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BIENVENIDOS A YUMYS GALAXY

lunes, 31 de diciembre de 2012

La llamada de madrugada

moto
Fue en el mes de la Navidad de hace algunos años cuando me llevé el mayor susto de mi vida hasta la fecha. Mi hijo —que entonces tenía 17 años— había sufrido un accidente de moto. Él había salido, como todos los sábados, a divertirse con sus amigos. Aquella noche había llovido y las calles estaban más resbaladizas y peligrosas de lo habitual. En la misma puerta de la casa de su amigo, al que acompañaba después de la fiesta, se le resbaló la rueda delantera de la moto y fue a estrellarse contra una esquina. El casco se rompió y quedó inconsciente sobre un reguero de sangre.

Su amigo trató de incorporarlo pero fue inútil, se asustó y llamó a su madre que viendo a mi hijo inconsciente creyó que se había matado. Ella fue la que inmediatamente llamó a la ambulancia y la que, visiblemente nerviosa nos llamó a casa.

Fue de madrugada, sobre las tres, mientras dormíamos plácidamente mi mujer y yo cuando nos despertó el timbre del teléfono. ¡Qué raro!, ¿quién llamará a estas horas? nos preguntamos mientras intuíamos que algo —y no bueno— había pasado. Era lógico, cuando suena el teléfono a las tres de la madrugada las noticias que esperas recibir no pueden ser muy positivas.

—¿Dígame? —contesté yo. Al otro lado del teléfono la voz entrecortada de una mujer, manifiestamente nerviosa, se dio a conocer como la madre del amigo de mi hijo. Con palabras atropelladas nos dijo que David había caído, que la ambulancia se lo llevaba al Centro de Salud.

Con el corazón encogido, mi mujer y yo saltamos de la cama y nos vestimos a toda prisa. No habíamos terminado de hacerlo cuando otra vez sonó el teléfono. De nuevo era la madre del amigo de David: «Que no vayáis al Centro de Salud, que vayáis al hospital que es allí donde lo llevan». Ahora sí la sangre se me heló en las venas. La cosa era más grave de lo que habíamos creído.

Los nueve kilómetros que nos separaban del hospital se hicieron interminables. No sabíamos el estado en que nos encontraríamos a nuestro hijo cuando llegáramos. Mil suposiciones se nos pasaron por la cabeza: ¿Estaba vivo? ¿Se había fracturado algún hueso? ¿Estaba muerto? Esta última idea no queríamos ni pensarla aunque he de confesar que durante unos instantes sobrevoló nuestras mentes. Lo que queríamos era llegar cuanto antes, aunque también temíamos hacerlo. Lo que sí hicimos fue rezar, rezamos al Jesús en el que creemos, todo el camino hacia el hospital. Mi querida Isabel, con el rostro desencajado y las manos entrelazadas no paraba de implorar que nuestro amadísimo hijo estuviera vivo.

Llegamos al fin y descubrimos con alivio que David no estaba inconsciente aunque sí muy aturdido pero… ¿qué descubrirían las pruebas radiológicas y el TAC que se le realizaron?

Tras una noche maratoniana de nervios y de incertidumbres, a mi hijo se le diagnosticó un fuerte golpe en la cabeza y como consecuencia una fisura en el cráneo y un pequeño hematoma intracraneal que no precisó cirugía y que se reabsorbió espontáneamente, fractura de clavícula y múltiples contusiones por todo el cuerpo, sobre todo en la cara con una importante inflamación en el pómulo causada por una pequeña fisura ósea.

Cuando pasó aquella horrible noche y empezaba a languidecer el día siguiente, con las últimas luces crepusculares trasladaron a mi hijo al Hospital Neurotraumatológico de Jaén porque a pesar de haber pasado casi 24 horas desde el accidente David seguía desorientado e inquieto. Ni que decir tiene que tanto a mi mujer como a mí mismo la intranquilidad y el desasosiego nos consumían y es que todavía no sabíamos si nuestro hijo iba a salir con bien de aquel trance. Nuestra inquietud era compartida por toda la familia: mi hijo Javi, sus abuelos, sus tíos, sus primos… incluso sus amigos y por supuesto su novia. Todos sufríamos en mayor o menor medida, aunque nadie lo hacía más que nosotros que éramos sus padres y la vida de nuestro querido hijo estaba en juego.

Después de 48 horas ingresado en el Neurotraumatológico y tras someterlo a diversas pruebas, se le trasladó de nuevo a su hospital de referencia donde se le dio el alta tras tres largos y angustiosos días con sus respectivas angustiosas y largas noches. De esta forma terminó aquel episodio que en este caso tuvo un final feliz pero que bien podría haber acabado en una tragedia que ni siquiera quiero pararme a pensar.

Acontecimientos como este curten en el difícil arte de vivir, pero también te roban años de vida. Porque sustos así, tarde o temprano, acaban pasando factura.

De aquellas terribles horas escribí el siguiente poema que ilustra convenientemente lo vivido por nosotros y las emociones que nos embargaban en aquellos dramáticos momentos: 

VUESTRO DAVID HA CAÍDO

 Era una noche sombría,
no lució la luna clara,
noche de nubarrones
y noche desesperada.

 Amargas noticias llegan,
noticias de madrugada,
noticias que cual puñales
nos sacaron de la cama.

 Vuestro David ha caído,
una voz trémula hablaba,
corred hacia el hospital,
se lo lleva la ambulancia.

 Las manos de mi mujer
temblorosas se agitaban
y sus fervorosos rezos
con los míos se mezclaban.

 Nuestro hijo estaba herido,
su sangre se derramaba
roja sobre nuestros cuerpos,
roja sobre nuestras almas.

 El tiempo pasó despacio
y la noche solitaria
entre llantos y suspiros
dejó paso a la mañana.

 La muerte pasó muy cerca,
quiso Dios que resbalara
sobre el alma de David
que los ángeles guardaban.

 Creí que te perderíamos,
que nunca vería tu cara,
que te arrancaban de mí,
que me enterraban el alma.

 Ahora todo ha pasado,
todo se ha quedado en nada,
pero aún queda aquel susto
que nos hirió las entrañas.

martes, 25 de diciembre de 2012

Un mensaje distorsionado

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En estos días el mundo cristiano celebra la Navidad o lo que es lo mismo, el nacimiento de Jesús de Nazaret. No hay que olvidar que la palabra Navidad proviene de la palabra "Natividad", que viene del latín "Nativitatem", que significa "nacimiento". 

jueves, 20 de diciembre de 2012

Lujuria

Amantes
Dejamos el coche en un recodo del camino y bajamos hacia la playa. Era ya pasada la medianoche. Una hermosísima luna llena iluminaba nuestros pasos mientras descendíamos hacia una pequeña ensenada. Aquel maravilloso sitio estaba desierto. La noche estrellada y el sonido rítmico de las olas eran nuestros únicos testigos. Caminábamos descalzos por la arena, cogidos de la mano, solos, como en noches anteriores, lejos de miradas ajenas.

Saqué una pequeña manta de mi mochila y la extendí sobre la arena. Ella permanecía de pie, observándome en silencio. Al acercarme, un rayo de luna acarició su rostro y pude ver el fascinante brillo de sus ojos color avellana. La besé suavemente en el cuello mientras la desnudaba, y ella, seductora y sensual, se dejaba hacer. Entre besos y caricias nos quitamos la ropa y nos tumbamos sobre la manta. Recorrí su figura con los dedos, acariciando sus excitantes curvas, y me rendí a la voluptuosidad de su cuerpo.

La abracé con pasión sintiendo la calidez de su piel contra la mía. Me perdí en la atmósfera mágica de su desnudez, y juntos nos adentramos en el maravilloso sendero del placer.

Bebí del dulce néctar de sus pechos de terciopelo. Sentí el aroma que fluía de cada uno de los átomos de su esencia y entré en lo más hondo de su ser. Un caudal de deseo nos desbordó. Hicimos el amor con pasión desbocada, gimió de placer cuando llegó al clímax en un orgasmo interminable.

Besé sus labios de rosa, acaricié sus muslos suaves, y entre ellos encontré un volcán de placer, un placer que fluía a raudales empapando nuestros sentidos. Me embriagué con los dulces efluvios de su piel, me dejé arrastrar por una marea de sensaciones, y naufragué en el éxtasis de su lujuria.

Ponedle vosotros el final a esta historia, porque yo me desperté... a las cuatro de la mañana, besuqueando la pata de la cama.







lunes, 17 de diciembre de 2012

El Panadizo

a (4)

Un poco de humor nunca viene mal, sobre todo en estos tiempos que corren por eso, aquí os dejo el siguiente poema de Félix María de Samaniego que es una copia exacta de una versión encontrada en el libro “Poesía Erótica Castellana”, recopilación de 1976 de Jesús García Sánchez y Marcos Ricardo Barnatán. Seguro que os arranca una sonrisa:


viernes, 7 de diciembre de 2012

La flecha del tiempo

La flecha del tiempo 1
La flecha del tiempo siempre apunta en una sola dirección. El tiempo, que todo lo arrastra y nos va moldeando para bien o para mal. ¿Dónde están los niños que fueron nuestros hijos hace tan solo... ¡Dios mío!, hace tan poco? ¿Y dónde quedó lo que fuimos nosotros «ayer» mismo? El tiempo nunca se detiene; al contrario, cuanto más vivimos, más deprisa parece correr. Einstein tenía razón cuando hablaba de la extraña relatividad del tiempo.

¿Dónde está el vigor, la fortaleza, la rebosante salud que me acompañaban cuando la lozanía juvenil inundaba cada molécula, cada átomo de mi ser? Poco a poco aquella energía, aquellas ganas de comerme el mundo, se han ido apagando con el paso de los años. Unos años que se han esfumado tan deprisa que no puedo creer que haya pasado tanto tiempo en tan poco tiempo. Parece un juego de palabras, pero no lo es: es una percepción muy real cuando, como yo, has recorrido ya un importante trecho en el sinuoso camino de la vida.

Una vida que tengo ya más de mediada y que se ha consumido en un suspiro. Si la vida fuera un solo día, yo habría dejado atrás el mediodía y comenzaría a adentrarme en la tarde. El sol todavía ilumina el camino, pero ya no asciende; lentamente comienza su descenso. ¿Cómo es posible que el tiempo haya corrido tanto?

¿Y cómo es posible que mi cuerpo se haya deteriorado de esta manera? Estos dolores perennes —la rodilla, la espalda, el cuello, los brazos, los pies...— parecen haber llegado para quedarse. Aquel maldito accidente de moto, al menos en parte, me sigue pasando factura. Todo ocurrió despacio, casi sin darme cuenta. Sin embargo, la sensación que tengo es la de que sucedió de golpe. Otra vez la relatividad de Einstein.

El paso del tiempo ha caído sobre mí como una losa en forma de dolor físico. Un dolor que me ha arrebatado, por ejemplo, uno de los mayores placeres de mi vida: jugar al tenis. ¡Cuánto lo echo de menos! Sé que jamás volveré a disputar un partido y esa certeza me entristece profundamente. Echo de menos aquellas tardes con mis amigos, la competición, las risas, el esfuerzo compartido, la satisfacción de mantenerme en forma mientras disfrutaba de un deporte que siempre me apasionó. Es triste aceptar que todo eso pertenece ya al pasado.

También mi trabajo empieza a resentirse. Es un trabajo que me gusta y que procuro desempeñar siempre con la mejor disposición, pero cada jornada me cuesta un poco más que la anterior. Me esfuerzo cuanto puedo, aunque hay días en que el dolor se hace casi insoportable. Es verdad que todavía existen jornadas más llevaderas, pero descubro con cierta angustia que cada vez son menos.

Muchos pensaréis que estoy siendo demasiado negativo. Yo, sin embargo, no lo veo así. Creo, sencillamente, que intento ser realista. Y quizá eso sea precisamente lo que más miedo me da.

Si hablo del tiempo y de la velocidad con la que pasa es porque añoro profundamente otros momentos de mi vida. Instantes felices que recuerdo con una claridad asombrosa, como si hubieran ocurrido hace apenas unos días, aunque sé que nunca volverán. Ojalá pudiera doblar esa flecha temporal y regresar unos cuantos años atrás. No solo recuperaría parte de mi vigor físico; también volvería a encontrarme con aquel hombre que creía poder con todo.

En fin, cuando miro alrededor y contemplo el sufrimiento, las guerras, la pobreza y la infelicidad que afligen a tantas personas, casi me avergüenza detenerme en mis propias dolencias. Pero cada ser humano carga con su propia historia y, poco a poco, también mi pequeño mundo se resquebraja.

Y, sin embargo, hay días en los que la melancolía acaba imponiéndose. Miro hacia atrás y no puedo evitar repetir para mis adentros:

¡Qué tiempos aquellos!

Quizá porque, en cierto modo, sí fueron mejores. O, al menos, así los contempla mi memoria.

Y entonces acuden a mi memoria aquellos inmortales versos de Jorge Manrique:

«…cómo, a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor».

La vida es extraña a veces, ¿no os parece?

 
Marco Atilio










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