Me siento
triste y me pregunto por qué. Es una tristeza indefinida que asoma tímidamente,
como la niebla de la primavera temprana. No tiene la violencia del invierno que
rompe las ramas, sino la persistencia de un velo que desdibuja cuanto encuentra
a su paso.
Es un dolor que no hiere, pero pesa en los ojos como el rocío sobre las hojas que apenas despiertan. Una penumbra blanca que no busca destruir el paisaje, sino diluir sus contornos, como si la luz necesitara también del silencio antes de volver a brotar.
Esta melancolía no pesa; flota. Es un manto translúcido entre lo que fui y lo que soy. Y al final comprendo que no siempre necesitamos verlo todo con claridad; que a veces el alma, como la tierra en abril, necesita recogerse, dejar de ser por un instante lo que ha sido, para renacer con más fuerza.
