Siempre han sido muy provechosas las conversaciones con mi padre y de ellas he extraído enseñanzas y reflexiones que me han acompañado durante años.
Hace unos días lo encontré, como cada noche a las nueve, sentado frente al televisor viendo el telediario. Está muy sordo y apenas oye lo que dicen los presentadores; sin embargo, le gusta ver las noticias aunque no alcance a entenderlas del todo. Lo que no se pierde por nada del mundo es el pronóstico del tiempo. Lo sigue en varias cadenas y lleva haciéndolo desde hace muchos años.
Le pregunté entonces cómo se las ingeniaban cuando era joven y no había televisores ni radios —al menos no en su casa— para enterarse del tiempo que iba a hacer.
La respuesta fue tan obvia como proporcional a mi ingenua pregunta:
—Sabíamos que llovería cuando llovía y sabíamos que haría frío cuando hacía frío.
Sonreí.
Pero inmediatamente añadió algo que ya no hizo tan absurda mi pregunta:
—Aunque nosotros —se refería a la gente en general— teníamos nuestros métodos para saber, más o menos, el tiempo que se avecinaba. Sabíamos, por ejemplo, que si la Luna tenía cercos era señal de que llovería pronto. También que un cielo rojo al atardecer anunciaba buen tiempo para el día siguiente; por el contrario, si el cielo adquiría un tono amarillento al ponerse el sol, era probable que lloviera durante la noche. Un cielo rojo al alba, en cambio, solía anunciar lluvia para ese mismo día.
Yo sabía que aquellas observaciones populares tenían una sólida base científica. Los halos lunares suelen aparecer en presencia de cirroestratos, nubes que frecuentemente anuncian la llegada de una borrasca. Del mismo modo, el color rojizo del cielo al atardecer suele indicar estabilidad atmosférica hacia el oeste, mientras que ese mismo color al amanecer puede anunciar la llegada de un frente lluvioso. El tono amarillento del cielo a últimas horas de la tarde normalmente significa que la atmósfera está húmeda y que la lluvia se desplazará durante la noche.
La conversación continuó más o menos así:
—¿Despertador? ¡Entonces no teníamos despertador, ni siquiera relojes! Los trabajadores no podíamos permitirnos esos lujos.
Noté en sus palabras un leve poso de amargura.
Continuó explicándome:
—Antes de que empezara a clarear tenías que levantarte, y estar en el tajo cuando salía el sol, en ese momento comenzaba la jornada y se prolongaba hasta que el sol se ponía.
—En el tiempo de la siega vivíamos en cortijos en cuyos alrededores se cultivaban cientos de hectáreas de trigo. Yo estuve en varios. Uno de los más grandes se llamaba Mainilla. Allí trabajábamos alrededor de cuarenta segadores.
—Como te he dicho, se empezaba a segar cuando el sol apenas despuntaba por el horizonte. A una orden del capataz, todos los segadores, alineados, doblábamos el espinazo y, hoz en mano, comenzábamos la faena.
—Yo llevaba una faja para proteger los riñones, porque el cuerpo permanecía inclinado durante horas. De vez en cuando necesitabas estirarte un instante porque el dolor de cintura era enorme, pero apenas tenías tiempo para hacerlo: enseguida el capataz te apremiaba para que continuaras trabajando.
—¡Un asco! —exclamé.
—¿Asco? Bazofia eran los capataces. Parecía que los escogían expresamente para sacarte hasta la última gota de sudor.
Y continuó:
—Sobre las nueve y media de la mañana el ranchero traía las migas al tajo. Colocábamos la sartén sobre un haz de trigo y almorzábamos. Después, otra vez a segar. Nos aguardaban interminables surcos que parecían no acabar nunca, y aquello terminaba afectándote también psicológicamente. Al cansancio físico se unían el calor, los insectos y la sensación de que el horizonte nunca se acercaba.
Tras una breve pausa, continuó rebuscando entre sus recuerdos:
—El sol caía a plomo sobre los campos de trigo y el sudor nos empapaba de la cabeza a los pies. Era como si nos hubiéramos caído al río. Mientras tanto, el capataz no dejaba de azuzarte para que no aflojaras el ritmo.
—A las dos de la tarde parábamos para comer. El ranchero, igual que había hecho antes con el almuerzo, llevaba la comida al tajo. Si había algún árbol cercano o un olivar, comíamos a la sombra; de lo contrario, la única sombra que teníamos era la que nos proporcionaba el sombrero de paja.
—Después descansábamos durante una hora y media debajo de algún olivo —si lo había— o junto a un haz de trigo. Pasado ese tiempo continuábamos segando hasta que el sol se ocultaba tras el horizonte, momento en el que dábamos de mano y regresábamos al cortijo, que normalmente se encontraba cerca.
—La verdad es que aquello era lo más parecido a la esclavitud, porque encima te pagaban cuatro perras gordas. Fueron años muy duros, los años de la dictadura franquista. Los trabajadores apenas teníamos derechos y los caciques y empresarios se aprovechaban de una mano de obra barata, explotándonos hasta la extenuación.
—Como, en cierto modo, sigue ocurriendo ahora —murmuré entre dientes.
Mi padre guardó silencio. Clavó la mirada en un punto indeterminado de la habitación y un rictus de melancolía se dibujó en su rostro. Era como si intentara buscar responsables de tantas penalidades vividas, aunque quizá no los hubiera. Tal vez el azar, el destino o simplemente la vida. Quién sabe.
De pronto rompió el silencio con una frase que resumía perfectamente lo que pensaba de aquellos años y de las zozobras sufridas:
—¡Todo era basura, escoria pura y dura! Eso es lo que era.
Así terminó nuestra charla.
Sus palabras me recordaron, una vez más, dos principios que nunca he olvidado: el espíritu de sacrificio y la lucha constante por sobrevivir en un mundo que a veces puede resultar demasiado cruel.
Por suerte, mi padre disfruta hoy de una apacible y feliz jubilación —por muchos años—, acaso el justo premio a toda una vida de esfuerzo y de entrega a su familia, a toda una vida luchando, sencillamente, por vivir.

8 comentarios:
Fue un Milagro que nuestros abuelos y nuestros padres sobrevivieran
En los años 30, el salario de un jornalero era de tres pesetas diarias.
En la guerra civil asciende a cuatro pesetas, bajando posteriormente en los años 40.
En 1950 el jornal de un segador ascendía a 10-12 pesetas.
PRECIOS DEL PAN PARA POBLACIÓN CIVIL 1951
Primera categoría (80 gramos).....................0,50 Pesetas
Segunda categoría (100 gramos).....................0,50 ”
Tercera categoría (150 gramos)......................0,55 ”
Bravo por tu padre, bravo por sus enseñanzas y sus luchas y bravo por tí por la excelente forma de relatar que tienes.
Aquellos años eran terribles, eso es lo que me ha dicho mi abuelo que también me ha contado cosas muy similares a las que te contó tu padre.
Que cerca estamos de volverl a los tiempos que vivió tu padre. Como sigan los gobiernos apostando por el capital y masacrando a los trabajadores y a los que menos tienn pronto estaremos doblando el espinazo para reverenciar al "amo", como en los tiempos que relata tu padre.
Todos los días nos dan lecciones con su ejemplo y sacrificio a lo largo de sus vidas aquellos que sufrieron las injusticias de un régimen político a todas luces ilegítimo que se hizo con el poder mediante la fuerza de las armas. Nuestros padres (como en tu caso) y nuestros abuelos (como en el mío) sufrieron en sus propias carnes las injusticias y la explotación derivadas del franquismo. Para ellos nuestro reconocimiento más sincero pues nunca le agradeceremos bastante todo lo que hicieron y sufrieron para sacar adelante a sus familias. Me ha encantado el post, incluso me he emocionado un poco. Gracias Marco Atilio por hacernos presente las luchas individuales y anónimas que sirvieron para que muchos de nosotros hoy estemos (por ejemplo) escribiendo en este blog.
todos los dias se aprende algo nuevo sobre todo con mi abuelo que nos sorprende con multiples historietas de su vida. esto solo son pequeñas pinceladas de todo lo que mi abuelo, el hombre del que se habla en esta historia, nos a contado a los ñietos y a sus propio hijos. es increible lo bien que sobrellevo aquellos tiempos tan malos.
Un precioso homenaje a tu padre, mi padre no ha trabajado tan duramente, pero siempre fué a su trabajo feliz y nunca lo oí quejarse en absoluto, en una familia numerosa en la que entraba un único sueldo y una madre muy buena economista del hogar, un beso enorme a nuestros padres que han hecho de nosotros lo que somos.
Una de las tantas historias que mi abuelo nos ha contado. Me quedo embobado cada vez que lo escucho contar alguna historia sobre su vida. Desde aquí le doy un abrazo a mi abuelo por su lucha constante por la vida.
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