Tú, que te sientes católico y, por ende, cristiano —es
decir, seguidor de Cristo—, permíteme hacerte una pregunta que no acabo de
entender: ¿cómo se concilia tu fe con el rechazo al inmigrante? ¿Cómo se
explica esa actitud xenófoba y racista en alguien que dice seguir a Cristo?
Si Cristo es tu referente, al que adoras y homenajeas en procesiones y actos religiosos, algo no encaja. Porque su mensaje era bastante claro:
«Os doy un mandamiento nuevo: amaos unos a otros; como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. Vuestro amor mutuo será el distintivo por el que todo el mundo os reconocerá como discípulos míos» (Juan 13:34-35).
«Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis”» (Mateo 25:41-43).
¿Esos pasajes del Nuevo Testamento, de boca del propio Jesús, te los pasas por el arco del triunfo? Quizá convenga mirarse al espejo y preguntarse si no somos uno de esos hipócritas a los que tanto criticó:
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad» (Mateo 23:27-28).
Ser seguidor de Cristo no basta con proclamarlo. También es necesario poner en práctica su mensaje de amor y de justicia. No te fabriques el Dios a tu medida según te convenga.

No hay comentarios:
Publicar un comentario