BIENVENIDOS A YUMYS GALAXY, EL RINCÓN DE MARCO ATILIO.

domingo, 5 de febrero de 2012

Evocaciones II

Reloj de arena roto

Como le ocurre a todo el mundo, mi paso por la vida está cubierto de recuerdos, hay ocasiones, momentos, en que tales recuerdos vienen hasta mí, son momentos muy concretos, instantes en que por una u otra causa soy presa de la melancolía y la nostalgia, sobre todo cuando veo que los años que tengo han pasado tan rápido que casi no me he dado cuenta, que pienso en veinte años atrás y parece que las cosas que pasaron hayan sucedido ayer mismo. Es entonces cuando busco en lo más profundo de mi memoria para buscar aquellos aconteceres del pasado que me hicieron feliz y, regodeándome en mis recuerdos, de alguna manera vuelvo a tener esa fortaleza de la juventud que se me escapó a pasos agigantados. Ya lo dijo “Marco Valerio Marcial”: “Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces”. También rememoro algunos episodios no tan buenos aunque estos últimos hicieron que me curtiera en el difícil arte de la vida y me permitieron seguir creciendo como persona.
 
Por el momento compartiré con todos vosotros aquellos de los que guardo un cariño especial: 
 
Es difícil elegir entre tantos recuerdos, hechos y sucesos que han ido conformando mi vida y que forman parte de mi historia, sobre todo porque llegan hasta mí atropelladamente, sin orden ni concierto, en un peculiar galimatías… 
 
“En la casa de mis abuelos maternos pasé casi toda mi primera infancia, desde los dos a los cinco años y aunque parezca extraño, todavía me quedan recuerdos de aquella época, algunos vagos pero otros bastante lúcidos. 
 
La casa de mis abuelos era bastante grande, nada más entrar había un portal al que se accedía tras zafarse de un enorme y pesado “cortinón” gris en el cual me enredé no pocas veces. La estancia la presidía un gran cuadro, cuyo motivo era la famosa pintura de Velázquez “Las Lanzas” y justo al lado y a la derecha había un sillón de madera en donde mi abuela dormitaba en las calurosas tardes del verano. 
 
Sillón

Me acuerdo que la casa tenía un enorme “corralón” con una parra al principio que daba unas grandes y sabrosas uvas de “corazón de cabrito” y en lo más profundo de aquel “patio” había una higuera que además de dar sombra al “pilón” en donde se lavaba la ropa, nos obsequiaba con una abundante cosecha de deliciosas brevas.
 
Parra    Higuera brevera

Recuerdo a mi abuelo (un hombre cultísimo) leer en voz alta “Los tres Mosqueteros de Alejandro Dumas”, “Los Miserables de Víctor Hugo” o “Guerra y Paz de León Tolstói” mientras mis tías, mi madre y alguna vecina escuchaban ensimismadas la suave entonación que mi abuelo daba a la lectura. Mi abuela, sentada en su mecedora blanca, al amor del hogar, daba alguna que otra cabezada.
 
Mecedora blanca

La imagen de mi abuelo tirando de su burro “Barquero” subir calle arriba mientras el rojo sol del ocaso se hundía en el horizonte jamás se me olvidará. Yo corría con todas mis fuerzas a su lado para hacer más largo el trayecto que quedaba hasta llegar a casa y así disfrutar durante más tiempo a lomos de “Barquero”. De aquella época es el poema que escribí hace ya algún tiempo y que titulé “Añoranzas y Recuerdos”: 
 
 

Gemía el viento del norte

cubriendo el cielo de plata,

el color que tiene el cielo

con las primeras nevadas.

Miraba atento la calle,

ya la tarde declinaba,

aquellas tardes de invierno

misteriosas y enigmáticas.

A través de los cristales

de aquella vieja ventana,

las sombras me parecían

siluetas de fantasmas.

Misteriosas a lo lejos,

de la iglesia las campanas,

con su son triste y monótono

entristecían mi alma...

¡Añoranzas y recuerdos

de mi existencia temprana!

¡Añoranzas y recuerdos

de mi ya lejana infancia...!

 

La luz tenue y mortecina

escapada de la lámpara…,

el sonido del puchero

cociendo sobre las brasas…,

el dormitar de la abuela

en su mecedora blanca…,

el libro que sostenía

en sus manos arrugadas,

leyendo el abuelo Marcos

en un rincón de la estancia…

El silencio de la noche…,

el crepitar de las llamas…,

el ligero bamboleo

de las sombras alargadas…

y el olor que despedía

una maceta de albahaca…

El sabor de aquellas tardes,

el aire que respiraba,

del hogar aquella atmósfera

suave, serena y cálida...

 

¡Añoranzas y recuerdos

de mi existencia temprana!

¡Añoranzas y recuerdos

de mi ya, lejana infancia!

 

*****
 
Aparato de radio telefunken

Mientras yo, un infante de apenas siete años, me afanaba en hacerles un agujero a los huesos de los albaricoques para hacerme pitos, mi madre y mi hermana junto a “Paquita La Tomata” y otras cuantas vecinas, cosían confección por unas cuantas perras mientras oían en un enorme aparato de radio de la marca Telefunken, las radionovelas de “Guillermo Sautier Casaseca” en las calurosas siestas de los meses de verano. 
 
Aquellas radionovelas venían precedidas de una canción que se hizo famosa en aquellos años y que prácticamente todo el mundo conocía. Esta no era otra que la canción del Cola-Cao… ¿se acuerdan de la letra…? 
 
Colacao 1968

 

 

“Yo soy aquel negrito

del África tropical,

que cultivando cantaba

la canción del Cola Cao.

 

Y como verán Ustedes,

les voy a relatar

las múltiples cualidades

de este producto sin par.

 

Es el Cola Cao desayuno y merienda.

Es el Cola Cao desayuno y merienda ideal.

¡Cola Cao, Cola Cao!

 

Lo toma el futbolista para hacer goles,

también lo toman los buenos nadadores.

Si lo toma el ciclista, se hace el amo de la pista

y si es el boxeador, (bum, bum),

golpea que es un primor.

 

Es el Cola Cao desayuno y merienda.

Es el Cola Cao desayuno y merienda ideal.

¡Cola Cao, Cola Cao!”

 

¡Qué tiempos aquellos!
 
El recuerdo de la especial complicidad que tenía con mi hermana pequeña acude a mi mente casi sin buscarlo… 
 
¡Qué felices éramos! ¡Qué infancia tan bonita pasamos juntos! Me acuerdo que jugábamos a las canicas, al pilla- pilla, al escondite…, en la vieja casona de la calle Minas. 
 
Y recuerdo cuando hacíamos novillos y nos íbamos a pescar cangrejos en los tiempos de Palma de Mallorca. Allí hice mi primera comunión. 
 
Vivíamos en una casa junto al mar, en el barrio del Molinar, me acuerdo que frente a la casa pasaba una carretera y justo al otro lado había un enorme terraplén, una especie de “acantilado” donde, a veces, las olas rompían con fuerza…, con mucha fuerza en ocasiones. 
 
Rompiendo contra las rocas

Como un día de finales del otoño, un día gris y lluvioso. El viento sacudía los árboles con una fuerza impresionante, desde la pequeña terraza-balcón abierta a la calle por unas escaleras que había en la entrada de la casa, mi hermana, mi padre y yo contemplábamos un mar cubierto de espuma, las impresionantes olas saltaban el “acantilado” y llegaban hasta la carretera. Mi hermana, muerta de miedo, se abrazaba a mi padre. 
 
Mar revuelto  Trasatlántico  

Entre tanto, a lo lejos, un gran trasatlántico salía de “Puerto Pi”. Mi padre llamó nuestra atención sobre aquel enorme barco y cómo las olas lo hacían oscilar arriba y abajo. Cuando estaba llegando al faro, el barco cabeceó y desapareció de nuestra vista, a los pocos segundos emergió de nuevo y dando media vuelta puso rumbo nuevamente al puerto. Supongo que el temporal era demasiado fuerte como para arriesgarse a navegar en semejantes condiciones. Aquello quedó grabado en mi retina y todavía lo recuerdo como si fuera ayer mismo. 
 
 Tempestad Guardacostas

Lo que más me impresionó no fue el incidente que sufrió aquel gran trasatlántico, si no que algunos Guardacostas se adentraran en alta mar (a pesar de las condiciones meteorológicas tan adversas) y se perdieran por el horizonte como si nada… ¡Increíble! Todavía hoy comento en alguna ocasión con mi hermana el episodio del trasatlántico y los Guardacostas. Y es que hay cosas en la vida difíciles de olvidar por muchos años que pasen. 
 
También referimos a veces aquellos domingos de matiné, con nuestros zapatos de charol recién estrenados, con nuestros Chupa-Chups, más contentos que unas castañuelas, en compañía de nuestros padres y de mi hermana mayor, para asistir a la doble sesión que proyectaban en el cine “El Patronato” o “El Balear”. Realmente lo pasábamos bien aquellos domingos por la tarde en Palma de Mallorca. 
 
¡Qué bonitos tiempos aquellos! Ciertamente existía una especial complicidad entre mi hermana y yo, complicidad que aún hoy todavía persiste… ¡Por muchos años! 
 
Marco Atilio































5 comentarios:

Xiketeta dijo...

Aun hoy mi madre ( tu hermana pequeña) me cuenta historias de su infancia y de cuando iva a hacer novillos contigo y que le llevabas acueestas para que no se quemara los pies con la arena, o cuadno en la tombola ganastes un premio y le sacastes y muñeco con colita. esa cancion del cola cao me la a cantado mi madre muchas veces acompañada de otras navideñas. Aun recuerdo cuando me contaba que jugabas con ella a los indios y los bauqeros y tu siempre tenias que ser los baqueros que eran mas fuertes. Leyendo lo de los zapatos nuevos recuerdo que mi madre me conto que una vez queria acostarse con sus zapatos nuevos puestos. y asi una y oras historias que ella tambien recuerda unida a ti con mucho cariño.

Ann Celeste dijo...

Me gusta rodearme de recuerdos, de igual modo que no vendo mis trajes viejos. A veces subo a verlos al desván donde los guardo y recuerdo los tiempos en que aún estaban nuevos y en todas las cosas que hice cuando los llevaba.

Gustave Flaubert

Precioso artículo Marco Atilio.

Anónimo dijo...

Uno es dueño de sus recuerdos, a veces esclavo otras (como tú) feliz protagonista. Muy bonito el post.

La Picapleitos dijo...

Bella entrada Marco, me he sentido reflejada en alguna de tus historias. Disfrutar de los gratos recuerdos que nos ha proporcionado la vida es un ejercicio imprescindible para ser feliz.

Anónimo dijo...

Yo también me acuerdo de aquella canción del cola-cao, y de las radionovelas de la sobremesa. Matilde Vilariño, Matilde Conesa, Pedro Pablo Ayuso, eran algunos de los actores que llenaban con su voz aquellas tardes. Bonito artículo, me has transportado en el tiempo lo cual te agradezco.

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