Dos ciudades, por encima de cualquier otra, han marcado mi
vida.
La primera es la monumental Ciudad de los Cerros, Úbeda. En ella viví hasta los veinticinco años, cuando contraje matrimonio y me trasladé a otra ciudad no menos monumental, situada a apenas unos kilómetros: la pequeña joya del Renacimiento andaluz, Baeza, el antiguo Nido Real de Gavilanes, apelativo acuñado y popularizado por el romancero castellano y las crónicas medievales.
¿Qué me han dado estas dos ciudades? Úbeda me dio la infancia, la juventud, los amigos y un trabajo maravilloso.
Me regaló también el amor por la Semana Santa, por sus cofradías y por sus bandas de cornetas y tambores, de algunas de las cuales tuve el honor de formar parte durante muchos años.
Me dio, además, el privilegio de convivir con una monumentalidad excepcional: sus iglesias, sus palacios y sus edificios renacentistas. Y, sobre todo, la posibilidad de contemplar con asombrosa cotidianidad la majestuosa belleza de la plaza de Vázquez de Molina, rodeada de edificios monumentales y considerada por muchos medios y guías de viaje como la plaza más bella de España. No en vano alberga la mayor concentración de arquitectura renacentista del país.
Baeza, en los cuarenta y tres años que llevo viviendo en ella, me ha dado madurez, amor, paz y sosiego.
Me dio a una mujer maravillosa —baezana de nacimiento—, con quien los atardeceres son más hermosos y de quien sigo enamorándome cada día.
Me ha dado también dos hijos de los que me siento inmensamente orgulloso, y dos nietos que apenas empiezan a descubrir el mundo y que han llenado mi vida de ilusión y de magia.
Si a todo ello sumamos el privilegio de respirar el aire de una ciudad cuyo embrujo se percibe en cada piedra, en cada callejón y en cada plaza, comprenderemos hasta qué punto Baeza ha sido generosa conmigo.
Y si hay un lugar que resume ese hechizo es, sin duda, el Paseo de las Murallas, también conocido como Paseo de Antonio Machado. Un rincón único que se ha ganado con justicia el sobrenombre de «el paseo marítimo de Jaén». No porque tenga mar, sino porque desde sus miradores se contempla un inmenso océano de olivos que se extiende hasta donde alcanza la vista.
He recorrido ese paseo infinidad de veces y nunca deja de parecerme mágico, casi irreal. Desde allí se divisa el valle alto del Guadalquivir cubierto por una interminable alfombra de olivos, con las imponentes sierras de Cazorla, Segura y Las Villas y la Sierra Mágina dibujándose en el horizonte.
Al atardecer, la luz transforma el paisaje en un espectáculo cautivador. Y en otoño, cuando la bruma se posa sobre el mar de olivos, el paisaje adquiere una atmósfera casi mística.
Por todo ello, considero que he tenido —y sigo teniendo— el inmenso privilegio de haber vivido y de vivir en dos ciudades cuyo embrujo me hace sentir muy cerca del cielo.

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