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Yumys Galaxy nació como un pequeño refugio en medio del ruído del mundo. Aquí guardo pensamientos, emociones y fragmentos de vida que, de otro modo, se perderían en el olvido. No busco popularidad ni aplausos; busco, sencillamente, expresar mi lado más personal e íntimo, porque en cada palabra dejo una parte de mí. Este espacio no pretende convencer, solo compartir lo que soy, lo que pienso y lo que siento. Solo eso.
miércoles, 17 de diciembre de 2014
Un rincón para soñar
NOTA.- Otros artículos relacionados con el Paseo de Las Murallas podéis encontrarlos haciendo click aquí y aquí.
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
viernes, 28 de noviembre de 2014
¿El Universo surgió de la nada?
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sábado, 15 de noviembre de 2014
Llegó el momento de cambiar
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miércoles, 29 de octubre de 2014
Cuando la muerte se lleva un ser querido
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
miércoles, 8 de octubre de 2014
Políticos torpes, políticos aprovechados
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martes, 23 de septiembre de 2014
Historias, malas historias
Las noticias de cada día en los periódicos, en la televisión, están llenas de historias terribles. De gentes a las que se las despoja de todo lo que tienen, incluso de su hogar cuando son desahuciadas por el egoísmo del poder económico y el mirar para otro lado de nuestros “insignes” gobernantes.
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miércoles, 3 de septiembre de 2014
Falsas promesas
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domingo, 31 de agosto de 2014
Cambio de nombre
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domingo, 24 de agosto de 2014
Entre la luz y la sombra
¿Cómo podemos convertirnos de dulces infantes en tipos tan confusos y ambiguos, capaces de lo mejor y también, por desgracia, de lo peor?
Dejamos atrás la inocencia y la pureza propias de la infancia para adentrarnos en un complicado mundo de intrigas, avaricias, egoísmos, iras y envidias en cuanto ponemos los pies en la edad adulta, e incluso antes.
El mundo en que vivimos lo hemos construido nosotros, los seres humanos, a lo largo de nuestra historia. Y ese mundo es un lugar muy feo e injusto. Porque estamos cargados de egoísmo y de intolerancia. Porque en cuanto dejamos atrás el candor de nuestros primeros pasos y empezamos a discurrir, comenzamos a razonar en la sinrazón.
Nada nos importa el hambre de millones de nuestros congéneres.
Nada nos importa explotar y esclavizar a nuestros semejantes en beneficio propio.
Nada les importa a nuestros gobernantes legislar en perjuicio de los más desfavorecidos.
Nada les importa a nuestros empresarios pagar míseros sueldos a cambio de jornadas maratonianas, con el único y vil fin de enriquecerse a costa del esfuerzo del pobre diablo que vive una vida de penurias y desesperanza.
Somos abanderados de la paz y por contra nos preparamos para la guerra.
Enviamos ayuda humanitaria ante catástrofes ajenas y nosotros somos los causantes del dolor de muchos.
Firmamos la Declaración de los Derechos Humanos y oprimimos, subyugamos y tiranizamos a nuestros semejantes.
Parece que, si algo define nuestra condición, es esa grieta moral que no podemos esquivar: una lucha constante entre la luz y la sombra a la que estamos atados desde que ponemos los pies sobre este maravilloso planeta. Esa dualidad nos hace temibles y abominables, porque somos capaces de hacer el bien pero también de cometer las más insospechadas tropelías. Todos y cada uno de nosotros. Podéis darle mil vueltas al asunto: si reflexionáis profundamente, veréis que no voy muy descaminado, y la vida nos da pruebas palpables de ello casi a diario.
¡Con lo adorables que se nos ve cuando somos bebés y niños de pocos años! ¡Con lo angelicales que resultamos en esa etapa de la vida! ¿Por qué no será más larga esa candorosa inocencia? Luego vamos creciendo y nos aligeramos de esa candidez. Nuestra más tierna infancia es solo un recuerdo, nos volvemos agrios, sin gracia y aburridos. ¡Nada de tiernos! Ya no creemos en el ratoncito Pérez, ni en los Reyes Magos, ni en la magia. Casi sin darnos cuenta, un día descubrimos que nos hemos convertido en unos auténticos capullos. Y aquella maravillosa ingenuidad habrá desaparecido para siempre.
¡Qué lástima!
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domingo, 17 de agosto de 2014
¿Contradictorio, surrealista?… Y yo que sé
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domingo, 10 de agosto de 2014
¿Cómo comentar en el blog?
Bueno, antes que nada debo decir que puede que el diseño actual del blog haya cambiado y que las capturas de pantalla que veréis a continuación difieran de su actual presentación. Creedme que no importa demasiado, básicamente su diseño en poco interfiere con el propósito de esta entrada. Y ahora sí, comencemos:
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miércoles, 30 de julio de 2014
Rescatando un comentario (continuación)
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sábado, 26 de julio de 2014
Rescatando un comentario
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miércoles, 2 de julio de 2014
La injusticia como política económica
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miércoles, 18 de junio de 2014
Gracias, mi amor
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sábado, 31 de mayo de 2014
Los Ultras de Casa Paco
Desde hace algunos años, mi casa se ha
convertido en el sanctasanctórum del madridismo durante los partidos de fútbol
del Real Madrid. Es una especie de diminuto Bernabéu ocupado por siete
seguidores: mis dos hijos, Javi y David, sus amigos Nando, Diego, Manjón, David
«el Largo» y yo mismo. Todos juntos formamos lo que Javi bautizó en su día como
«Los Ultras de Casa Paco» (Paco, por
supuesto, soy yo).
A veces se unen otros: «El Negro», «El Piña», «Saviola», «Ismael»… Pero todos, absolutamente todos, compartimos los mismos sentimientos, el mismo corazón y el alma madridista; vibramos con las victorias del equipo blanco y sufrimos con sus derrotas.
El nombre de Los Ultras de Casa Paco no hay que tomarlo al pie de la letra: ninguno de nosotros es fanático ni perdemos la cabeza. Sabemos reconocer cuando otros equipos juegan mejor que el nuestro. El nombre, de hecho, proviene del grupo de WhatsApp que creó mi hijo para mantenernos en contacto, compartir información del Madrid y coordinar nuestras reuniones para ver juntos los partidos.
Tengo que decir que, durante los encuentros –y más si son importantes–, disfruto como un niño junto a mis jóvenes compañeros. Me contagian su energía: vibro, me apasiono y me emociono con ellos.
Desde que celebramos estas reuniones, las emociones se han desbordado más de una vez. Las exaltaciones de alegría por el triunfo del equipo de nuestros amores han corrido desenfrenadas cual caballo desbocado; las derrotas, en cambio, nos llenaban de amargura y de rabia. En esos días de tribulación nos asaltaba el reproche y la crítica hacia nuestro equipo, intentando buscar culpables y posibles soluciones al pequeño desastre de la derrota.
El 24 de mayo de 2014, «Los Ultras de Casa Paco» pudimos vivir una de esas noches mágicas de fútbol, una noche que quedará esculpida con letras de oro en el alma de todo aquel que, como nosotros, se sienta madridista.
Ese día, en el Estadio da Luz de Lisboa, se jugaba la final de la UEFA Champions League entre nuestro Real Madrid y el Atlético de Madrid. Desde la mañana, todos llevábamos un nudo en el estómago, mezcla de nervios y esperanza. El Madrid podía conseguir su ansiada Décima Copa de Europa, nada menos, y el rival no era sencillo: un Atlético rocoso, muy bien trabajado y difícil de batir.
Como en otras grandes ocasiones, mis hijos y sus amigos comenzaron a enviarse mensajes por WhatsApp sobre las doce del mediodía. Había que organizar el evento. Compran unas cervezas, unas tapas… «la ligaílla», como la llaman mis hijos, para saborearla mientras ven el partido. Yo no intervengo en esos menesteres, solo les ofrezco mi casa para ver el partido. En compensación, disfruto también de la «ligaílla».
A eso de las seis y media empezaron a llegar los amigos. Vinieron tan pronto porque no querían perderse «La Previa del partido» e ir entrando en ambiente. Para entonces, mis hijos ya habían engalanado el salón con bufandas y una gran bandera del Madrid. Nuestro pequeño Bernabéu estaba listo.
Cuando empezó el partido, los nervios de todos
los «Ultras» estaban a flor de piel, yendo en aumento a medida que el tiempo
pasaba. En el minuto 36, un cabezazo de Godín –tras un error garrafal de
Casillas– puso al Atlético por delante. Nos quedamos mudos durante unos
instantes. Aquello no lo esperábamos, y menos que fallara de forma tan
estrepitosa el que considerábamos mejor portero del mundo.
Sabíamos que remontar sería muy difícil: el Atlético era un muro atrás y el Madrid, en la primera parte, no encontraba el camino, salvo por un tiro de Bale que se fue rozando el poste.
Llegó el descanso y aún conservábamos la esperanza de una remontada. Comentábamos posibles cambios y estrategias. En la segunda parte, con la entrada de Isco y Marcelo por Khedira y Coentrão, nuestras esperanzas crecieron, sobre todo porque ambos jugadores le dieron otro aire al equipo, obteniendo con ellos un plus de calidad que fue muy ilusionante para nosotros.
El Madrid atacaba una y otra vez, pero el gol no llegaba. Los minutos pasaban y el corazón nos latía como una locomotora.
Y entonces… llegó el minuto 93. Luka Modrić se dispuso a lanzar un córner, la última oportunidad. En ese instante, el salón de mi casa se quedó en silencio. La pelota voló hacia el área en un centro perfecto. Todos seguimos su parábola sin pestañear. De entre la maraña de jugadores surgió poderosa la figura de Sergio Ramos, que se elevó majestuoso, deteniendo el tiempo por un instante y ejecutando un precioso y soberbio cabezazo en un remate magistral. El balón entró pegado al palo derecho de la meta defendida por Thibaut Courtois, el magnífico portero del Atlético, que nada pudo hacer por detener la pelota. ¡Goooool!
No hay palabras para describir la explosión de júbilo que se desató en mi casa. Abrazos, gritos, saltos, cojines volando por el aire… Yo, lesionado, no podía saltar, pero grité hasta quedarme sin voz. Aquello fue una locura, una de las mayores alegrías que recuerdo haber vivido. En un segundo pasamos de la desesperanza absoluta a la certeza de que la victoria era posible. Esa certeza nos la daba el hundimiento físico y moral del Atlético, unido a la inyección de adrenalina que supone marcar un gol en el último suspiro.
Y así fue. En la prórroga, el Madrid arrolló al Atlético. En el minuto 110, Gareth Bale, tras espectacular jugada de Di María, anotó el gol que daba ventaja al Madrid, desatando de nuevo la alegría y la euforia en el pequeño Bernabéu. Con el Atlético prácticamente hundido, el Madrid remató la faena con otros dos goles: Marcelo en el minuto 117 y Cristiano Ronaldo, de penalti, en el 120. El Real Madrid se proclamó justo vencedor de la Final de la UEFA Champions League 2013-2014.
En aquella noche mágica, inolvidable y maravillosa, nuestro Real Madrid había conquistado «La Décima», y nosotros también conquistamos un recuerdo imborrable que quedó grabado a fuego en nuestros corazones. Porque hay momentos que no se repiten, instantes en que el fútbol –ese juego tan irracional y tan humano– se convierte en algo más que un deporte: en una emoción compartida, en una chispa de felicidad que permanece viva por muchos años que pasen.
P. D.: Tal vez haya quien piense que todo esto es una locura, que semejantes emociones son absurdas, sobre todo aquellos a quienes no les guste el fútbol. No seré yo quien les lleve la contraria, pero… como dijo alguien:
«¿Cómo entender mi locura si no compartes mi pasión?»
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jueves, 15 de mayo de 2014
¿Más de lo mismo?
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domingo, 27 de abril de 2014
Adiós Tito Vilanova
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domingo, 13 de abril de 2014
Legonófanes de Colofón
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sábado, 29 de marzo de 2014
Crisis, injusticias y corrupción
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lunes, 3 de marzo de 2014
Pensamientos bajo la lluvia
Hoy, como tantos días de este largo invierno,
llueve. Me he levantado temprano y, protegido bajo mi paraguas, me he dirigido
al maravilloso Paseo de las Murallas. Me acompaña una lluvia fina envuelta en
una ligera niebla.
Al llegar, echo un vistazo al valle del Guadalquivir. La neblina y la lluvia lo cubren de un gris plomizo, melancólico, casi triste. A lo lejos, los caminos serpentean entre los olivares, convertidos en pequeños regueros de agua. Está lloviendo mucho este invierno y los campos rebosan humedad; hoy, una vez más, llueve sobre mojado.
Mientras avanzo despacio por este rincón privilegiado de Baeza, fijo la mirada en el inmenso mar de olivos empapados por la lluvia, muchos todavía cargados de aceituna. La recolección aún no ha terminado y tantos días de agua no benefician a nadie. No son buenos para los pobres jornaleros, que trabajan un día sí y tres no, viendo cómo su ya precaria economía se resiente todavía más. Tampoco para los propietarios, que contemplan impotentes cómo la aceituna permanece encharcada y acaba pudriéndose en el suelo antes de poder recogerla.
Sumido en estos pensamientos continúo mi paseo por este emblemático lugar de Baeza. A estas horas, el Paseo de las Murallas permanece desierto; únicamente yo, mi paraguas y algún coche que pasa de cuando en cuando nos hemos atrevido a desafiar esta desapacible mañana.
Cada pocos metros me detengo para contemplar el horizonte. El viento golpeándome el rostro, el rumor constante de la lluvia y el profundo silencio que envuelve este lugar componen una extraña armonía que me transmite una sensación de paz y de sosiego difícil de explicar.
Mis ojos recorren lentamente el valle hasta detenerse en Jimena, ese pequeño pueblo que, visto desde Baeza, recuerda la silueta de un águila y que descansa a los pies de Sierra Mágina. Ahora que la niebla comienza a disiparse, se distingue con bastante claridad.
Casi sin advertirlo llego al monumento que la ciudad dedicó a Antonio Machado, inaugurado el 10 de abril de 1983. Se trata de una obra del arquitecto Fernando Ramón que alberga un busto de bronce realizado por Pablo Serrano.
Confieso que nunca me ha parecido un monumento especialmente afortunado. Siempre lo he encontrado demasiado tosco para representar a un poeta de la sensibilidad de Machado. Sin embargo, comprendo perfectamente su emplazamiento: fue precisamente por estos paseos desde donde el poeta contempló tantas veces el inmenso valle del Guadalquivir durante los años que vivió en Baeza.
Permanezco allí unos minutos, abstraído entre el paisaje y mis propios pensamientos. Después emprendo el camino de regreso. La lluvia sigue cayendo con esa insistencia paciente que parece no tener fin. El verde grisáceo de los olivares, empapados por el agua, confiere al valle un aire sereno y melancólico que invita casi sin querer a la reflexión.
Mientras camino, los pensamientos desfilan por mi cabeza unos detrás de otros. Pienso en mi familia, en mis hijos, en el futuro que quizá me depare el destino. Pienso en tantas cosas que resulta imposible ponerles orden. Vienen y van formando un extraño torbellino de recuerdos, deseos e incertidumbres.
Bajo el paraguas vuelvo a fantasear con un viejo sueño que muchas veces me acompaña. Me imagino convertido en un hombre inmensamente rico, alguien con recursos suficientes para aliviar el sufrimiento ajeno, ayudar a quienes pasan necesidades y devolver un poco de esperanza allí donde solo parece quedar desesperación.
Pero la fantasía apenas dura unos instantes. Al final del paseo regresa a mi memoria una frase que escribí hace ya tiempo y que siempre acaba devolviéndome a la realidad:
«A veces perseguimos una sombra, una fantasía, un sueño, una quimera, una ilusión… Despegamos los pies del suelo intentando alcanzar algo tan etéreo, tan intangible, que se evapora con solo tocarlo».
Abandono el Paseo de las Murallas y me adentro de nuevo en el laberinto de calles de esta hermosa ciudad camino de casa. Entretanto, la niebla vuelve a cubrirlo todo, esta vez con mucha más intensidad, como si quisiera borrar lentamente los contornos de las cosas y envolver la ciudad en un silencio aún más profundo.
Posdata. Aunque personalmente disfruto mucho más de los días luminosos de primavera y verano, no puedo sustraerme a la melancólica belleza de las jornadas lluviosas. Como la que hoy he tenido la fortuna de vivir en un lugar tan cautivador como el Paseo de las Murallas de Baeza, del que si queréis más información y de paso compartir conmigo las sensaciones y emociones que este paraje me produce, os invito a leer esta otra entrada pinchando aquí.
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
lunes, 3 de febrero de 2014
¡Qué tiempos aquellos!
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