
A veces me detengo a pensar y me pregunto si el
ser humano es realmente consciente de la clase de criatura despreciable que
puede llegar a ser. En mis reflexiones surgen varias preguntas que me producen,
cuando menos, cierto desasosiego:
¿Somos realmente conscientes de lo que somos?
¿Estamos seguros de conocernos en lo más profundo
de nosotros mismos?
¿Sabemos siquiera de lo que seríamos capaces en
determinadas circunstancias?
Creo que no. Muy pocas veces nos detenemos a
reflexionar sobre lo que somos en realidad y sobre lo detestables que podemos
llegar a ser cuando, por encima de cualquier otra consideración, colocamos
nuestro propio beneficio. Seguimos una máxima que, con demasiada frecuencia,
parece haberse convertido en un auténtico dogma: «Primero mis dientes que
mis parientes».
Nos creemos personas adorables. Pensamos que es un
placer convivir con nosotros. Estamos convencidos de que casi siempre nos
asiste la razón. Todo cuanto hacemos nos parece correcto y todo cuanto decimos,
acertado. Y, cuando nuestras acciones resultan cuestionables, siempre
encontramos argumentos para justificarlas. Nos consideramos poseedores de la
verdad... de nuestra verdad.
Nuestras ideas, nuestra forma de vivir y de
entender la existencia constituyen, para nosotros, el paradigma de la
perfección. Con demasiada frecuencia pretendemos que nuestro criterio
prevalezca sobre el de los demás, convencidos de que es el más sensato y el más
acertado.
Las actitudes de quienes nos rodean, sus
creencias, sus convicciones, su manera de vestir, de hablar, de amar, de
sufrir, de pensar o de entender la belleza, cuando difieren de las nuestras,
nos parecen equivocadas y, en muchas ocasiones, incluso reprobables.
Si reflexionamos con sinceridad sobre todo ello,
descubriremos que, en mayor o menor medida, este comportamiento forma parte de
casi todos nosotros. A eso lo llamamos intolerancia. Una intolerancia de la
que, como seres humanos, somos con frecuencia prisioneros. Y pocas criaturas
han demostrado ser capaces de cometer mayores atrocidades que el propio ser
humano.
En definitiva, somos profundamente egoístas y
tendemos a anteponer nuestro bienestar y nuestros intereses a cualquier otra
consideración.
Así de cruda es la realidad que, a mi juicio,
acompaña al ser humano desde su aparición sobre la faz de la Tierra, para
desgracia de la propia Tierra.
Deberíamos ser libres para decidir nuestro propio
destino, para recorrer la vida como mejor nos plazca, sin restricciones
innecesarias. Pero esa libertad solo puede ser legítima cuando respeta la de
los demás; cuando no menoscaba sus derechos ni perjudica sus intereses; cuando
no invade gratuitamente su intimidad y cuando es capaz de aceptar, sin
hostilidad, las diferencias de raza, religión, creencias, modo de vida o forma
de pensar.
Si algún día llegáramos a comportarnos de esa
manera —algo que, a mi juicio, resulta extremadamente difícil, porque el
egoísmo y la maldad parecen formar parte de nuestra condición—, la vida sobre
este maravilloso planeta llamado Tierra sería mucho más placentera y, sobre
todo, mucho más justa.
Si queremos construir un futuro mejor, deberíamos
partir de una base ética tan sencilla como irrenunciable:
«Ningún pueblo, ninguna nación, ninguna persona…
nada positivo se puede construir a costa de los demás».
Porque, si para alcanzar nuestra felicidad
necesitamos destruir la de otras personas, quizá habría sido mejor no haber
nacido; al menos, así libraríamos al mundo de nuestra inmunda presencia.
********************
Es evidente que cuanto se ha expuesto hasta ahora
refleja una visión bastante pesimista del comportamiento humano. Es probable
que muchos discrepen de esta valoración y la consideren excesivamente
catastrofista. Soy consciente de que las generalizaciones rara vez hacen
justicia a la realidad; sin embargo, sigo convencido de que una gran parte de
la humanidad encaja, en mayor o menor medida, en el retrato que acabo de
describir.
En cualquier caso, para fundamentar mejor esta
reflexión, conviene acudir a la historia. Quizá así resulte más fácil
comprender por qué sostengo estas afirmaciones.
Es cierto que, a lo largo de los siglos, ha habido
personas capaces de sacrificarse por los demás e incluso de entregar su vida
por sus semejantes. Sería injusto ignorarlo. Pero, a mi juicio, esos ejemplos
han sido siempre excepcionales frente a una realidad mucho más frecuente.
La historia demuestra hasta qué extremo puede
degradarse el ser humano cuando el poder, el fanatismo, la ambición o el odio
se imponen sobre cualquier principio moral.
Ahí están los grandes imperios, que extendieron
sus dominios mediante la guerra, la violencia y el sometimiento de otros
pueblos, imponiendo con frecuencia sus creencias y su modo de vida a quienes
pensaban de forma diferente.
Ahí está también la Inquisición, bajo cuyo amparo
miles de personas fueron perseguidas, torturadas y ejecutadas en nombre de
Dios.
Ahí está el exterminio y el despojo sufridos por
numerosos pueblos indígenas de América del Norte, privados de sus tierras, de
su libertad y, en muchos casos, de su propia identidad.
Resulta imposible olvidar la esclavitud,
practicada durante siglos por distintas civilizaciones, reduciendo a millones
de seres humanos a la condición de simples mercancías.
Y resulta igualmente imposible pasar por alto el
nazismo, responsable de uno de los mayores genocidios de la historia. La
deshumanización de sus víctimas permitió que millones de personas fueran
asesinadas con una frialdad difícil de comprender.
Tampoco deberíamos olvidar los crímenes cometidos
por tantos regímenes totalitarios y dictaduras que, a lo largo de la historia,
han perseguido, encarcelado, torturado y asesinado a quienes consideraban sus
enemigos.
La política tampoco ha permanecido ajena a estas
miserias humanas. Son numerosos los dirigentes que, amparados por el poder, han
antepuesto sus intereses personales al bienestar de los ciudadanos, recurriendo
a la mentira, la demagogia, la corrupción o el abuso de poder.
No es casual que Louis McHenry Howe, asesor del
presidente Franklin D. Roosevelt, afirmara:
«Nadie puede adoptar la política como profesión y
seguir siendo honrado.»
Sea o no compartida esa afirmación, refleja la
profunda desconfianza que la actividad política ha despertado con frecuencia
entre los propios protagonistas de la historia.
Tampoco faltan empresarios que convierten el
beneficio económico en su única prioridad, olvidando la dignidad de quienes
trabajan para ellos y reduciendo al trabajador a un simple instrumento para
incrementar sus ganancias.
Y, descendiendo al terreno de la vida cotidiana,
encontramos innumerables ejemplos de pequeñas miserias humanas: superiores que
humillan a sus subordinados, personas que maltratan o asesinan a quienes decían
amar, familias destruidas por una herencia, amistades rotas por intereses
económicos o por simples diferencias de opinión.
Entre el amor y el odio existe, a veces, una
distancia sorprendentemente corta. Mientras los demás no interfieran en
nuestros intereses y compartan, aunque solo sea parcialmente, nuestra manera de
pensar, solemos considerarlos buenas personas. Pero basta con que nuestros
intereses se vean amenazados, con que cuestionen nuestras convicciones o con
que nos causen un agravio para que todo cambie.
Somos expertos en olvidar cien favores por culpa
de una sola ofensa. El refranero español ilustra muy bien esto:
«Hazme cien cosas buenas y fállame en una, y no me
has hecho ninguna.»
En definitiva, sigo pensando que el egoísmo está
profundamente arraigado en la naturaleza humana. Existen personas
extraordinarias cuya generosidad desmiente esta visión, y gracias a ellas el
mundo continúa siendo un lugar habitable. Pero, en mi opinión, siguen siendo
una minoría.