Valeria y Adrián. Dos nietos con los que la vida
me ha devuelto la ilusión y la magia. Dos personillas que apenas empiezan a
descubrir el mundo y que han conseguido que, rozando ya los setenta años,
vuelva a creer en las hadas, en el Ratoncito Pérez, en un universo de peluches,
de cochecitos, de canciones infantiles y del cuento de Los tres cerditos. Un
mundo de fantasía rescatado de los cimientos del tiempo que yo creía
definitivamente olvidado.
Es curioso descubrir que, a mi edad, todavía pueda sentirme un poco niño. Ellos lo han hecho posible. Han conseguido que vuelva a mirar la vida con el asombro de quien aún no sabe que existen las prisas, las preocupaciones o los desengaños.
Han traído aire fresco a mi existencia y han despertado en mí sentimientos que permanecían dormidos desde que mis hijos eran pequeños. Han hecho regresar ese amor profundo, limpio e incondicional que solo los niños son capaces de despertar. Un amor inmenso, imposible de medir, que desafía cualquier intento de describirlo con palabras.
Estoy agradecido a la vida por haberme regalado, casi al final de ella, este mundo mágico que creía perdido para siempre.
Gracias a ellos he vuelto a emocionarme con las cosas más pequeñas. Con una sonrisa capaz de iluminarme el alma. Con unos brazos abiertos que corren hacia mí. Con una palabra mal pronunciada. Con un cuento repetido una y otra vez como si siempre fuera la primera.
Y he descubierto que la verdadera magia nunca desaparece.
Solo espera, pacientemente, a que unos pequeños ojos inocentes vuelvan a enseñarnos dónde estaba escondida.
Valeria y Adrián: dos lágrimas de rocío en el campo de la inocencia.









