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lunes, 21 de julio de 2025

Retrato sin retoques

A veces me detengo a pensar y me pregunto si el ser humano es realmente consciente de la clase de criatura despreciable que puede llegar a ser. En mis reflexiones surgen varias preguntas que me producen, cuando menos, cierto desasosiego:

¿Somos realmente conscientes de lo que somos?

¿Estamos seguros de conocernos en lo más profundo de nosotros mismos?

¿Sabemos siquiera de lo que seríamos capaces en determinadas circunstancias?

Creo que no. Muy pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre lo que somos en realidad y sobre lo detestables que podemos llegar a ser cuando, por encima de cualquier otra consideración, colocamos nuestro propio beneficio. Seguimos una máxima que, con demasiada frecuencia, parece haberse convertido en un auténtico dogma: «Primero mis dientes que mis parientes».

Nos creemos personas adorables. Pensamos que es un placer convivir con nosotros. Estamos convencidos de que casi siempre nos asiste la razón. Todo cuanto hacemos nos parece correcto y todo cuanto decimos, acertado. Y, cuando nuestras acciones resultan cuestionables, siempre encontramos argumentos para justificarlas. Nos consideramos poseedores de la verdad... de nuestra verdad.

Nuestras ideas, nuestra forma de vivir y de entender la existencia constituyen, para nosotros, el paradigma de la perfección. Con demasiada frecuencia pretendemos que nuestro criterio prevalezca sobre el de los demás, convencidos de que es el más sensato y el más acertado.

Las actitudes de quienes nos rodean, sus creencias, sus convicciones, su manera de vestir, de hablar, de amar, de sufrir, de pensar o de entender la belleza, cuando difieren de las nuestras, nos parecen equivocadas y, en muchas ocasiones, incluso reprobables.

Si reflexionamos con sinceridad sobre todo ello, descubriremos que, en mayor o menor medida, este comportamiento forma parte de casi todos nosotros. A eso lo llamamos intolerancia. Una intolerancia de la que, como seres humanos, somos con frecuencia prisioneros. Y pocas criaturas han demostrado ser capaces de cometer mayores atrocidades que el propio ser humano.

En definitiva, somos profundamente egoístas y tendemos a anteponer nuestro bienestar y nuestros intereses a cualquier otra consideración.

Así de cruda es la realidad que, a mi juicio, acompaña al ser humano desde su aparición sobre la faz de la Tierra, para desgracia de la propia Tierra.

Deberíamos ser libres para decidir nuestro propio destino, para recorrer la vida como mejor nos plazca, sin restricciones innecesarias. Pero esa libertad solo puede ser legítima cuando respeta la de los demás; cuando no menoscaba sus derechos ni perjudica sus intereses; cuando no invade gratuitamente su intimidad y cuando es capaz de aceptar, sin hostilidad, las diferencias de raza, religión, creencias, modo de vida o forma de pensar.

Si algún día llegáramos a comportarnos de esa manera —algo que, a mi juicio, resulta extremadamente difícil, porque el egoísmo y la maldad parecen formar parte de nuestra condición—, la vida sobre este maravilloso planeta llamado Tierra sería mucho más placentera y, sobre todo, mucho más justa.

Si queremos construir un futuro mejor, deberíamos partir de una base ética tan sencilla como irrenunciable:

«Ningún pueblo, ninguna nación, ninguna persona… nada positivo se puede construir a costa de los demás».

Porque, si para alcanzar nuestra felicidad necesitamos destruir la de otras personas, quizá habría sido mejor no haber nacido; al menos, así libraríamos al mundo de nuestra inmunda presencia.

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Es evidente que cuanto se ha expuesto hasta ahora refleja una visión bastante pesimista del comportamiento humano. Es probable que muchos discrepen de esta valoración y la consideren excesivamente catastrofista. Soy consciente de que las generalizaciones rara vez hacen justicia a la realidad; sin embargo, sigo convencido de que una gran parte de la humanidad encaja, en mayor o menor medida, en el retrato que acabo de describir.

En cualquier caso, para fundamentar mejor esta reflexión, conviene acudir a la historia. Quizá así resulte más fácil comprender por qué sostengo estas afirmaciones.

Es cierto que, a lo largo de los siglos, ha habido personas capaces de sacrificarse por los demás e incluso de entregar su vida por sus semejantes. Sería injusto ignorarlo. Pero, a mi juicio, esos ejemplos han sido siempre excepcionales frente a una realidad mucho más frecuente.

La historia demuestra hasta qué extremo puede degradarse el ser humano cuando el poder, el fanatismo, la ambición o el odio se imponen sobre cualquier principio moral.

Ahí están los grandes imperios, que extendieron sus dominios mediante la guerra, la violencia y el sometimiento de otros pueblos, imponiendo con frecuencia sus creencias y su modo de vida a quienes pensaban de forma diferente.

Ahí está también la Inquisición, bajo cuyo amparo miles de personas fueron perseguidas, torturadas y ejecutadas en nombre de Dios.

Ahí está el exterminio y el despojo sufridos por numerosos pueblos indígenas de América del Norte, privados de sus tierras, de su libertad y, en muchos casos, de su propia identidad.

Resulta imposible olvidar la esclavitud, practicada durante siglos por distintas civilizaciones, reduciendo a millones de seres humanos a la condición de simples mercancías.

Y resulta igualmente imposible pasar por alto el nazismo, responsable de uno de los mayores genocidios de la historia. La deshumanización de sus víctimas permitió que millones de personas fueran asesinadas con una frialdad difícil de comprender.

Tampoco deberíamos olvidar los crímenes cometidos por tantos regímenes totalitarios y dictaduras que, a lo largo de la historia, han perseguido, encarcelado, torturado y asesinado a quienes consideraban sus enemigos.

La política tampoco ha permanecido ajena a estas miserias humanas. Son numerosos los dirigentes que, amparados por el poder, han antepuesto sus intereses personales al bienestar de los ciudadanos, recurriendo a la mentira, la demagogia, la corrupción o el abuso de poder.

No es casual que Louis McHenry Howe, asesor del presidente Franklin D. Roosevelt, afirmara:

«Nadie puede adoptar la política como profesión y seguir siendo honrado.»

Sea o no compartida esa afirmación, refleja la profunda desconfianza que la actividad política ha despertado con frecuencia entre los propios protagonistas de la historia.

Tampoco faltan empresarios que convierten el beneficio económico en su única prioridad, olvidando la dignidad de quienes trabajan para ellos y reduciendo al trabajador a un simple instrumento para incrementar sus ganancias.

Y, descendiendo al terreno de la vida cotidiana, encontramos innumerables ejemplos de pequeñas miserias humanas: superiores que humillan a sus subordinados, personas que maltratan o asesinan a quienes decían amar, familias destruidas por una herencia, amistades rotas por intereses económicos o por simples diferencias de opinión.

Entre el amor y el odio existe, a veces, una distancia sorprendentemente corta. Mientras los demás no interfieran en nuestros intereses y compartan, aunque solo sea parcialmente, nuestra manera de pensar, solemos considerarlos buenas personas. Pero basta con que nuestros intereses se vean amenazados, con que cuestionen nuestras convicciones o con que nos causen un agravio para que todo cambie.

Somos expertos en olvidar cien favores por culpa de una sola ofensa. El refranero español ilustra muy bien esto:

«Hazme cien cosas buenas y fállame en una, y no me has hecho ninguna.»

En definitiva, sigo pensando que el egoísmo está profundamente arraigado en la naturaleza humana. Existen personas extraordinarias cuya generosidad desmiente esta visión, y gracias a ellas el mundo continúa siendo un lugar habitable. Pero, en mi opinión, siguen siendo una minoría.


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