Hoy, como tantos días de este largo invierno,
llueve. Me he levantado temprano y, protegido bajo mi paraguas, me he dirigido
al maravilloso Paseo de las Murallas. Me acompaña una lluvia fina envuelta en
una ligera niebla.
Al llegar, echo un vistazo al valle del Guadalquivir. La neblina y la lluvia lo cubren de un gris plomizo, melancólico, casi triste. A lo lejos, los caminos serpentean entre los olivares, convertidos en pequeños regueros de agua. Está lloviendo mucho este invierno y los campos rebosan humedad; hoy, una vez más, llueve sobre mojado.
Mientras avanzo despacio por este rincón privilegiado de Baeza, fijo la mirada en el inmenso mar de olivos empapados por la lluvia, muchos todavía cargados de aceituna. La recolección aún no ha terminado y tantos días de agua no benefician a nadie. No son buenos para los pobres jornaleros, que trabajan un día sí y tres no, viendo cómo su ya precaria economía se resiente todavía más. Tampoco para los propietarios, que contemplan impotentes cómo la aceituna permanece encharcada y acaba pudriéndose en el suelo antes de poder recogerla.
Sumido en estos pensamientos continúo mi paseo por este emblemático lugar de Baeza. A estas horas, el Paseo de las Murallas permanece desierto; únicamente yo, mi paraguas y algún coche que pasa de cuando en cuando nos hemos atrevido a desafiar esta desapacible mañana.
Cada pocos metros me detengo para contemplar el horizonte. El viento golpeándome el rostro, el rumor constante de la lluvia y el profundo silencio que envuelve este lugar componen una extraña armonía que me transmite una sensación de paz y de sosiego difícil de explicar.
Mis ojos recorren lentamente el valle hasta detenerse en Jimena, ese pequeño pueblo que, visto desde Baeza, recuerda la silueta de un águila y que descansa a los pies de Sierra Mágina. Ahora que la niebla comienza a disiparse, se distingue con bastante claridad.
Casi sin advertirlo llego al monumento que la ciudad dedicó a Antonio Machado, inaugurado el 10 de abril de 1983. Se trata de una obra del arquitecto Fernando Ramón que alberga un busto de bronce realizado por Pablo Serrano.
Confieso que nunca me ha parecido un monumento especialmente afortunado. Siempre lo he encontrado demasiado tosco para representar a un poeta de la sensibilidad de Machado. Sin embargo, comprendo perfectamente su emplazamiento: fue precisamente por estos paseos desde donde el poeta contempló tantas veces el inmenso valle del Guadalquivir durante los años que vivió en Baeza.
Permanezco allí unos minutos, abstraído entre el paisaje y mis propios pensamientos. Después emprendo el camino de regreso. La lluvia sigue cayendo con esa insistencia paciente que parece no tener fin. El verde grisáceo de los olivares, empapados por el agua, confiere al valle un aire sereno y melancólico que invita casi sin querer a la reflexión.
Mientras camino, los pensamientos desfilan por mi cabeza unos detrás de otros. Pienso en mi familia, en mis hijos, en el futuro que quizá me depare el destino. Pienso en tantas cosas que resulta imposible ponerles orden. Vienen y van formando un extraño torbellino de recuerdos, deseos e incertidumbres.
Bajo el paraguas vuelvo a fantasear con un viejo sueño que muchas veces me acompaña. Me imagino convertido en un hombre inmensamente rico, alguien con recursos suficientes para aliviar el sufrimiento ajeno, ayudar a quienes pasan necesidades y devolver un poco de esperanza allí donde solo parece quedar desesperación.
Pero la fantasía apenas dura unos instantes. Al final del paseo regresa a mi memoria una frase que escribí hace ya tiempo y que siempre acaba devolviéndome a la realidad:
«A veces perseguimos una sombra, una fantasía, un sueño, una quimera, una ilusión… Despegamos los pies del suelo intentando alcanzar algo tan etéreo, tan intangible, que se evapora con solo tocarlo».
Abandono el Paseo de las Murallas y me adentro de nuevo en el laberinto de calles de esta hermosa ciudad camino de casa. Entretanto, la niebla vuelve a cubrirlo todo, esta vez con mucha más intensidad, como si quisiera borrar lentamente los contornos de las cosas y envolver la ciudad en un silencio aún más profundo.
Posdata. Aunque personalmente disfruto mucho más de los días luminosos de primavera y verano, no puedo sustraerme a la melancólica belleza de las jornadas lluviosas. Como la que hoy he tenido la fortuna de vivir en un lugar tan cautivador como el Paseo de las Murallas de Baeza, del que si queréis más información y de paso compartir conmigo las sensaciones y emociones que este paraje me produce, os invito a leer esta otra entrada pinchando aquí.
13 comentarios:
Estos son los momentos para disfrutar de la vida contemplativa. En contacto con la naturaleza y todo impregnado de esa llovizna que dices que caía es toda una relajación para los sentidos. Tu relato invita a pasear por esos magnificos parajes que describes. Me ha encantado el post. Enhorabuena por esa magnífica descriptiva que tienes.
Bonito paseo mañanero por esos parajes de Andalucía. Es verdad lo que dices que esos días grises son melancolicos, me gusta como los describes. saludos.
Asun: Es verdad, esos son los momentos para disfrutar, los que te hacen feliz. Ojalá podamos disfrutar de ellos a menudo. Gracias por tu comentario.
T.J. El paseo de las Murallas de Baeza es un maravilloso lugar que te invito a conocer porque merece la pena. Gracias por comentar.
Dicen q esos son los momentos qu hay que disfrutar. No me cabe la menor duda que esa mañana de lluvia era maravillosa. Eres un romántico Marco y sabes conjugar muy bien ese romanticismo tuyo con lo que te ofrecía esa mañana la naturaleza. Por cierto, esa frase tuya de perseguimos a veces quimeras, sueños e ilusiones me ha encantado. Que gran verdad.
Tengo una frase de mi cosecha que dice: "La dicha en la vida se compone de pequeños momentos, momentos indefinidos que nos ayudan a ser felices, que enriquecen nuestra existencia y nos hacen más llevadera la lucha diaria". Esa mañana fue uno de esos momentos. Gracias por tu comentario E. María, un saludo.
Me encanta tu frase acerca de los sueños, encierra una gran verdad...Magnífica descripción de tu paseo, por un momento he llegado a ver todo lo que describías, hasta el monumento a Machado me ha parecido verlo.
Particularmente, me gustan más los días de lluvia, me suelen inspirar más; aunque aquí en Murcia, llueve más bien poco.
Gracias por tu comentario Isabel. El Paseo de las Murallas de Baeza es un lugar que te abstrae, que te enajena, un lugar idílico, maravilloso y cargado de historia. Y con unas magníficas vistas al Valle del Guadalquivir. Si alguna vez vienes por estas tierras no dejes de visitarlo, verás que no te deja indiferente. Los días de lluvia son nostálgicos, románticos, de una melancólica belleza extraña y enigmática y a mí también me suelen inspirar más pero... ¡es que está lloviendo tanto este invierno! Además, los cálidos y tibios días de comienzos de la primavera también son bonitos y por sí solos ya son capaces de levantarme el ánimo. Saludos.
Que bonito paseo. Parece que era yo el que lo estab adando. Bonita entrada y bonito blog.
Gracias por tu comentario. Bienvenido a este rincón de internet, pásate siempre que quieras. Saludos.
Me encanta pasear en los días de lluvia. De hecho lo hago siempre que puedo por eso tu relato me ha gustado mucho porque me identifico plenamente con lo que cuentas en él.
La verdad es que esos días son de una lánguida belleza que invita a la reflexión y la nostalgia. También a mí me gusta pasear en esos días de fina lluvia. Gracias por tu comentario.
Las personas necesitamos también de esta magia de vez en cuando y esa mañana que describes tiene magia. Bonito blog. Saludos.
Gracias Javi por tu comentario. Celebro que te guste el blog. Un saludo.
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