Yumys Galaxy nació como un pequeño refugio en medio del ruído del mundo. Aquí guardo pensamientos, emociones y fragmentos de vida que, de otro modo, se perderían en el olvido. No busco popularidad ni aplausos; busco, sencillamente, expresar mi lado más personal e íntimo, porque en cada palabra dejo una parte de mí. Este espacio no pretende convencer, solo compartir lo que soy, lo que pienso y lo que siento. Solo eso.
martes, 28 de febrero de 2012
Cartas de amor
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
lunes, 20 de febrero de 2012
El Paseo de las Murallas
La antigua ciudad se asentaba sobre este cerro, el llamado Alcázar de Baeza, renombrado como inconquistable y dentro del cual se encontraban el castillo-palacio de la autoridad real y la iglesia —luego colegiata— de Santa María del Alcázar.
A finales del siglo XV el Alcázar fue demolido por mandato de la reina Isabel la Católica, para evitar que pudiera ser utilizado como defensa en las pugnas nobiliarias que enfrentaban a los linajes dominantes de la ciudad: los Carvajales y los Benavides.
También desapareció el frente sur de la muralla, adyacente al Alcázar. El paseo que lo reemplaza es hoy un mirador excepcional sobre el valle alto del Guadalquivir.
Se trata de un paseo periurbano que, en el cerro del Alcázar y sobre los restos de la antigua muralla, domina un maravilloso paisaje alfombrado de olivos, surcado por serpenteantes y dispersos caminos blancos. A lo lejos, como telón de fondo, se recortan las sierras de Segura, Cazorla y Mágina, con el monte Aznaitín en su centro; y repartidos por cerros, lomas y hondonadas, aparecen los cortijos y, allá en lontananza, los pueblos de Jimena, Garcíez, Bedmar, Albanchez de Mágina, la cercana Úbeda, El Puente del Obispo, Mancha Real y Jaén, al abrigo de la Sierra de Jabalcuz.
Como Jorge Manrique y Gaspar Becerra, también Antonio Machado —que impartió clases como profesor de francés— dejó en Baeza su impronta, hasta el punto de que el Paseo de las Murallas es conocido como Paseo Machadiano. En un punto de este paraje, un peculiar monumento de cemento —obra del arquitecto Fernando Ramón— alberga un busto del poeta, en bronce, realizado por el prestigioso escultor Pablo Serrano. Fue inaugurado el 10 de abril de 1983 en honor del poeta, que solía pasear por este lugar durante los años que vivió en Baeza, dialogando consigo mismo y con la naturaleza.
He paseado por este paraje en días de lluvia. Bajo mi paraguas he recorrido el paisaje y he disfrutado de sensaciones indescriptibles. En esos días de fina lluvia, el espíritu se transporta, se mezcla con el entorno y forma un todo con la naturaleza. Los pensamientos más hondos acuden a la mente, y uno participa del romanticismo del paisaje calado por la lluvia de principios de primavera o quizá por la de los primeros días del otoño.
He disfrutado también de la hermosura y el indescriptible encanto del valle del Guadalquivir cubierto de nieve: la albura del paisaje se mezcla con las interminables hileras del verde oscuro de los olivos y arranca al espectador alguna expresión de asombro ante semejante maravilla.
Desde este paseo he intentado acercar a Isabel el misterioso y fantástico mundo de las estrellas. Juntos hemos descubierto la magnificencia de las constelaciones: Orión, con Betelgeuse, Bellatrix y Rigel; Tauro y Aldebarán; Auriga, con la luminosa Capella; Géminis, con Cástor y Pólux; o Sirio, la estrella más brillante del cielo nocturno, en el Can Mayor. Mientras mi esposa escuchaba atenta, desgranaba yo las maravillas del firmamento que se alzaba sobre nuestras cabezas. Allá, en la oscuridad del valle, un puñado de luces señalaban a los pueblos de Jimena, Garcíez y Bedmar al sur; Peal de Becerro y Cazorla al este; Mancha Real y Jaén al suroeste; y la cercana Úbeda, a cuatro pasos hacia el nordeste: silenciosos testigos de mis explicaciones.
En este paseo, amparadas por algún rincón oscuro y por la noche como aliada discreta, muchas parejas de enamorados se han amado furtivamente. También fue aquí donde, hace ya muchos años —quizá demasiados—, mi amada Isabel y yo nos juramos amor eterno una apacible noche de finales de primavera. Nuestros buenos deseos de entonces se han cumplido, porque después de tantos años aún nos seguimos queriendo con la misma fuerza que en aquella época. Escribí un poema de aquella circunstancia, titulado «Dos corazones», que dice así:
la luna por la cañada,
mira mi amor ha salido
con sus alforjas de plata.
Las estrellas la contemplan
cuando la luna se alza,
mientras cubre el negro cielo
de un blanco velo de gasa.
La luna se enseñorea
de la noche solitaria
y llena dos corazones
de ilusiones y esperanzas.
Sentados en aquel banco,
dando espalda a la muralla,
juré amarte por siempre
mientras besaba tu cara.
¿Recuerdas mi amor la noche?
¿recuerdas que te abrazaba
y que al hacerlo tenía
henchida de amor el alma?
De lo que podéis estar seguros es de que, al contemplar el fantástico panorama que se extiende ante vuestros ojos, no os quedaréis indiferentes y un torrente de sensaciones inundará vuestro espíritu, os hará partícipes de lo absoluto y os acercará a la esencia misma del ser, porque estaréis en estrecha alianza con la belleza y con la indescriptible majestuosidad de un paisaje que enamora al primer golpe de vista.
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
domingo, 5 de febrero de 2012
Recordando
Es difícil elegir entre tantos hechos y sucesos que han ido conformando mi vida y que forman parte de mi historia, sobre todo porque llegan hasta mí atropelladamente, sin orden ni concierto.
Entre ese peculiar galimatías de recuerdos, una imagen que siempre vuelve es la de la casa de mis abuelos maternos. En ella pasé casi toda mi primera infancia, –desde los dos a los cinco años– y aunque parezca extraño, todavía me quedan recuerdos de aquella época, algunos vagos pero otros bastante lúcidos.
La casa de mis abuelos era bastante grande. Nada más entrar había un portal al que se accedía tras zafarse de un enorme y pesado cortinón gris en el cual me enredé no pocas veces. La estancia la presidía un gran cuadro, cuyo motivo era la famosa pintura de Velázquez Las Lanzas y justo al lado, y a la derecha, había un sillón de madera en donde mi abuela dormitaba en las calurosas tardes del verano.
Gemía el viento del norte
cubriendo el cielo de plata,
el color que tiene el cielo
con las primeras nevadas.
Miraba atento la calle,
ya la tarde declinaba,
aquellas tardes de invierno
misteriosas y enigmáticas.
A través de los cristales
de aquella vieja ventana,
las sombras me parecían
siluetas de fantasmas.
Misteriosas a lo lejos,
de la iglesia las campanas,
con su son triste y monótono
entristecían mi alma.
¡Añoranzas y recuerdos
de mi existencia temprana!
¡Añoranzas y recuerdos
de mi ya lejana infancia...!
La luz
tenue y mortecina
escapada de la lámpara,
el sonido del puchero
cociendo sobre las brasas,
el dormitar de la abuela
en su mecedora blanca.
El libro que sostenía
en sus manos arrugadas,
leyendo el abuelo Marcos
en un rincón de la estancia.
El silencio de la noche,
el crepitar de las llamas,
el ligero bamboleo
de las sombras alargadas,
y el recitar del abuelo
con su voz serena y clara.
El sabor de aquellas tardes,
el aire que respiraba,
del hogar aquella atmósfera
suave, serena y cálida.
¡Añoranzas y recuerdos
de mi existencia temprana!
¡Añoranzas y recuerdos
de mi ya lejana infancia!
*****
Aquellas radionovelas venían precedidas de una canción que se hizo famosa en aquellos años y que prácticamente todo el mundo conocía. Esta no era otra que la canción del Cola-Cao… ¿os acordáis de la letra…?:
del África tropical,
que cultivando cantaba
la canción del Cola Cao.
Y como verán Ustedes,
les voy a relatar
las múltiples cualidades
de este producto sin par.
Es el Cola Cao desayuno y merienda.
Es el Cola Cao desayuno y merienda
ideal.
¡Cola Cao, Cola Cao!
Lo toma el futbolista para hacer goles,
también lo toman los buenos
nadadores.
Si lo toma el ciclista, se hace el
amo de la pista
y si es el boxeador, (bum, bum),
golpea que es un primor.
Es el Cola Cao desayuno y
merienda.
Es el Cola Cao desayuno y merienda
ideal.
¡Cola Cao, Cola Cao!»
El recuerdo de la especial complicidad que tenía con mi hermana pequeña acude a mi mente casi sin buscarlo…
¡Qué felices éramos! ¡Qué infancia tan bonita pasamos juntos! Me acuerdo que jugábamos a las canicas, al «pilla- pilla», al escondite…, en la vieja casona de la calle Minas.
Y recuerdo cuando hacíamos novillos y nos íbamos a pescar cangrejos en los tiempos de Palma de Mallorca. Allí hice mi primera comunión.
Vivíamos en una casa junto al mar, en el barrio del Molinar. Recuerdo que frente a la casa, pasaba una carretera y justo al otro lado, había un enorme terraplén, una especie de «acantilado» donde, a veces, las olas rompían con fuerza…, con mucha fuerza en ocasiones.
También
referimos a veces aquellos domingos de matiné. Con nuestros zapatos de charol
recién estrenados; con nuestros Chupa-Chups; más contentos que unas
castañuelas, en compañía de nuestros padres y de mi hermana mayor, para asistir
a la doble sesión que proyectaban en el cine «El Patronato» o «El Balear».
Realmente lo pasábamos bien aquellos domingos por la tarde en Palma de
Mallorca.
¡Qué bonitos tiempos aquellos... y tan lejanos!
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.






