¿Cómo podemos convertirnos de dulces infantes en tipos tan confusos y ambiguos, capaces de lo mejor y también, por desgracia, de lo peor?
Dejamos atrás la inocencia y la pureza propias de la infancia para adentrarnos en un complicado mundo de intrigas, avaricias, egoísmos, iras y envidias en cuanto ponemos los pies en la edad adulta, e incluso antes.
El mundo en que vivimos lo hemos construido nosotros, los seres humanos, a lo largo de nuestra historia. Y ese mundo es un lugar muy feo e injusto. Porque estamos cargados de egoísmo y de intolerancia. Porque en cuanto dejamos atrás el candor de nuestros primeros pasos y empezamos a discurrir, comenzamos a razonar en la sinrazón.
Nada nos importa el hambre de millones de nuestros congéneres.
Nada nos importa explotar y esclavizar a nuestros semejantes en beneficio propio.
Nada les importa a nuestros gobernantes legislar en perjuicio de los más desfavorecidos.
Nada les importa a nuestros empresarios pagar míseros sueldos a cambio de jornadas maratonianas, con el único y vil fin de enriquecerse a costa del esfuerzo del pobre diablo que vive una vida de penurias y desesperanza.
Somos abanderados de la paz y por contra nos preparamos para la guerra.
Enviamos ayuda humanitaria ante catástrofes ajenas y nosotros somos los causantes del dolor de muchos.
Firmamos la Declaración de los Derechos Humanos y oprimimos, subyugamos y tiranizamos a nuestros semejantes.
Parece que, si algo define nuestra condición, es esa grieta moral que no podemos esquivar: una lucha constante entre la luz y la sombra a la que estamos atados desde que ponemos los pies sobre este maravilloso planeta. Esa dualidad nos hace temibles y abominables, porque somos capaces de hacer el bien pero también de cometer las más insospechadas tropelías. Todos y cada uno de nosotros. Podéis darle mil vueltas al asunto: si reflexionáis profundamente, veréis que no voy muy descaminado, y la vida nos da pruebas palpables de ello casi a diario.
¡Con lo adorables que se nos ve cuando somos bebés y niños de pocos años! ¡Con lo angelicales que resultamos en esa etapa de la vida! ¿Por qué no será más larga esa candorosa inocencia? Luego vamos creciendo y nos aligeramos de esa candidez. Nuestra más tierna infancia es solo un recuerdo, nos volvemos agrios, sin gracia y aburridos. ¡Nada de tiernos! Ya no creemos en el ratoncito Pérez, ni en los Reyes Magos, ni en la magia. Casi sin darnos cuenta, un día descubrimos que nos hemos convertido en unos auténticos capullos. Y aquella maravillosa ingenuidad habrá desaparecido para siempre.
¡Qué lástima!
7 comentarios:
Pues mira Marco, puede que tengas razñon. Aunque te tengo que decir que ya cuando somos niños, algunos somos, y me miento yo tambien, unos pequeños tiranos. Así que esa dualidad casi nos viene desde el nacimiento, lo que pasa es que cuando somos bebés no somos capaces de hacer mal porque nuestra mente dual aún no se ha desarrollado.
Una apostilla interesante a la que no le falta razón. Estoy de acuerdo contigo.
El ser humano es lo peor que le ha pasado al mundo. Una mala noticia ciertamente nuestro advenimiento a este gran planeta tierra. Interesante blog. saludos
Pues sí, la verdad es que no puedo estar más de acuerdo. Es por eso que muchas veces pienso que si cayera un meteorito de unos 500 km. de diametro y esquilmara toda vida sobre la Tierra tampoco se iba a perder demasiado. Gracias por tu comentario.
Cuando somos pequeños todos tenemos esa inocencia que nos hace ser buenos, pero es normal que con el tiempo nos volvamos “algo raros”.
Vivimos por desgracia en una sociedad que esta total mente corrompida y si nos fijamos detenidamente nos damos cuenta que si los padres no son del todo malos y me meto yo que soy padre y no seré yo quien me juzgue el niño saldrá más o menos como eres ya que te puedes mover en un ambiente o en otro, pero si nos fijamos cuando estamos en guarderías o en colegios nuestros hijos experimentan grandes cambios ya que descubren cosa que para ellos estaban prohibidas y ahora están a su alcance sin que nadie le diga nada, que es aquí donde entra desde pequeños la personalidad de cada uno y saber distinguir lo bueno de lo malo, por lo cual si los valores y personalidad del niño son buenos no abra cosa mala que le entre a no ser que ya está de antes o por lo menos eso creo yo que seguramente en esto de ser padre siempre se falla.
eltodopoderoso
El post no se refiere a la buena o mala educación que les damos los padres a nuestros hijos. Por supuesto influirá para inculcarles buenos valores pero no van por ahí los tiros ni ese es el propósito de la entrada.
Me refiero a esa dualidad innata que tenemos todos los seres humanos y que, independientemente de que se sea buena o mala persona, en un momento dado puede salir a relucir y convertirnos en seres totalmente abominables. Porque como digo en el post, somos capaces de lo mejor pero también, por desgracia, de lo peor. Somos capaces de ayudar a un anciano a cruzar la calle, somos capaces incluso de salvar a alguien de la muerte. Sin embargo, esas mismas personas son también capaces, en un momento dado, de agredir a otras por una discusión de tráfico, de enemistarnos con nuestros hermanos y padres por cuestiones de herencia, somos capaces de enfrentarnos a cualquiera con maquiavélicos propósitos para preservar nuestro bolsillo. Y es que cuando nos tocan la pela no conocemos a nadie y precisamente el dinero y la lucha por obtenerlo es quizá el factor fundamental para que, en ocasiones, salga ese otro lado oscuro que todos y cada uno de nosotros tenemos. Esa maldita dualidad.
Ya sé a qué se refiere, pero desde pequeños demostramos nuestra dualidad porque lo estamos viendo en todo lo que nos rodea y eso nos hace ser los mejores o los peores y todo esta relacionado. eltodopoderoso
Publicar un comentario