Su amigo trató de incorporarlo pero fue inútil, se asustó y llamó a su madre que viendo a mi hijo inconsciente creyó que se había matado. Ella fue la que inmediatamente llamó a la ambulancia y la que, visiblemente nerviosa nos llamó a casa.
Fue de madrugada, sobre las tres, mientras dormíamos plácidamente mi mujer y yo cuando nos despertó el timbre del teléfono. ¡Qué raro!, ¿quién llamará a estas horas? nos preguntamos mientras intuíamos que algo —y no bueno— había pasado. Era lógico, cuando suena el teléfono a las tres de la madrugada las noticias que esperas recibir no pueden ser muy positivas.
—¿Dígame? —contesté yo. Al otro lado del teléfono la voz entrecortada de una mujer, manifiestamente nerviosa, se dio a conocer como la madre del amigo de mi hijo. Con palabras atropelladas nos dijo que David había caído, que la ambulancia se lo llevaba al Centro de Salud.
Con el corazón encogido, mi mujer y yo saltamos de la cama y nos vestimos a toda prisa. No habíamos terminado de hacerlo cuando otra vez sonó el teléfono. De nuevo era la madre del amigo de David: «Que no vayáis al Centro de Salud, que vayáis al hospital que es allí donde lo llevan». Ahora sí la sangre se me heló en las venas. La cosa era más grave de lo que habíamos creído.
Los nueve kilómetros que nos separaban del hospital se hicieron interminables. No sabíamos el estado en que nos encontraríamos a nuestro hijo cuando llegáramos. Mil suposiciones se nos pasaron por la cabeza: ¿Estaba vivo? ¿Se había fracturado algún hueso? ¿Estaba muerto? Esta última idea no queríamos ni pensarla aunque he de confesar que durante unos instantes sobrevoló nuestras mentes. Lo que queríamos era llegar cuanto antes, aunque también temíamos hacerlo. Lo que sí hicimos fue rezar, rezamos al Jesús en el que creemos, todo el camino hacia el hospital. Mi querida Isabel, con el rostro desencajado y las manos entrelazadas no paraba de implorar que nuestro amadísimo hijo estuviera vivo.
Llegamos al fin y descubrimos con alivio que David no estaba inconsciente aunque sí muy aturdido pero… ¿qué descubrirían las pruebas radiológicas y el TAC que se le realizaron?
Tras una noche maratoniana de nervios y de incertidumbres, a mi hijo se le diagnosticó un fuerte golpe en la cabeza y como consecuencia una fisura en el cráneo y un pequeño hematoma intracraneal que no precisó cirugía y que se reabsorbió espontáneamente, fractura de clavícula y múltiples contusiones por todo el cuerpo, sobre todo en la cara con una importante inflamación en el pómulo causada por una pequeña fisura ósea.
Cuando pasó aquella horrible noche y empezaba a languidecer el día siguiente, con las últimas luces crepusculares trasladaron a mi hijo al Hospital Neurotraumatológico de Jaén porque a pesar de haber pasado casi 24 horas desde el accidente David seguía desorientado e inquieto. Ni que decir tiene que tanto a mi mujer como a mí mismo la intranquilidad y el desasosiego nos consumían y es que todavía no sabíamos si nuestro hijo iba a salir con bien de aquel trance. Nuestra inquietud era compartida por toda la familia: mi hijo Javi, sus abuelos, sus tíos, sus primos… incluso sus amigos y por supuesto su novia. Todos sufríamos en mayor o menor medida, aunque nadie lo hacía más que nosotros que éramos sus padres y la vida de nuestro querido hijo estaba en juego.
Después de 48 horas ingresado en el Neurotraumatológico y tras someterlo a diversas pruebas, se le trasladó de nuevo a su hospital de referencia donde se le dio el alta tras tres largos y angustiosos días con sus respectivas angustiosas y largas noches. De esta forma terminó aquel episodio que en este caso tuvo un final feliz pero que bien podría haber acabado en una tragedia que ni siquiera quiero pararme a pensar.
Acontecimientos como este curten en el difícil arte de vivir, pero también te roban años de vida. Porque sustos así, tarde o temprano, acaban pasando factura.
De aquellas terribles horas escribí el siguiente poema que ilustra convenientemente lo vivido por nosotros y las emociones que nos embargaban en aquellos dramáticos momentos:
VUESTRO DAVID HA CAÍDO
Era una noche sombría,
no lució la luna clara,
noche de nubarrones
y noche desesperada.
Amargas noticias llegan,
noticias de madrugada,
noticias que cual puñales
nos sacaron de la cama.
Vuestro David ha caído,
una voz trémula hablaba,
corred hacia el hospital,
se lo lleva la ambulancia.
Las manos de mi mujer
temblorosas se agitaban
y sus fervorosos rezos
con los míos se mezclaban.
Nuestro hijo estaba herido,
su sangre se derramaba
roja sobre nuestros cuerpos,
roja sobre nuestras almas.
El tiempo pasó despacio
y la noche solitaria
entre llantos y suspiros
dejó paso a la mañana.
La muerte pasó muy cerca,
quiso Dios que resbalara
sobre el alma de David
que los ángeles guardaban.
Creí que te perderíamos,
que nunca vería tu cara,
que te arrancaban de mí,
que me enterraban el alma.
Ahora todo ha pasado,
todo se ha quedado en nada,
pero aún queda aquel susto
que nos hirió las
entrañas.