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martes, 19 de mayo de 2026

Úbeda y Baeza: dos ciudades que han marcado mi vida

 

Dos ciudades, por encima de cualquier otra, han marcado mi vida.

La primera es la monumental Ciudad de los Cerros, Úbeda. En ella viví hasta los veinticinco años, cuando contraje matrimonio y me trasladé a otra ciudad no menos monumental, situada a apenas unos kilómetros: la pequeña joya del Renacimiento andaluz, Baeza, el antiguo Nido Real de Gavilanes, apelativo acuñado y popularizado por el romancero castellano y las crónicas medievales.

¿Qué me han dado estas dos ciudades? Úbeda me dio la infancia, la juventud, los amigos y un trabajo maravilloso.

Me regaló también el amor por la Semana Santa, por sus cofradías y por sus bandas de cornetas y tambores, de algunas de las cuales tuve el honor de formar parte durante muchos años.

Me dio, además, el privilegio de convivir con una monumentalidad excepcional: sus iglesias, sus palacios y sus edificios renacentistas. Y, sobre todo, la posibilidad de contemplar con asombrosa cotidianidad la majestuosa belleza de la plaza de Vázquez de Molina, rodeada de edificios monumentales y considerada por muchos medios y guías de viaje como la plaza más bella de España. No en vano alberga la mayor concentración de arquitectura renacentista del país.

Baeza, en los cuarenta y tres años que llevo viviendo en ella, me ha dado madurez, amor, paz y sosiego.

Me dio a una mujer maravillosa —baezana de nacimiento—, con quien los atardeceres son más hermosos y de quien sigo enamorándome cada día.

Me ha dado también dos hijos de los que me siento inmensamente orgulloso, y dos nietos que apenas empiezan a descubrir el mundo y que han llenado mi vida de ilusión y de magia.

Si a todo ello sumamos el privilegio de respirar el aire de una ciudad cuyo embrujo se percibe en cada piedra, en cada callejón y en cada plaza, comprenderemos hasta qué punto Baeza ha sido generosa conmigo.

Y si hay un lugar que resume ese hechizo es, sin duda, el Paseo de las Murallas, también conocido como Paseo de Antonio Machado. Un rincón único que se ha ganado con justicia el sobrenombre de «el paseo marítimo de Jaén». No porque tenga mar, sino porque desde sus miradores se contempla un inmenso océano de olivos que se extiende hasta donde alcanza la vista.

He recorrido ese paseo infinidad de veces y nunca deja de parecerme mágico, casi irreal. Desde allí se divisa el valle alto del Guadalquivir cubierto por una interminable alfombra de olivos, con las imponentes sierras de Cazorla, Segura y Las Villas y la Sierra Mágina dibujándose en el horizonte.

Al atardecer, la luz transforma el paisaje en un espectáculo cautivador. Y en otoño, cuando la bruma se posa sobre el mar de olivos, el paisaje adquiere una atmósfera casi mística.

Por todo ello, considero que he tenido —y sigo teniendo— el inmenso privilegio de haber vivido y de vivir en dos ciudades cuyo embrujo me hace sentir muy cerca del cielo.

lunes, 4 de mayo de 2026

Jóvenes que añoran tiempos oscuros que nunca vivieron

 

Después de 50 años, en España aún hay sectores que añoran los tiempos oscuros de la dictadura. Persisten rescoldos de un franquismo nocivo que mantienen a parte de la sociedad anclada en una especie de limbo temporal: un espacio en el que el pasado no se asume del todo, pero tampoco se supera, y acaba siendo reinterpretado de forma preocupante. A mi juicio, esta situación dificulta avanzar hacia una democracia plena.

Es una observación alarmante, lo sé, pero muy real. El hecho de que sectores que ni siquiera conocieron la censura o la falta de libertades se sientan atraídos por esa estética o ese discurso es el síntoma de una falla en la transmisión de la memoria histórica.

Hay varios factores que explican por qué esos «rescoldos» están prendiendo en las nuevas generaciones:

En primer lugar, la rebeldía mal entendida. Históricamente, la juventud tiende a posicionarse contra el establishment. Si hoy el discurso dominante es el de los derechos sociales y la democracia, algunos jóvenes ven en la simbología o las ideas del pasado una forma de ir contra la corriente, sin calibrar el peso real de lo que defienden.

También influye la simplificación frente a la incertidumbre. Vivimos en un mundo complejo, precario y acelerado. La dictadura, en su narrativa idealizada, ofrece la falsa promesa de un mundo ordenado y con valores claros. Para quien se siente perdido en el mercado laboral o en la saturación digital, esa nostalgia impostada puede resultar seductora.

Por último, los bulos y la desinformación. Se difunden relatos edulcorados del pasado a través de redes sociales que presentan la dictadura como una época de bonanza y seguridad, ocultando la represión y el atraso social.

En este contexto, conviene no ignorar otro elemento de fondo: en parte de la derecha y la ultraderecha perviven inercias del franquismo que dificultan una ruptura real con ese pasado. Esta ambigüedad contribuye a que determinados relatos encuentren espacio y legitimidad en el debate público.

Si no se educa en el valor del pluralismo y en la gravedad de lo que supuso el totalitarismo, corremos el riesgo de que la democracia sea vista como un mero trámite burocrático, y no como la conquista social que realmente es.

Ese es el verdadero «limbo temporal»: una sociedad que no termina de asumir su pasado y, al hacerlo, permite que se deforme hasta volverse irreconocible. Porque cuando la memoria se debilita, el pasado deja de ser una lección y empieza a convertirse en una tentación.

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