En la soledad nocturna de mi escritorio, cuando
el silencio de la noche se apodera de la estancia y de todas las estancias de
mi casa, solo con mis soledades y con mis pensamientos, a los que dejo que
rebusquen en el pasado feliz de mis días como trabajador de la sanidad pública
y repasen lo que fue mi labor en aquellos años, para mí emocionantes,
estresantes a veces y en todo caso muy gratificantes.
Pensamientos que me dicen: puedes tener la conciencia tranquila pues realizaste un trabajo sobresaliente, cumpliendo con todos los objetivos que personalmente te marcabas a diario con el propósito de buscar la máxima eficacia en tu desarrollo personal y profesional.
¿Y cuáles eran esos objetivos que me marcaba y que modestamente pienso deberían ser el leitmotiv de cualquier servidor público? Pues básicamente los siguientes:
El primero una sonrisa siempre (a veces cuesta, pero se intenta) y respeto, buen carácter, profesionalidad y luego…
Ayudar a pacientes y usuarios a que, en la medida de lo posible, se sintieran cómodos en su paso por el hospital; el de que los enfermos que pasaban por quirófano (Servicio en el que trabajaba) encontraran en mí amabilidad, simpatía y tuvieran todo el apoyo emocional que necesitaban en esos difíciles momentos y que yo, humildemente, les pudiera proporcionar.
Ayudar amablemente, y enfatizo lo de amablemente, a los usuarios que tenían cualquier duda sobre el funcionamiento y/o ubicación de las diversas dependencias hospitalarias, o de cualquier otra información que necesitaran, si estaba en mi mano proporcionársela.
Intentar por todos los medios que mis compañero/as (celadore/as, auxiliares de enfermería, enfermero/as, médico/as, limpiadoras…) encontraran en mí a un buen profesional, a alguien dispuesto a colaborar con ello/as para que nuestra labor conjunta fuera eficaz en aras de conseguir la mejor calidad asistencial posible.
Y sí, creo modestamente que fui un buen profesional y que, en mis muchos años de servicio, logré todos esos objetivos, al menos mi conciencia así me lo dicta, y de lo que estoy especialmente orgulloso.
Y es que… ¡Adoraba mi trabajo, disfrutaba con lo que hacía!, y eso ciertamente ayuda bastante. Además, fui feliz en mi creciente búsqueda de la perfección, tanto personal como profesional. En definitiva, una muy agradable experiencia vital. Lástima que esa maravillosa cotidianidad mía se truncara de forma un tanto prematura por causas ajenas a mi voluntad. En fin…
La noche avanza inexorable y pica ya el sueño. Me voy al catre.