INICIO

BIENVENIDOS A YUMYS GALAXY

sábado, 8 de agosto de 2026

Dos lágrimas de rocío

 

Valeria y Adrián. Dos nietos con los que la vida me ha devuelto la ilusión y la magia. Dos personillas que apenas empiezan a descubrir el mundo y que han conseguido que, rozando ya los setenta años, vuelva a creer en las hadas, en el Ratoncito Pérez, en un universo de peluches, de cochecitos, de canciones infantiles y del cuento de Los tres cerditos. Un mundo de fantasía rescatado de los cimientos del tiempo que yo creía definitivamente olvidado.

Es curioso descubrir que, a mi edad, todavía pueda sentirme un poco niño. Ellos lo han hecho posible. Han conseguido que vuelva a mirar la vida con el asombro de quien aún no sabe que existen las prisas, las preocupaciones o los desengaños.

Han traído aire fresco a mi existencia y han despertado en mí sentimientos que permanecían dormidos desde que mis hijos eran pequeños. Han hecho regresar ese amor profundo, limpio e incondicional que solo los niños son capaces de despertar. Un amor inmenso, imposible de medir, que desafía cualquier intento de describirlo con palabras.

Estoy agradecido a la vida por haberme regalado, casi al final de ella, este mundo mágico que creía perdido para siempre.

Gracias a ellos he vuelto a emocionarme con las cosas más pequeñas. Con una sonrisa capaz de iluminarme el alma. Con unos brazos abiertos que corren hacia mí. Con una palabra mal pronunciada. Con un cuento repetido una y otra vez como si siempre fuera la primera.

Y he descubierto que la verdadera magia nunca desaparece.

Solo espera, pacientemente, a que unos pequeños ojos inocentes vuelvan a enseñarnos dónde estaba escondida.

Valeria y Adrián: dos lágrimas de rocío en el campo de la inocencia.

sábado, 25 de julio de 2026

Personas que dejan huella

 

A lo largo de la vida nos encontramos con todo tipo de personas. A algunas las dejamos pasar y pronto se desvanecen de nuestra memoria, porque nada valioso dejaron en ella; a veces, incluso, todo lo contrario. Otras, en cambio, nos enriquecen de muchas maneras: por su agradable forma de ser, por su educación, por su cultura y, en fin, por su modo de desenvolverse en el difícil arte de vivir. Poco a poco despiertan nuestra admiración y casi sin darnos cuenta, terminan contribuyendo a nuestro crecimiento personal.

He tenido la fortuna de toparme con algunas de esas personas. Muchas pasaron por mi vida y dejaron un vacío con su marcha, pero también un caudal de recuerdos entrañables del que todavía hoy disfruto. Ese, para mí, selecto grupo de personas me ha permitido conocer el lado más amable del ser humano, ese que, con cuentagotas, aún florece en alguna parte.

domingo, 21 de junio de 2026

El guion que sigue sin nosotros

 

Hay momentos en la vida en los que, tras un largo periodo de tiempo, incluso años, vuelves a reunirte con antiguos compañeros de trabajo con motivo, por ejemplo, de un homenaje a alguien que se jubila o se traslada.

Después de los abrazos y los cariñosos saludos iniciales, te das cuenta de que ya no eres uno de los actores principales de aquella historia. Ni siquiera un actor secundario. Si acaso, un simple extra en una película de la que un día formaste parte de manera esencial.

Entonces te invade una sensación extraña, difícil de definir. Por momentos llegas a preguntarte qué haces allí. No porque te falte afecto ni porque nadie te haga sentir incómodo, sino porque percibes que aquel mundo ya no te pertenece y que sus dinámicas han seguido evolucionando sin ti.

Es una sensación agridulce. Comprendes que la vida continúa para todos, pero también que el tiempo tiene una fuerza implacable. Avanza sin detenerse, borrando poco a poco nuestra presencia de lugares donde un día fuimos protagonistas. Y llega un momento en que caminar en dirección contraria a ese viento resulta sencillamente imposible.

martes, 2 de junio de 2026

El niño que corría hacia su madre

 

El otro día vi un documental sobre el nazismo y los campos de exterminio. En él aparecía un oficial alemán separando por la fuerza a una madre judía de su hijo, un niño de apenas dos años.

La madre era arrastrada mientras el pequeño, presa del miedo y sin comprender lo que ocurría, corría tras ella buscando refugio. Quería llegar a sus brazos. Quería que su mamá lo protegiera. Pero el oficial, cansado quizá de aquel obstáculo insignificante para sus planes, sacó la pistola y le disparó.

La escena duró apenas unos segundos. Sin embargo, se ha quedado grabada en mi memoria y no consigo borrarla.

En aquella escena se concentraban la maldad llevada hasta límites poco imaginables y la crueldad de quien había renunciado a cualquier vestigio de compasión. Frente a ellas, la desesperación de una madre incapaz de proteger a su hijo y el instinto más puro y natural de un niño que solo buscaba refugio en la persona que más amaba.

Tengo dos nietos de esa edad. Quizá por eso esa imagen me ha afectado tanto. No consigo apartarla de mi cabeza. Lo intento una y otra vez, pero regresa obstinadamente a mi memoria.

Confieso, y no me avergüenza hacerlo, que lloré viendo aquel documental. Ni siquiera pude terminarlo. Y todavía hoy me emociono al recordar al pequeño corriendo tras su madre en busca de protección.

A menudo se habla de la maldad como si fuera una idea abstracta. Pero no lo es. La maldad tiene rostro. Tiene actos concretos. Tiene víctimas concretas. Y, a veces, adopta formas tan monstruosas que resulta difícil comprender cómo pueden habitar en un ser humano.

Todo esto me llevó a una reflexión. Quizá dolorosa. Quizá necesaria, por lo que veo a mi alrededor. Porque hay atrocidades que el mundo olvida con demasiada facilidad y que no deberían olvidarse jamás:

«Coqueteamos tanto con el odio, el fanatismo, la intolerancia y la injusticia que, más que personas, diríase que somos bestias inmundas. Y perdón a las bestias.»


martes, 19 de mayo de 2026

Úbeda y Baeza: dos ciudades que han marcado mi vida

 

Dos ciudades, por encima de cualquier otra, han marcado mi vida.

La primera es la monumental Ciudad de los Cerros, Úbeda. En ella viví hasta los veinticinco años, cuando contraje matrimonio y me trasladé a otra ciudad no menos monumental, situada a apenas unos kilómetros: la pequeña joya del Renacimiento andaluz, Baeza, el antiguo Nido Real de Gavilanes, apelativo acuñado y popularizado por el romancero castellano y las crónicas medievales.

¿Qué me han dado estas dos ciudades? Úbeda me dio la infancia, la juventud, los amigos y un trabajo maravilloso.

Me regaló también el amor por la Semana Santa, por sus cofradías y por sus bandas de cornetas y tambores, de algunas de las cuales tuve el honor de formar parte durante muchos años.

Me dio, además, el privilegio de convivir con una monumentalidad excepcional: sus iglesias, sus palacios y sus edificios renacentistas. Y, sobre todo, la posibilidad de contemplar con asombrosa cotidianidad la majestuosa belleza de la plaza de Vázquez de Molina, rodeada de edificios monumentales y considerada por muchos medios y guías de viaje como la plaza más bella de España. No en vano alberga la mayor concentración de arquitectura renacentista del país.

Baeza, en los cuarenta y tres años que llevo viviendo en ella, me ha dado madurez, amor, paz y sosiego.

Me dio a una mujer maravillosa —baezana de nacimiento—, con quien los atardeceres son más hermosos y de quien sigo enamorándome cada día.

Me ha dado también dos hijos de los que me siento inmensamente orgulloso, y dos nietos que apenas empiezan a descubrir el mundo y que han llenado mi vida de ilusión y de magia.

Si a todo ello sumamos el privilegio de respirar el aire de una ciudad cuyo embrujo se percibe en cada piedra, en cada callejón y en cada plaza, comprenderemos hasta qué punto Baeza ha sido generosa conmigo.

Y si hay un lugar que resume ese hechizo es, sin duda, el Paseo de las Murallas, también conocido como Paseo de Antonio Machado. Un rincón único que se ha ganado con justicia el sobrenombre de «el paseo marítimo de Jaén». No porque tenga mar, sino porque desde sus miradores se contempla un inmenso océano de olivos que se extiende hasta donde alcanza la vista.

He recorrido ese paseo infinidad de veces y nunca deja de parecerme mágico, casi irreal. Desde allí se divisa el valle alto del Guadalquivir cubierto por una interminable alfombra de olivos, con las imponentes sierras de Cazorla, Segura y Las Villas y la Sierra Mágina dibujándose en el horizonte.

Al atardecer, la luz transforma el paisaje en un espectáculo cautivador. Y en otoño, cuando la bruma se posa sobre el mar de olivos, el paisaje adquiere una atmósfera casi mística.

Por todo ello, considero que he tenido —y sigo teniendo— el inmenso privilegio de haber vivido y de vivir en dos ciudades cuyo embrujo me hace sentir muy cerca del cielo.

martes, 28 de abril de 2026

La anestesia del alma

 

Me causa una profunda desazón ver, en informativos y periódicos, imágenes de niños con una tristeza infinita en el rostro, una tristeza nacida de la carencia de lo más elemental: el sustento.

Lo verdaderamente inquietante no es solo su sufrimiento, sino nuestra reacción ante él. Poco a poco, casi sin advertirlo, lo vamos incorporando al paisaje cotidiano de la información, como si formara parte del decorado inevitable del mundo. Así, lo que debería estremecernos termina por no alterarnos.

Esa insensibilidad que avanza en silencio, esa suerte de anestesia del alma, es quizá la forma más honda de injusticia: la injusticia que no solo se padece, sino que también se consiente.


miércoles, 21 de enero de 2026

El tiempo prestado

 

Si pudiera elegir una etapa en mi viaje por el tiempo, sin duda me quedaría con aquella en la que disfruté intensamente de la infancia de mis hijos… aunque pasó en un suspiro. Hoy, con la llegada de mis nietos, esas emociones han regresado. Solo espero que el azar sea benévolo y me conceda el tiempo suficiente para gozar de su niñez antes de que la parca me reclame.

sábado, 3 de enero de 2026

La paz como refugio

 

En un mundo que ha olvidado el valor del silencio y que prefiere el grito a la palabra, decido construir mi propio refugio.

No puedo detener las guerras lejanas, pero sí puedo evitar que el belicismo habite en mi mesa. No puedo cambiar el rumbo de los tiempos, pero sí puedo elegir la amabilidad como mi lenguaje y la escucha como mi escudo.

Hoy elijo ser una isla de calma en medio del ruido. Porque la paz no es esperar a que el mundo se detenga; la paz es caminar con paso firme y corazón sereno, sabiendo que la bondad es la única fuerza que no necesita armas para vencer.

Cada vez me reconozco menos en el mundo que habitamos. Me inquieta, me asusta, a veces incluso me provoca un miedo hondo el rumbo que estamos tomando como humanidad.

Por eso, ya que no puedo cambiarlo todo, al menos lucharé por insuflar paz y sosiego a mi vida y a la de quienes me rodean. Y quién sabe… quizá ese pequeño gesto sirva para hallar una isla de esperanza en las aguas oscuras de la intolerancia y el belicismo.

domingo, 12 de octubre de 2025

Un mes sin ti

Tu ausencia es insoportable. Un mes sin ti y todavía... ¡cuánto dolor!



 



jueves, 25 de septiembre de 2025

Todavía

 

Me escondo de mis penas, como quien huye de una sombra obstinada. Me aferro a los recuerdos porque son el único refugio que me queda, aunque a veces me hieran más que la propia herida.

Me pregunto, en silencio, si cualquier tiempo pasado fue mejor, o si es mi nostalgia la que inventa un paraíso perdido. Tal vez el ayer no era tan hermoso, pero la distancia lo perfuma con un aire de eternidad. O puede que no le esté dando la importancia que tiene el presente. Y entonces me asaltan estas dudas, eternas, con sus contradicciones que nunca me dejan en paz.

Busco el abrazo del silencio para encontrarme conmigo mismo. En él caben mis dudas y mis sueños, mis derrotas y mis anhelos. Allí me reconcilio con lo que fui y con lo que nunca seré.

La nostalgia me inunda, y entre sus aguas voy trazando mi camino, paso a paso, entre los giros inesperados del destino. Avanzo sin certezas, con la memoria como brújula, sabiendo que, aunque el futuro se desdibuje, todavía puedo caminar… todavía.

martes, 16 de septiembre de 2025

La tarde de Baeza y el puñal de tu ausencia

 

El sol había caído lo suficiente como para alargar las sombras hasta el infinito. En el marco incomparable del Paseo de las Murallas de Baeza, cuando la tarde se escapaba casi con prisa, caminaba la «Julita». Asida a mi brazo derecho, avanzaba con paso torpe, cargando, no solo los dolores del cuerpo, sino también los del alma, con la resignación que le daban sus 87 años y pico.

Sé que estos días invernales te ponían triste, te llenaban de melancolía, de recuerdos, de soledad. Por eso quise que disfrutaras junto a tus hijos de la tibia calidez de aquella tarde de enero y del impresionante paisaje del Valle alto del Guadalquivir. El entorno era hermoso y la temperatura agradable... aunque tú ya no lo disfrutabas como nosotros.

Y te entendía. Entendía que, después de tantos años vividos, los anhelos se fueran apagando. Que tus alforjas estaban demasiado llenas de recuerdos, de ausencias, de seres queridos que partieron antes que tú hacia donde intuías, que habrías de ir también en no demasiado tiempo.

¡Ay Julita! ¡Qué efímera es la vida! ¡Qué rápido se pasó el tiempo! Tus ilusiones fueron menguando con el inexorable paso de los años y, aunque no querías morir, sí que estabas cansada de vivir.

Con paso lento, aunque impaciente por llegar. Cogida de mi brazo, nos adentramos en las calles que rodean el Paseo de las Murallas en busca del coche que la llevaría a la cálida paz de su hogar. Porque en su hogar se sentiría bien, sola con sus soledades descansaría su cuerpo… y su alma.

Querida madre: prometo disfrutar al máximo de tu compañía en los años, que sabíamos escasos, que aún te quedaban.

Porque me has dado mucho sin pedir nunca nada a cambio, por todo el amor que me has brindado te digo:

¡Gracias!

Gracias por sufrir conmigo y alegrarte conmigo, por cada gesto de ternura, por tu alegría contagiosa, por tantas cosas… ¡mil gracias, mi querida y adorada Julita!

  **********  


Seis años, nueve meses y dos días habían pasado desde aquel 10 de enero de 2019, aquella tarde tibia de invierno en que paseaste junto a tus tres hijos por el Paseo de las Murallas de Baeza, hasta que, el 12 de septiembre de 2025, exhalaste tu último suspiro.

Casi siete años en que aún nos regalaste tu presencia, tu gracia y tu buen humor. Poco a poco tu cuerpo se fue desgastando y las ilusiones se fueron perdiendo en el largo túnel del tiempo. Sin prisa pero sin pausa, la felicidad se te escapaba bajo el peso insoportable de los años.

Le agradezco a Dios que te dejara ver la boda de tu nieto y conocer a mis dos nietos, tus bisnietos. Pero el tiempo sopla como un viento demasiado fuerte, y al fin pudo contigo, mi amada Julita, que hace apenas cuatro días, te arrastró hacia el frío y eterno abrazo de la muerte.

Aunque tu partida ha sido un puñal en las entrañas, me queda el consuelo de que nunca más sentirás dolor, ese dolor cruel que tanto te martirizó en los últimos días de tu vida. Hoy, al fin, descansas.

Madre querida, aunque ya no estés, la luz de tu sonrisa sigue aquí, conmigo. Y seguirá para siempre. Tu ausencia duele, pero tu amor me sostiene.

Gracias por indicarme el camino, por ayudarme a vivir, por cada enseñanza, cada abrazo, cada palabra que me hizo más fuerte, por acompañarme siempre, por dejarme la certeza de que nunca me faltará tu luz.

Adiós mi tesoro, mi madre adorada. Hoy el cielo está de enhorabuena, aunque nosotros estemos desgarrados por el dolor de tu marcha. Hoy brilla una nueva estrella en el firmamento: la tuya, Julita, que me guiará hasta el día en que volvamos a encontrarnos.

Descansa en paz, mi ángel, mi queridísima madre. Siempre vivirás en mi corazón.

¡Adiós, mi entrañable Julita!

jueves, 4 de septiembre de 2025

Un suspiro en la infinitud del tiempo

 

Somos apenas un suspiro en la inmensidad del tiempo cósmico, apenas luz que cruza la noche, viento que pasa. Breves, pero ardemos con la intensidad de un universo que llevamos  dentro.

Somos un simple parpadeo, mientras la Tierra respira lenta, indiferente a esta existencia fugaz. Un susurro que se pierde en la bruma, fuego breve, un latido de luz en la sombra.

Todo lo que fuimos –lo que amamos y odiamos, lo que nos hizo felices o nos hirió– cabe en un instante, y solo permanece en la memoria.

Pequeños y diminutos en el océano del tiempo, aun así brillamos como estrellas fugitivas en la oscuridad. Pasamos creando belleza, o pasamos arrasándola.

Somos la tempestad o la calma, la herida y el consuelo, la belleza y la devastación en la noche del universo.

Somos suspiros en la historia. El eco de lo que fuimos lo arrastrará el viento, y solo quedará un instante temblando en el recuerdo, antes de disolverse en la infinitud del tiempo.

lunes, 25 de agosto de 2025

Allí no estaré

 

Cuando dentro de unos años, o quizá dentro de unos meses, o tal vez mañana, me encuentre en un abrazo eterno con la parca… Cuando al cabo me den sepultura entre quizá unos cuantos lloros y suspiros, y depositen mi cuerpo en un hueco vacío y frío… no vayas después a llorarme ni a llevarme flores, porque allí no estaré. Allí solo hallarás silencio y una forma corpórea en descomposición que nada tiene ya de mí. En aquella fría tumba solo encontrarás despojos y podredumbre. Algo que no querrás ver.

Lo que fui se apagó con mi último suspiro. Mis alegrías y mis tristezas se fueron conmigo; pero créeme, allí no las hallarás. En aquella tumba fría nunca las encontrarás.

Donde sí estaré será en la lluvia otoñal, en el viento que acaricie tu rostro, en las olas del mar al atardecer, en la brisa suave de la madrugada. Estaré en el rocío primaveral y en la escarcha invernal, en veredas y caminos, en vuelos de gorriones y en trinos de golondrinas. Estaré en procesiones de Semana Santa, en cenas de Nochebuena y en cabalgatas de Reyes. Estaré, en definitiva, en la memoria que conserves de mí.

Donde seguro no estaré será en aquel lugar donde dejaste mi cuerpo yerto por última vez. No, allí no estaré.

jueves, 14 de agosto de 2025

La golondrina

 

Nació en abril, cuando los campos se llenan de amapolas y el aire huele a vida nueva. Pequeña y frágil, con alas aún por estrenar, mi golondrina vino al mundo trayendo consigo una luz que encendió rincones dormidos de mi corazón.

Hoy ha venido. La estaba esperando en la ventana, con la misma ilusión con que se espera la primera flor de la primavera. Sus ojos brillaban como si supiera que la aguardaba. La tomé en mis brazos, y en ese instante el tiempo se detuvo, como si el mundo entero quisiera regalarme ese momento.

Sé que pronto se irá, y que pasarán algunos días antes de que vuelva a llamarme con sus alitas. Así es su vuelo: breve, pero lleno de vida.

Llegará el otoño y las hojas caerán. La tarde besará el sol del horizonte amarillo y yo iré en busca de mi golondrina. Llamaré suave para, acaso, no interrumpir su sueño mágico de hadas y duendecillos. De ositos blancos y conejitos de algodón. Disfrutaré de su presencia y jugaré con ella cuando se despierte, aunque solo sea un ratito. Porque mi amor por ella no entiende de tiempo, ni de distancias, ni de ausencias. Mi pequeña golondrina forma ya parte de mí, y cada vez que alce el vuelo, sabrá que aquí tendrá siempre un cielo abierto y un corazón donde posarse.

Mi preciosa golondrina, 
vuelves a mí 
con las alas llenas de luz. 
Te abrazo un instante, 
y el tiempo se me escurre. 
Volarás de nuevo, 
dejando en mi ventana 
la sombra dulce de tu vuelo.

sábado, 26 de julio de 2025

Mientras duermen


Ambos deben dormir, y mientras duermen, la noche se vuelve más dulce, el silencio se llena de sentido, y yo, desde este rincón de abuelo pienso en mis nietos.

Duerme Valeria y duerme Adrián, dos luceros diminutos en el cielo de mi alma, dos suspiros de ternura que apenas han comenzado a caminar por el mundo.

Valeria y Adrián, tan pequeños aún, con apenas quince y trece meses de vida, respiran calma entre sus sueños de nube, como si el propio mundo no pudiera herirlos.

Duermen como duermen los ángeles: con los párpados rendidos, los deditos cerrados sobre un peluche, y el alma flotando en algún lugar tibio que solo los niños conocen.

Valeria sueña con luces suaves, con voces que cantan desde el regazo, con mundos blanditos donde el amor es el aire que se respira, con juguetes que aún no sabe nombrar, pero ya la abrazan.

Adrián sueña con pasos inciertos, con juegos que aún no entiende, con la vida que empieza a llamarlo desde algún rincón cálido de la infancia.

Tienen mágicos sueños de algodón, de peluches, de canciones, de estrellas que bajan a la cuna a mecer sus corazones.

Quizá sueñen con su abuelo, o con mi voz que los llama, o con la luna entrando de puntillas por la ventana, y les besa en la mejilla y se resbala en la almohada.

Y mientras mis nietos duermen, la noche se va escapando de puntillas para no despertarlos, el universo se detiene un instante, y yo también sueño: que crezcan sin miedo, que vivan sin prisas, que el mundo no los hiera demasiado.

Y yo, en este momento tan perfecto, quisiera ser eterno… solo para seguir velando sus sueños.

viernes, 25 de julio de 2025

El aniquilado aniquilador

Niños judíos moribundos por inanición en las calles del gueto de Varsovia durante la ocupación Nazi

Todo pueblo tiranizado, humillado, masacrado…, puede hacerlo a su vez a otros pueblos. Es la conclusión lógica de la esencia humana.

Muhammad Zakariya Ayyoub al-Matouq, un niño de un año y medio padece desnutrición aguda 
debido al bloqueo israelí y lucha por sobrevivir en una carpa en la ciudad de Gaza en julio de 2025

lunes, 16 de junio de 2025

67 años

 

Hoy, 16 de junio, cumplo 67 años. No sé si alegrarme o entristecerme. Y es que, a partir de cierta edad, el día de nuestro cumpleaños se convierte en un día triste y alegre a la vez. Triste por tener un año más y alegre por haber llegado a tenerlo, y yo ya estoy en esa cierta edad, así que mis sentimientos son encontrados.

67 años dan para mucho, dan para haber vivido una infancia maravillosa,  y lo digo porque mis recuerdos de aquella lejana época son especialmente agradables, por eso intuyo que aquella etapa debió ser especialmente bonita.

Dan para haber vivido una adolescencia de contradicciones, de buscar el camino correcto, una etapa de rebeldía, de riesgos, de locuras, de amoríos, de ilusiones y desengaños, de fracasos y triunfos.

Dan para haber conocido a la persona más encantadora que en la vida puedas encontrar y con la que camino por la existencia desde hace ya tanto tiempo.

Dan para haber tenido dos hijos, una experiencia maravillosa y que, desde su nacimiento, han hecho que mi vida sea especialmente atractiva e intensamente emocionante.

Dan para haber conocido a personas que vinieron a mi vida para conformar un núcleo de amistad que, en algunos casos, el tiempo y la distancia evanesció, pero que, en otros, aún siguen aportando a mi vida una experiencia enriquecedora. Mi amigo Manuel Ángel es un claro ejemplo de ello.

Dan para haber trabajado en la Sanidad Pública durante muchos años. Una experiencia especialmente positiva, fascinante, apasionante e inolvidable. Por muchas cosas, pero especialmente por las personas que conocí, las amistades que forjé y las anécdotas que viví.

Y dan para haber tenido dos nietos, dos personillas que, desde hace un año, algo más en el caso de mi nieta, alegran la monotonía de mi existencia y que, con su presencia, han hecho que recobre un cúmulo de emociones y sensaciones que ya creía olvidadas y que contribuyen, y de qué manera, a hacerme inmensamente feliz. Porque Valeria y Adrián, han venido a mi vida para  llenar ese vacío existencial que algunas veces se produce a ciertas edades, cuando se empieza a vislumbrar el final del camino.

En fin, 67 años dan para mucho. Dan para conocer personas y lugares, para vivir experiencias positivas y negativas, para sufrir tremendas decepciones pero también sorpresas maravillosas, para reír y para llorar, para emocionarme y asombrarme, para entristecerme y alegrarme… para, en fin, ir escribiendo las páginas, a veces azarosas, otras placenteras, de mi propia historia.

lunes, 10 de marzo de 2025

Un gran talento perdido

 

A menudo vienen a mi mente recuerdos de mi abuelo Marcos, el padre de mi madre. Un hombre cultísimo, cultura adquirida de una forma totalmente autodidacta (a la fuerza ahorcan), en eso me parezco mucho a él. Supongo que mi amor por la lectura, por la astronomía, por la literatura, por la historia… por la cultura, me viene heredado de mi abuelo.

Él, por ejemplo, fue el primero que me enseñó a mirar el cielo nocturno y a saber lo que estaba viendo cuando yo era todavía un infante de corta edad. Me enseñó a conocer los nombres de los planetas, de las estrellas, de las constelaciones, a saber que esa banda brumosa que se extiende a través del cielo era parte de la Vía Láctea, la galaxia en donde se encuentra el Sistema Solar.

Él fue el primero que me habló de un tal Cervantes y de su novela «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha», novela que mi abuelo me leyó, con aquella voz grave y modulada, en muchas ocasiones. Por cierto, la biografía de Cervantes fue el primer libro que leí (me lo regalaron los Reyes Magos) cuando tenía 9 años…, ¡me encantó! supongo que mucho tuvo que ver mi abuelo (con su lectura del Quijote) para que me gustara tanto la biografía de tan insigne escritor.

De mi abuelo Marcos, que murió cuando yo tenía 27 años, conservo muchos recuerdos aunque, por desgracia, vivíamos en pueblos distintos y no me era posible visitarlo con la frecuencia que yo hubiese deseado. De cualquier manera era un hombre admirable que encontró en los libros mucha de la erudición que atesoraba, aumentada, eso sí, por sus experiencias vitales. Todo ello unido hizo de mi abuelo un gran talento, perdido por desgracia entre los surcos y las tierras labrantías de su Torreperogil natal.

Lástima que no tenga ninguna foto de él para poder ilustrar estas reflexiones.

viernes, 14 de febrero de 2025

Mi adorado tesoro


La belleza y la dulzura de tu cara mi querida Isabel… y de tu alma, porque las cualidades que tienes son aún más bellas. Tú eres el tesoro que encontré, en una de esas rocambolescas y venturosas casualidades que, sin esperarlas, a veces nos depara el destino. Fue allá por el 25 de agosto de 1976 y desde entonces me acompañas por los derroteros de la vida.

Porque, sabedlo, mi adorado tesoro me ha ayudado a respirar cuando la opresión de la, a veces soga de la existencia me ahogaba. En el transcurrir por los muchas veces intrincados senderos de esa existencia me ha hecho mejor persona y me ha proporcionado ese viento que empujara las velas de mi barco para cruzar con éxito el océano de la vida.

Siempre a mi lado, en lo bueno… y en lo malo. Porque al referirme a ella sí que puedo decir alto y claro aquello de… «Contigo pan y cebolla».

Que es bella no hay quien lo discuta pero, ¿qué puedo decir de esa otra belleza, de la belleza que no se ve? ¿Qué se puede decir de una persona que será la primera en ofrecer su ayuda y la última en buscar una recompensa? ¿Qué se puede decir de una persona que te ofrecerá el mejor sitio quedándose ella con el peor? ¿Qué se puede decir de una persona sencilla, dulce, amable, simpática, con un atractivo halo de bondad que la hace diferentemente extraordinaria? No estoy ensalzándola gratuitamente, es la verdad, la pura y maravillosa verdad.

Por todo eso la quiero, por todo eso estoy, después de casi 49 años de caminar juntos, enamorado de ella hasta las trancas.

Y todas las tardes y todas las noches y todos los días de mi vida estaré dando gracias a Dios por tenerla a mi lado, porque… sinceramente, la diosa fortuna me miró con gracia aquel lejano 25 de agosto.

¡Te quiero tanto mi adorada Isabel, mi adorado tesoro!


jueves, 2 de enero de 2025

Un día como otro

 

¡Feliz año nuevo! ¡El año nuevo ya está aquí! Y ahora resulta que el primer día del año nuevo es exactamente igual que cualquier otro día de cualquier otro año. El sol sale y el sol se pone, el cielo es azul y el atardecer, como este de la foto que ilustra estas líneas, amarillento. Las personas ríen, lloran, gritan, son desgraciadas y son felices. Como un 13 de marzo, un 4 de agosto o un 7 de noviembre, ¡qué más da!

El 1 de enero, el primer día del año nuevo, es en todo semejante a los demás.

¡Menuda decepción!



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...