mi opinión, están atrapadas en su ignorancia, sus limitaciones y sus complejos. Por eso, porque todo ello va en contra de mi idea de sociedad, a menudo tengo la impresión de haber nacido en el planeta equivocado.

En fin… así soy yo.

jueves, 4 de abril de 2024

Mensajes por WhatsApp

 

A juzgar por la cantidad de frases, sentencias y aforismos que desde hace tiempo nos compartimos por WhatsApp –mensajes encaminados en su mayoría a que evolucionemos como individuos y cuyo fin último es ayudarnos a ser mejores personas–, a estas alturas deberíamos ser mucho más sabios, más altruistas, más bondadosos... en fin, mucho más íntegros moralmente.

Sin embargo, parece que, en realidad, todos esos mensajes –que quedan muy bonitos mientras los vemos y leemos, e incluso es posible que nos hagan reflexionar un momento, el pequeño momento en que los visualizamos–, en el fondo nos importan bien poco. Porque la triste consecuencia, conociendo como nos manejamos los seres humanos, es que seguimos siendo egoístas, envidiosos, rencorosos, hipócritas… En definitiva, seguimos siendo exactamente igual de estúpidos (como corresponde a nuestra esencia humana) que antes de recibir esos bonitos mensajes, que en nada repercuten en nuestra penosa realidad moral y sálvese quien se pueda salvar.

Yo no pondría la mano en el fuego por mí mismo, porque supongo que, como casi todas las personas objeto de estas reflexiones mías, seguiré siendo también un capullo, a pesar –y después– de los mensajes recibidos. Sin haber podido, o más bien sin haber querido, poner en práctica sus bonitas y didácticas sentencias morales.

miércoles, 6 de marzo de 2024

Agravios injustificados

 

A lo largo de mi vida he recibido muchos agravios injustificados, tales como injurias, calumnias, ironías malintencionadas, han dejado de hablarme sin motivo, me han levantado falsos testimonios, me han insultado gravemente, han traicionado mi confianza, han intentado manejar mi vida… Y todo sin haber dado motivo para ello, al menos que yo sepa.

Pues sí, mis ya largos años han dado para todo eso y para otras cuestiones igual de feas.

¿Y todo por qué? Pues básicamente, y en la mayoría de los casos, por envidia y por celos de ser mejor que esas pobres personillas, con tan baja catadura moral que con su rastrero proceder se han retratado convenientemente a sí mismas.

Supongo que a muchas personas les habrá pasado lo mismo cuando, como yo, han recorrido un largo camino de existencia. Y es que 65 años dan para mucho bueno y también para mucho malo. Y lo malo proviene en muchas ocasiones del hecho de que no siempre se rodea uno de las personas adecuadas, en fin…

Todo en la vida requiere de un aprendizaje y cruzar el océano de la vida misma no iba a ser la excepción. Afortunadamente soy lo suficientemente fuerte para que todos esos avatares sufridos en mi singladura no me hayan afectado en demasía, lo que sí han conseguido es hacerme mucho más resistente a las olas de la sinrazón… y por ende, probablemente más sabio.

viernes, 1 de marzo de 2024

Resistencia al dolor mujeres vs hombres

 

Yo, que he trabajado durante muchos años en el servicio de quirófanos de un hospital y he contemplado infinidad de veces el grado de resistencia al dolor (me refiero al dolor físico) y la manera de afrontarlo que tienen los hombres y las mujeres, puedo decir que, según mi experiencia, las mujeres, en general, nos ganan por goleada en lo que se refiere a su resistencia al dolor y a su manera, mucho más eficiente, de gestionarlo. Y esto, en mi opinión, es una verdad prácticamente axiomática.

Lo ilustro con un ejemplo: «Si los hombres tuvieran que parir, la humanidad hacía tiempo que se habría extinguido». Creedme que no voy muy descaminado.

lunes, 27 de noviembre de 2023

Opinión negativa

Hace unos días, en el transcurso de una agradable conversación, un amigo me reprochó mi aparente negatividad a la hora de juzgar al ser humano en general. Me dijo: -me consta que eres creyente, entonces… ¿cómo puedes juzgar al ser humano de esa forma tan negativa?-.

Mi amigo es una persona con un optimismo desbordante en lo que se refiere a las bondades de la raza humana. Yo, sintiéndolo mucho, no soy tan optimista y la prueba de que pudiera estar en lo cierto me rodea por todas partes. Los medios de comunicación están llenos de noticias de guerras; de violencia de género; de palizas a personas porque sí; de acoso escolar; de odio entre los políticos por imponer sus idearios, odio que, dicho sea de paso, se traslada a la gente corriente que abraza ese odio sin el menor pudor; penurias de gente a los que sus míseros salarios no les dan para llegar a fin de mes; gentes que pasan hambre en pleno siglo XXI; avaricia de los riquísimos; falta de empatía, cinismo, injusticia, hipocresía… en demasiada gente. Esto lo vemos a diario en los informativos de televisión y en los periódicos. Ante este panorama… ¿cómo demonios voy a ser positivo a la hora de juzgar al ser humano? Y luego está la dualidad innata que todos tenemos y que nos hace seres adorables unas veces y despreciables otras, sin término medio. Así no es de extrañar que las contundentes pruebas que se ponen ante mí me hagan juzgar con tanta severidad las conductas humanas.

En cualquier caso tengo que decir que mi amigo tiene razón: ¡Soy creyente! Soy cristiano porque creo en Jesucristo, y me gusta muy mucho lo que, según los evangelios, predicó y dijo. Lo que se narra en el capítulo 5 del evangelio de San Mateo (El Sermón de la Montaña) es una de las cosas más bonitas y bondadosas que se hayan dicho nunca. Sobre todo en lo que se refiere al apartado de las «Bienaventuranzas».

Tengo mi fe como cualquiera puede tener la suya que por supuesto respeto. En mi caso personal creo que hay un Dios, al menos necesito creerlo. Él me ayuda mucho a estar en paz conmigo mismo, algo muy necesario para mi desarrollo emocional.

Sin embargo, el que yo sea creyente no es obstáculo para que me haga preguntas, me asalten dudas y me mueva en una búsqueda constante de respuestas. Miro la vida con capacidad crítica, y probablemente por esa capacidad crítica, y por la experiencia que da la edad, he llegado a la conclusión de que el ser humano es una especie fallida en la natural lógica del Universo. Pero es que cada vez me reafirmo más en ese convencimiento. Supongo que nunca encontraré las respuestas a las preguntas que me hago de por qué el mundo es un lugar tan endiabladamente injusto (que lo es). Pero bueno, (y así me consuelo) tampoco nuestras mentes humanas están preparadas para entender ciertas cosas porque como se dice en la Epístola de San Pablo a los Romanos: «¡Qué profunda y llena de riqueza es la sabiduría y la ciencia de Dios! ¡Qué insondables son sus designios y qué incomprensibles sus caminos!».

En fin, sea como fuere y por el momento, solo encuentro una explicación a todos los desmanes que se han cometido a lo largo de la historia de la humanidad. La explicación es que el mal es algo intrínseco a la especie humana y difícilmente esto se puede cambiar.

Como yo pienso lo han hecho algunos intelectuales de distintas épocas de la historia. Aquí unos pocos ejemplos, aunque hay muchos más:

 «El hombre produce maldad como la abeja la miel». (William Golding, novelista y poeta británico, galardonado con el Nobel de literatura en 1983)

«El diablo es optimista si cree que puede hacer más malo al hombre». (Karl Kraus, escritor austriaco)

«La creencia en algún tipo de maldad sobrenatural no es necesaria. Los hombres por sí solos ya son capaces de cualquier maldad». (Joseph Conrad, novelista británico de origen polaco)

«Cuanto más conozco a los hombres, más admiro a los perros». (Madame de Sévigné, escritora francesa)

«El infierno está pavimentado de buenas intenciones». (Samuel Johnson, escritor inglés)

«El hombre es el animal más cruel». (Friedrich Nietzsche, filósofo alemán)

«Todos tenemos un monstruo dentro; la diferencia es de grado, no de especie». (Douglas Preston, periodista y escritor estadounidense)

«Todo el mundo peca, el problema es que amamos nuestros pecados, amamos el mal que hay en nosotros». (Robert Cormier, escritor estadounidense)

«El hombre es la especie más demencial de todas. Adora a un Dios invisible y masacra a una Naturaleza tan visible... sin darse cuenta que esta Naturaleza que masacra es ese Dios invisible al que adora».  (Hubert Reeves, astrofísico canadiense)

En fin, ya veis que no soy el único que es crítico con el ser humano. En cualquier caso, no pretendo convencer a nadie de nada, solo es un punto de vista diferente en la sana diversidad de pensamiento que, como no podía ser de otra manera, puede haber entre las personas, siempre desde el respeto más absoluto, por supuesto.

 

miércoles, 13 de septiembre de 2023

¿Normal, raro?

Cuando vemos personas diferentes a nosotros –en su forma de pensar, de vestir o de vivir–, a menudo pensamos: ¡Qué gente más rara! Pero, ¿quién se atreve a decir qué es raro y qué no lo es? ¿Nos hemos parado a pensar si los raros quizá seamos nosotros?

No prejuzguemos lo poco habitual o lo diferente como algo anormal, porque en muchos ámbitos de la vida, la línea que separa la «normalidad» de lo que no lo es resulta prácticamente invisible.

A veces, lo habitual u ordinario no tiene por qué ser necesariamente lo correcto. Puede suceder que, influenciados por el entorno o por otras causas, estemos equivocados y convirtamos en costumbre –y, por ende en «normal»–, nuestra manera de pensar, obrar y vivir... aunque quizá seamos nosotros quienes estemos equivocados.

lunes, 15 de agosto de 2022

¡Esta es mi Iglesia!

 

Hace algún tiempo, mantuve una conversación con un empresario muy católico, aunque –dicho sea de paso–  conocido por sus cuestionables prácticas con sus trabajadores. Durante la charla, me preguntó si solía ir a misa. Mi respuesta fue que no, que no solía hacerlo; sin embargo, le comenté que no me desagradaba la idea de acudir a la iglesia como lugar de meditación cuando el templo estaba vacío, pues allí encontraba la paz y el sosiego que a veces me faltaban en mi rutina diaria.

«De cualquier manera –me dijo–, es bueno oír misa de vez en cuando; eso no te hará ningún mal. Todo lo contrario, te ayudará a ser cada día mejor.

Y es posible que tuviera razón: escuchar al cura durante la celebración de la misa no me iba a hacer ningún mal. Sin embargo, le respondí procurando ser lo más claro y sincero posible:

«Si hay algo que odie profundamente es la hipocresía. Me fastidia ver a esa gente santurrona, la de ir a misa los domingos y fiestas de guardar, que acaso tienen empresas –veladamente me refería a él– en las que explotan hasta la extenuación a sus empleados, pagándoles sueldos de miseria. O que son, sencillamente, personas despreciables en su quehacer cotidiano por mil causas distintas. Ejemplos hay de sobra donde campa a sus anchas la palabra hipocresía.

Me cuesta horrores entender que haya tanta desigualdad, tanta injusticia, tanto odio y tanta intolerancia entre los seres humanos. Me cuesta entender que odiemos lo diferente y no toleremos lo distinto por el mero hecho de serlo.

Me cuesta entender que nos matemos los unos a los otros por disputas de tráfico, por animar a equipos de fútbol diferentes o por tener sensibilidades políticas opuestas. Me cuesta entender que nos dejemos de hablar o incluso lleguemos a matarnos con nuestros hermanos por el dinero de una herencia… En fin, ¿para qué seguir? Así somos de buenos cristianos.

En nuestra total ceguera moral creemos que, por confesarnos con el cura párroco o acompañar al Cristo o a la Virgen de turno, se nos perdonarán todos nuestros pecados. ¡Hipocresía en estado puro! La misma que ha exhibido la Iglesia prácticamente desde que fue fundada: esa Iglesia que ha matado a tantas personas inocentes en nombre de Dios; la de los abusos sexuales a niños y niñas; la que siempre se posiciona del lado del poderoso cuando debiera hacer justamente lo contrario. La Iglesia cargada de oro, la que tanto odiaba Jesús, es la que está encargada de hacernos llegar su mensaje. ¡Qué gran ironía!

Me niego a pertenecer a esa Iglesia y abomino de ella. Intento ser mejor persona cada día; a veces lo consigo y otras no, pero siempre lo intento. Esa es mi Iglesia: mejorar cada día para poder ser mejor persona a ojos de quienes me rodean; para entender mejor a quienes piensan diferente y tolerar mejor lo distinto, siempre que lo distinto no cause mal a nadie. ¡Esa es mi Iglesia! No necesito que alguien me diga que debo hacer el bien y amar a mis semejantes cuando quien me lo dice no lo pone en práctica, y muchísimos de sus fieles tampoco».

A esas reflexiones mías, mi interlocutor no interpuso ninguna clase de réplica. Prudentemente guardó silencio y se marchó instantes después, arguyendo una perentoria necesidad.

miércoles, 13 de julio de 2022

Reflexiones de un idiota

 

Mi situación y la de mi familia es precaria. No pasamos hambre, pero no podemos permitirnos ciertos «lujos»: irnos de vacaciones, comprarnos un coche nuevo –el nuestro se cae a pedazos–, poner aire acondicionado en casa, o comer en un restaurante, aunque sea de vez en cuando.

Si nos sobreviene algún contratiempo económico, derivado por ejemplo de un problema de salud, tenemos que pedir ayuda a familiares o amigos que nos presten el dinero para poder salir del paso.

A pesar de tener trabajo, mi sueldo –poco más de mil euros– apenas me da para llegar, a duras penas, a fin de mes. Y eso recortando muchos gastos, algunos muy necesarios pero que simplemente no podemos permitirnos.

Sin embargo, y pese a todo ello, cuando llegan las elecciones votamos a quien sabemos que no nos dará de comer; votamos a quien no aliviará nuestra precaria situación; votamos a quien recortará nuestros derechos sociales y laborales, y se opondrá a cualquier subida significativa de los salarios. Votamos, en definitiva, a quien no apostará por una educación ni una sanidad públicas fuertes y de calidad, que nos harían, siquiera, un poco menos pobres.

De todas formas, yo soy muy patriota. Me han dicho que hay partidos que no lo son tanto… bueno, tampoco he profundizado mucho en eso. De todas maneras, yo siempre votaré a quienes lleven la marca España por bandera, aunque perjudiquen mis intereses. Sin embargo, yo, que tengo una cultura más bien limitada, no lo percibo así.

En cualquier caso, desde mi inculta perspectiva, es mucho más importante ensalzar y vitorear la España de mis abuelos, aquella que era «Una, Grande y Libre», que aspirar a una situación económica más o menos buena. Ya cambiará mi suerte. Lo que no cambiará será el sentido de mi voto, mis convicciones y mis ideas son sagradas… aunque nos muramos de hambre.

A fin de cuentas, yo soy un idiota, así que…

P.D.: Según un estudio del  «Ragnar Frisch Centre for Economic Research» (Noruega) publicado en la revista «Proceedings of the National Academy of Sciences», desde 1975 la inteligencia humana no ha dejado de menguar, haciéndolo al menos siete puntos por generación. Investigaciones similares en Dinamarca, Reino Unido, Francia, Países Bajos, Finlandia y Estonia han demostrado una tendencia similar a la baja en los resultados del coeficiente intelectual.


lunes, 30 de mayo de 2022

Peligro ultra

Una de las bondades que ofrece la democracia es poder cambiar el sentido de tu voto en las próximas elecciones cuando la acción de gobierno de un determinado partido político al que votaste no acaba de convencerte.

Eso es lo normal que suceda en una democracia plena, pero existe un peligro para la propia democracia y es votar partidos extremistas, que si alcanzan el poder sin tener que depender de ningún otro partido para gobernar, probablemente resulte bastante difícil recuperar la democracia que se disfrutaba antes de su llegada.

Se servirán de mil argucias para manipular la mente de las personas (y también las elecciones cuando las haya) sirviéndose de la propaganda más radical y efectiva, con el propósito de atraer a la gente al redil de sus postulados al que acudirán a él como las moscas acuden a la mierda. De nuevo ganarían unas hipotéticas elecciones por mayoría absolutísima iniciando con ello un bucle sin fin que les garantizará mantener el control de las instituciones in saecula saeculorum.

Si cualquier partido ultraradical gobierna España algún día, probablemente se sacará de la manga leyes encaminadas a perpetuarse en el poder, y para ello usará los medios de comunicación públicos, como la televisión y la radio, con fines propagandísticos para poder manipular a las masas aborregadas con mensajes convenientemente falseados, limitando a su vez la opinión de otros medios privados de comunicación contrarios a sus políticas y que serían comprados gradualmente por oligarquías cercanas al poder. Las verdaderas beneficiadas de esta auténtica tragedia.

Muy posiblemente se eliminarán de un plumazo muchas de las conquistas sociales, se apostará por una sanidad y educación privadas; el Sistema de Pensiones cambiará… a peor, porque se recortarán fomentando los planes de pensiones privados; se recortarán prestaciones sociales y ser pobre será poco menos que un delito, porque se instalará el mantra de que «eres pobre porque no te has esforzado lo suficiente», (nada más lejos de la realidad, en la mayoría de los casos, la pobreza no es sino un cúmulo de circunstancias adversas y de mala suerte). Probablemente se recortarán salarios y derechos laborales; se fomentará el ultranacionalismo más radical manipulando y jugando con las emociones de las personas; los inmigrantes serán apestados que vendrán a España a quitar trabajo a los españoles; el feminismo será una lacra que no promulga la igualdad entre hombres y mujeres sino que va contra los hombres; los derechos del colectivo LGTBI serán eliminados (Desde 2020, el Gobierno polaco dirigido por el ultraderechista Andrzej Duda, decretó una Ley en la que los municipios del país debían expulsar a las personas LGTBI de ellos; recibiendo la denominación de «zona libre de LGTBI»); a la larga, España se llenará de intolerancia y de odio hacia lo diferente y retrocederemos como sociedad unos cuantos años, tantos como los muchos o pocos que estos partidos se mantengan en el poder del que será muy, pero que muy difícil echarlos.

La democracia pasará a ser una ilusión romántica que quedará como un lejano recuerdo, convirtiéndose nuestro sistema político probablemente en una autocracia.

El ultraderechista Viktor Orbán lo está haciendo en Hungría, Andrzej Duda, otro de ultraderecha, en Polonia y no digamos ya el ultranacionalista Vladímir Putin en Rusia. En fin…, «cuando las barbas de tu vecino veas pelar…».

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