Tomás es un hombre al que admiro,
respeto y aprecio. Es un buen padre, un buen esposo y un buen
amigo. Forma parte de mi vida por ser el marido de la hermana de mi mujer, pero
es, sobre todo, una de esas personas que dejan huella.
Es un hombre bonachón, apegado al
terruño, a estos campos de olivares que un día cantó Machado. En esta campiña
baezana se ha dejado el alma persiguiendo una ilusión: tener algún día un trozo
de tierra propio que trabajar, disfrutar y sentir como suyo.
Con el paso del tiempo, ese sueño
se ha hecho realidad a base de sacrificio y mucho trabajo. Porque Tomás ama el
campo —su campo—, lo siente y lo vive. Vive por y para sus olivos, por y para
su tierra.
Le gusta comer lo que él mismo
cultiva: tomates, pepinos, cebollas, ajos, melones, sandías, carruécanos,
judías verdes, pimientos… productos que, además, comparte generosamente, sin
esperar nada a cambio.
Cuando compartes sus aficiones,
te contagias de su entusiasmo. Disfruta enseñando sus “grandes” logros: el
pequeño huerto del patio trasero de su casa, al que te invita con orgullo para
que admires la lozanía de sus guindillas o sus tomates. Te muestra, ufano, una
enorme calabaza traída de uno de sus campos —digna de un récord Guinness—,
criada con todo el amor que solo él sabe darle a la tierra.
También te descubre su colección
de canarios y te explica, con detalle y pasión, cómo los cría y los cuida.
Mientras habla de los polluelos que han salido adelante, de los rojos intensos,
de los amarillos que empollan o de los mixtos que revolotean en el voladero, se
le iluminan los ojos. Es el brillo de quien se siente orgulloso de lo que hace
y de lo que ama.
Ese es Tomás: el que, en las
calurosas noches de verano, junto a su esposa, te recibe en su patio andaluz,
al lado de la piscina, para compartir una exquisita pipirrana, un poco de jamón
y unas cervezas. Allí, entre conversaciones sencillas y el frescor de la noche,
todo encaja y cobra sentido, haciendo de esas veladas momentos que merecen la
pena ser vividos.
Es también el Tomás con el que
celebramos la Nochebuena y la Nochevieja en el altillo de su nave, al calor del
hogar, o con el que disfrutamos de un buen arroz de conejo cocinado a las
ascuas. Y qué rico está.
Tomás es un hombre que ama la
vida y sabe vivirla. A la antigua usanza. Disfruta de los placeres sencillos,
de los productos de la tierra… de su tierra.
Tiene un humor fantástico y una
forma de ser marcada por la rectitud, la templanza, el tesón, la honestidad, el
altruismo y la integridad. Es, sin duda, una de las mejores personas que he
conocido.