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martes, 12 de marzo de 2019

Pasado dulce... y cruel

Esto que sigue a continuación no pretendo que lo entendáis, son simples reflexiones que de un tiempo a esta parte me hago con cierta frecuencia. Reflexiones en voz alta que comparto con todo aquel o aquella que pueda pasarse por este blog. Y mira, a lo mejor alguno/a se identifica con ellas. ¿Quién sabe?

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“El tiempo y la distancia son poderosos aliados del olvido, y aunque a las personas nos queden los recuerdos, estos se van difuminando con el paso de los años”. Esta frase que acuñé en 2005, es una verdad prácticamente axiomática.

Durante veintitantos años trabajé acometiendo una labor que me encantaba hacer. Para mí no era un trabajo, era una satisfacción y un honor contribuir con mi pequeño grano de arena a la noble tarea de ayudar a los demás.

Día por día durante todos esos años, me rodeé, en su gran mayoría,  de gente maravillosa. Compañeros y compañeras que, desde su distinta responsabilidad profesional, cooperaban conmigo… y yo con ellos, para poder brindar una calidad asistencial lo más eficaz y humana posible.

A lo largo de todos esos años fui creando un vínculo precioso con muchísimos de ellos, de compañerismo y en muchos casos de amistad.

Solo la mala suerte me separó de esa dulce rutina diaria de la que disfrutaba. Mala suerte en forma de operación quirúrgica que me apartó definitivamente de aquellos/as que habían compartido mi vida durante tantísimo tiempo, llegando a convertirse en mi otra familia, mi familia profesional y por la que siento tanto cariño.

Pero ese cuento maravilloso se quebró por culpa de una maldita lesión que me impidió seguir con aquella dulce rutina, y que me separó para siempre de unas magníficas personas de cuya presencia disfrutaba a diario.

Ha pasado mucho tiempo, demasiado tiempo. La frase del principio empieza a cobrar todo su sentido. El tiempo es un viento demasiado fuerte que hace muy difícil caminar en su contra. Ese viento lo va arrollando todo. Las relaciones interpersonales que mantenía en otra época, frescas, diarias, las diluye como a un azucarillo disuelve el agua.

Ya no soy partícipe de esa cotidianidad de tantos años y lo que sucede en aquel espacio, que fue mi segunda casa durante tanto tiempo, hace mucho que me resulta totalmente ajeno. Incluso hay demasiadas caras nuevas, gente que no conozco y que no he conocido y con la que no me une ninguna clase de vínculo. Esa renovación, lógicamente necesaria, hace que todavía me resulte más lejano… o diría mejor, más extraño, aquel espacio por donde transitara durante una buena parte de mi vida. Ya nada es igual.

Echo la vista atrás y todavía siento una añoranza que incluso llega a ser despiadada. Porque me acuerdo de muchas personas que me hicieron feliz con tan solo su presencia. Que las veía casi a diario y que ahora están tan lejos. Ya solo existen en mis recuerdos porque no las veo (salvo raras excepciones) prácticamente nunca. Solo en algún evento social aislado coincido con varias de ellas, solo unas pocas horas, luego… se alejan de nuevo durante, otra vez mucho, mucho tiempo.

Tengo la sensación de que no he pasado página, de que sigo anclado a un pasado que, aunque dulce, su recuerdo me sigue torturando por lo que pudo ser y no fue. No acabo de acostumbrarme a este forzado y definitivo alejamiento. Y es que, realmente hay cosas que me siguen atando a ese pasado. Cosas probablemente un tanto subjetivas, pero que necesito vencer y liberarme al fin de las ataduras de un tiempo que jamás volverá y que en nada me benefician emocionalmente.

Hay una frase anónima que me parece muy sabia y que refleja muy bien mi problema, la frase dice: “Es gran error arruinar el presente, recordando un pasado que ya no tiene futuro”.

Los recuerdos hay que disfrutarlos cuando son bonitos, los míos lo fueron durante esa época, y disfruto de ellos con frecuencia; pero no puedo, ni debo, anclarme a un pasado que definitivamente quedó atrás.

En cualquier caso, espero conseguirlo más pronto que tarde. Supongo que lo haré en cuanto consiga poner fin a una serie de cuestiones que hoy por hoy obstaculizan esa tarea. Sé que no será fácil, aunque alguna vez tendré que acometer esa difícil misión. Cuando lo haga podré desligarme definitivamente de ese dulce pasado pero que, en definitiva, no deja de ser pasado.

Y termino con otra de mis frases, creo que acertada también (y perdón por la inmodestia). Aquella que dice: “Las personas pasan, las cosas pasan, todo queda atrás, se apagan los recuerdos, solo queda el olvido. Es el precio que se cobra… ¡El implacable paso del tiempo!”.

Marco Atilio


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mira Marco, no puedo estar más de acuerdo contigo. El pasado pasado es, aunque fuera dulce como dices, pero agarrarte a él además de ser un error es también estéril, porque, aunque queramos, jamás, jamás, volverá. Un saludo.

Marco Atilio dijo...

Toda la razón. Cuanto antes nos acostumbremos a nuestra situación presente mejor para nuestra salud emocional.

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