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BIENVENIDOS A YUMYS GALAXY

viernes, 22 de agosto de 2025

Nana para Adrián

 

Duerme mi niño
duerme Adrián,
con tu abuelito
te dormirás.

 Duerme mi cielo,
duérmete ya,
«señora vaca»
te cantará.

Y si sonríes,
me alumbrarás,
como un lucero
que brilla más.

En tus ojitos
yo soñaré,
tus dulces sueños
yo velaré.

 Duerme mi niño
duerme Adrián,
con tu abuelito
te dormirás.


Desde la noche hasta el alba

 

Yo contigo y tú conmigo
desde la noche hasta el alba.
Tus pasos que van naciendo,
mi amor que siempre los guarda. 

En mis brazos soñarás
un mundo de fantasía,
de peluches, de muñecos
y juguetitos que silban. 

A lomos de nubes blancas,
de algodón y de magia,
soñarás con mundos nuevos
y hermosos cuentos de hadas. 

Vendrán volando los «pipis»
a velar tu lindo sueño,
pajarillos de colores
te cantarán un te quiero. 

Y Adrián despertará,
y el abuelito le canta,
susurrando despacito,
le canta «señora vaca». 

Y me mirarás atento,
con esa sonrisa clara,
con esos ojitos vivos
que me iluminan el alma. 

Jugaremos a la pelota,
y le darás de patadas,
irás corriendo a por ella
cuando traviesa se escapa. 

Y llenarás mi mundo
de ilusiones y de magia,
y me sentiré feliz
desde la noche hasta el alba. 

Siempre a tu lado, tesoro,
mi mano te guiará
por veredas y caminos,
por senderos en el mar.

sábado, 16 de agosto de 2025

Silencio

 

a la memoria de Pilar Suárez

Se apagan las risas de los niños
y el canto de los pájaros.
El sol de la primavera
ya no calienta.

Silencio…
poco a poco.

 Quiero gritar
y no puedo.
Me siento extraña,
flotando sobre mí,
 y sola,
terriblemente sola.
De repente…

 No hay lluvia.
No hay viento.
No hay árboles,
ni montañas,
ni siquiera aire.

 Nada.

 ¿Dónde están mis hijos?
¿Dónde mi marido?
¿Por qué lloran?
¿Por qué lloran todos?

Poco a poco… el silencio.

 ¡Y la soledad!

 Frío.
Un frío hondo.
Oscuridad que envuelve
por fuera y por dentro.

 Miedo.

¿Por qué no puedo moverme?
¿Por qué este vacío,
como un mar sin orillas?

 Quiero ver a mis hijos.
A mi marido.
A mi familia.
Quiero tocarlos.
Quiero decirles
que estoy aquí…

 Pero no me oyen.

 Silencio.
Oscuridad.
Penumbra y silencio.

 De pronto,
una luz suave
atraviesa la negrura
y me susurra sin palabras:

 –Tu vida ha terminado.

 ¡Dios mío!
Solo tengo 54 años.
¡Quedaban tantas cosas!
¡Tantos abrazos!
¡Tantos caminos!

 No quería irme así.
No tan pronto.
No por mis hijos.
No por mi marido.

 Luché con todas mis fuerzas,
pero la muerte
ha ganado.

 Y, sin embargo…
ya no hay dolor.
Solo calma.
Sosiego.
Paz.

 No estoy triste.
Sé que algún día
volveremos a encontrarnos,
y esa certeza me sostiene.

 Me llevo el amor de todos,
como un manto invisible
que me arropa.

 Quisiera decirles
que no sufran,
porque nos volveremos a ver…

 Pero no me oyen.

 Lástima.

 Todo se disuelve.
 Se desvanece.

 Solo queda el silencio…
el silencio…
solo el silencio…

y la esperanza
de un mañana juntos.


jueves, 14 de agosto de 2025

La golondrina

 

Nació en abril, cuando los campos se llenan de amapolas y el aire huele a vida nueva. Pequeña y frágil, con alas aún por estrenar, mi golondrina vino al mundo trayendo consigo una luz que encendió rincones dormidos de mi corazón.

Hoy ha venido. La estaba esperando en la ventana, con la misma ilusión con que se espera la primera flor de la primavera. Sus ojos brillaban como si supiera que la aguardaba. La tomé en mis brazos, y en ese instante el tiempo se detuvo, como si el mundo entero quisiera regalarme ese momento.

Sé que pronto se irá, y que pasarán algunos días antes de que vuelva a llamarme con sus alitas. Así es su vuelo: breve, pero lleno de vida.

Llegará el otoño y las hojas caerán. La tarde besará el sol del horizonte amarillo y yo iré en busca de mi golondrina. Llamaré suave para, acaso, no interrumpir su sueño mágico de hadas y duendecillos. De ositos blancos y conejitos de algodón. Disfrutaré de su presencia y jugaré con ella cuando se despierte, aunque solo sea un ratito. Porque mi amor por ella no entiende de tiempo, ni de distancias, ni de ausencias. Mi pequeña golondrina forma ya parte de mí, y cada vez que alce el vuelo, sabrá que aquí tendrá siempre un cielo abierto y un corazón donde posarse.

Mi preciosa golondrina, 
vuelves a mí 
con las alas llenas de luz. 
Te abrazo un instante, 
y el tiempo se me escurre. 
Volarás de nuevo, 
dejando en mi ventana 
la sombra dulce de tu vuelo.

miércoles, 6 de agosto de 2025

No sabemos lo que tenemos, hasta que enfermar sale caro

 

Hace unos días estuve viendo un programa de Canal Sur TV llamado «Andalucía X el mundo». Entre otros reportajes, hubo uno sobre una chica llamada Sara Macías, una malagueña nacida en Marbella que lleva seis años viviendo en Los Ángeles, California. Casada con un estadounidense, Sara trabaja de enfermera en el hospital City of Hope, especializado en enfermos de cáncer.

En un momento de la entrevista, le preguntaron cómo era la sanidad en Estados Unidos. La chica marbellí dijo que, a diferencia de España, allí la sanidad no es pública, sino que se contrata con seguros privados. Por cierto, los seguros privados, —según contó Sara— pueden costarte unos 600 dólares (518 euros) cada dos semanas, u 800 dólares (691 euros) al mes. Y eso, un seguro «normalito», en palabras de Sara.

Luego comentó que los españoles no sabemos apreciar lo que tenemos, refiriéndose a la sanidad pública española. Y puso un ejemplo: «Solo por pisar las urgencias de un centro de salud y que te atienda un médico, ya te cobran entre 2.000 y 3.000 dólares (entre 1.727 y 2.590 euros)».

También dijo que su propia hija tuvo que permanecer en la unidad de  cuidados intensivos de neonatos durante cinco meses, y que el coste total fue de 1.300.000 dólares (1.123.000 euros). Gracias al buen seguro médico que tenía su marido, solo tuvieron que pagar 2.000 dólares. En cualquier caso, tengas o no tengas seguro, siempre tienes que pagar algo.

Podemos concluir que, si no tienes un buen seguro en Estados Unidos, como te sobrevenga una enfermedad grave, estás muerto por no poder pagar la estancia en el hospital y el tratamiento adecuado.

Cabe señalar que, en Estados Unidos, aproximadamente el 16% de la población no tiene ningún tipo de seguro médico por no poder costeárselo.

Todo este relato me lleva a la siguiente reflexión: ¿en unas elecciones, cómo se pueden votar partidos que apuestan claramente por una sanidad privada? ¿Cómo se puede depositar la confianza en tendencias políticas que pongan en riesgo la universalidad y gratuidad de nuestro sistema sanitario? De hecho, en Andalucía, el señor Moreno Bonilla está jugando un poco con la senda de la privatización de la sanidad.

En fin, no puedo entender que haya gente que apueste por ideologías que lo único que harán será hacerte más pobre, y por ende mucho más vulnerable. Supongo que esa gente a la que me refiero no es capaz de darse cuenta de su error… tal es su jumental ignorancia.

sábado, 26 de julio de 2025

Mientras duermen


Ambos deben dormir, y mientras duermen, la noche se vuelve más dulce, el silencio se llena de sentido, y yo, desde este rincón de abuelo pienso en mis nietos.

Duerme Valeria y duerme Adrián, dos luceros diminutos en el cielo de mi alma, dos suspiros de ternura que apenas han comenzado a caminar por el mundo.

Valeria y Adrián, tan pequeños aún, con apenas quince y trece meses de ternura, respiran calma entre sus sueños de nube, como si el propio mundo no pudiera herirlos.

Duermen como duermen los ángeles: con los párpados rendidos, los deditos cerrados sobre un peluche, y el alma flotando en algún lugar tibio que solo los niños conocen.

Valeria sueña con luces suaves, con voces que cantan desde el regazo, con mundos blanditos donde el amor es el aire que se respira, con juguetes que aún no sabe nombrar, pero ya la abrazan.

Adrián sueña con pasos inciertos, con juegos que aún no entiende, con la vida que empieza a llamarlo desde algún rincón cálido de la infancia.

Tienen mágicos sueños de algodón, de peluches, de canciones, de estrellas que bajan a la cuna a mecer sus corazones.

Quizá sueñen con su abuelo, o con mi voz que los llama, o con la luna entrando de puntillas por la ventana, y les besa en la mejilla y se resbala en la almohada.

Y mientras mis nietos duermen, la noche se va escapando de puntillas para no despertarlos, el universo se detiene un instante, y yo también sueño: que crezcan sin miedo, que vivan sin prisas, que el mundo no los hiera demasiado.

Y yo, en este momento tan perfecto, quisiera ser eterno… solo para seguir velando sus sueños.

viernes, 25 de julio de 2025

El aniquilado aniquilador

Niños judíos moribundos por inanición en las calles del gueto de Varsovia durante la ocupación Nazi

Todo pueblo tiranizado, humillado, masacrado…, puede hacerlo a su vez a otros pueblos. Es la conclusión lógica de la esencia humana.

Muhammad Zakariya Ayyoub al-Matouq, un niño de un año y medio padece desnutrición aguda 
debido al bloqueo israelí y lucha por sobrevivir en una carpa en la ciudad de Gaza en julio de 2025

lunes, 21 de julio de 2025

Retrato sin retoques

A veces me detengo a pensar y me pregunto si el ser humano es realmente consciente de la clase de criatura despreciable que puede llegar a ser. En mis reflexiones surgen varias preguntas que me producen, cuando menos, cierto desasosiego:

¿Somos realmente conscientes de lo que somos?

¿Estamos seguros de conocernos en lo más profundo de nosotros mismos?

¿Sabemos siquiera de lo que seríamos capaces en determinadas circunstancias?

Creo que no. Muy pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre lo que somos en realidad y sobre lo detestables que podemos llegar a ser cuando, por encima de cualquier otra consideración, colocamos nuestro propio beneficio. Seguimos una máxima que, con demasiada frecuencia, parece haberse convertido en un auténtico dogma: «Primero mis dientes que mis parientes».

Nos creemos personas adorables. Pensamos que es un placer convivir con nosotros. Estamos convencidos de que casi siempre nos asiste la razón. Todo cuanto hacemos nos parece correcto y todo cuanto decimos, acertado. Y, cuando nuestras acciones resultan cuestionables, siempre encontramos argumentos para justificarlas. Nos consideramos poseedores de la verdad... de nuestra verdad.

Nuestras ideas, nuestra forma de vivir y de entender la existencia constituyen, para nosotros, el paradigma de la perfección. Con demasiada frecuencia pretendemos que nuestro criterio prevalezca sobre el de los demás, convencidos de que es el más sensato y el más acertado.

Las actitudes de quienes nos rodean, sus creencias, sus convicciones, su manera de vestir, de hablar, de amar, de sufrir, de pensar o de entender la belleza, cuando difieren de las nuestras, nos parecen equivocadas y, en muchas ocasiones, incluso reprobables.

Si reflexionamos con sinceridad sobre todo ello, descubriremos que, en mayor o menor medida, este comportamiento forma parte de casi todos nosotros. A eso lo llamamos intolerancia. Una intolerancia de la que, como seres humanos, somos con frecuencia prisioneros. Y pocas criaturas han demostrado ser capaces de cometer mayores atrocidades que el propio ser humano.

En definitiva, somos profundamente egoístas y tendemos a anteponer nuestro bienestar y nuestros intereses a cualquier otra consideración.

Así de cruda es la realidad que, a mi juicio, acompaña al ser humano desde su aparición sobre la faz de la Tierra, para desgracia de la propia Tierra.

Deberíamos ser libres para decidir nuestro propio destino, para recorrer la vida como mejor nos plazca, sin restricciones innecesarias. Pero esa libertad solo puede ser legítima cuando respeta la de los demás; cuando no menoscaba sus derechos ni perjudica sus intereses; cuando no invade gratuitamente su intimidad y cuando es capaz de aceptar, sin hostilidad, las diferencias de raza, religión, creencias, modo de vida o forma de pensar.

Si algún día llegáramos a comportarnos de esa manera —algo que, a mi juicio, resulta extremadamente difícil, porque el egoísmo y la maldad parecen formar parte de nuestra condición—, la vida sobre este maravilloso planeta llamado Tierra sería mucho más placentera y, sobre todo, mucho más justa.

Si queremos construir un futuro mejor, deberíamos partir de una base ética tan sencilla como irrenunciable:

«Ningún pueblo, ninguna nación, ninguna persona… nada positivo se puede construir a costa de los demás».

Porque, si para alcanzar nuestra felicidad necesitamos destruir la de otras personas, quizá habría sido mejor no haber nacido; al menos, así libraríamos al mundo de nuestra inmunda presencia.

********************

Es evidente que cuanto se ha expuesto hasta ahora refleja una visión bastante pesimista del comportamiento humano. Es probable que muchos discrepen de esta valoración y la consideren excesivamente catastrofista. Soy consciente de que las generalizaciones rara vez hacen justicia a la realidad; sin embargo, sigo convencido de que una gran parte de la humanidad encaja, en mayor o menor medida, en el retrato que acabo de describir.

En cualquier caso, para fundamentar mejor esta reflexión, conviene acudir a la historia. Quizá así resulte más fácil comprender por qué sostengo estas afirmaciones.

Es cierto que, a lo largo de los siglos, ha habido personas capaces de sacrificarse por los demás e incluso de entregar su vida por sus semejantes. Sería injusto ignorarlo. Pero, a mi juicio, esos ejemplos han sido siempre excepcionales frente a una realidad mucho más frecuente.

La historia demuestra hasta qué extremo puede degradarse el ser humano cuando el poder, el fanatismo, la ambición o el odio se imponen sobre cualquier principio moral.

Ahí están los grandes imperios, que extendieron sus dominios mediante la guerra, la violencia y el sometimiento de otros pueblos, imponiendo con frecuencia sus creencias y su modo de vida a quienes pensaban de forma diferente.

Ahí está también la Inquisición, bajo cuyo amparo miles de personas fueron perseguidas, torturadas y ejecutadas en nombre de Dios.

Ahí está el exterminio y el despojo sufridos por numerosos pueblos indígenas de América del Norte, privados de sus tierras, de su libertad y, en muchos casos, de su propia identidad.

Resulta imposible olvidar la esclavitud, practicada durante siglos por distintas civilizaciones, reduciendo a millones de seres humanos a la condición de simples mercancías.

Y resulta igualmente imposible pasar por alto el nazismo, responsable de uno de los mayores genocidios de la historia. La deshumanización de sus víctimas permitió que millones de personas fueran asesinadas con una frialdad difícil de comprender.

Tampoco deberíamos olvidar los crímenes cometidos por tantos regímenes totalitarios y dictaduras que, a lo largo de la historia, han perseguido, encarcelado, torturado y asesinado a quienes consideraban sus enemigos.

La política tampoco ha permanecido ajena a estas miserias humanas. Son numerosos los dirigentes que, amparados por el poder, han antepuesto sus intereses personales al bienestar de los ciudadanos, recurriendo a la mentira, la demagogia, la corrupción o el abuso de poder.

No es casual que Louis McHenry Howe, asesor del presidente Franklin D. Roosevelt, afirmara:

«Nadie puede adoptar la política como profesión y seguir siendo honrado.»

Sea o no compartida esa afirmación, refleja la profunda desconfianza que la actividad política ha despertado con frecuencia entre los propios protagonistas de la historia.

Tampoco faltan empresarios que convierten el beneficio económico en su única prioridad, olvidando la dignidad de quienes trabajan para ellos y reduciendo al trabajador a un simple instrumento para incrementar sus ganancias.

Y, descendiendo al terreno de la vida cotidiana, encontramos innumerables ejemplos de pequeñas miserias humanas: superiores que humillan a sus subordinados, personas que maltratan o asesinan a quienes decían amar, familias destruidas por una herencia, amistades rotas por intereses económicos o por simples diferencias de opinión.

Entre el amor y el odio existe, a veces, una distancia sorprendentemente corta. Mientras los demás no interfieran en nuestros intereses y compartan, aunque solo sea parcialmente, nuestra manera de pensar, solemos considerarlos buenas personas. Pero basta con que nuestros intereses se vean amenazados, con que cuestionen nuestras convicciones o con que nos causen un agravio para que todo cambie.

Somos expertos en olvidar cien favores por culpa de una sola ofensa. El refranero español ilustra muy bien esto:

«Hazme cien cosas buenas y fállame en una, y no me has hecho ninguna.»

En definitiva, sigo pensando que el egoísmo está profundamente arraigado en la naturaleza humana. Existen personas extraordinarias cuya generosidad desmiente esta visión, y gracias a ellas el mundo continúa siendo un lugar habitable. Pero, en mi opinión, siguen siendo una minoría.


lunes, 16 de junio de 2025

67 años

 

Hoy, 16 de junio, cumplo 67 años. No sé si alegrarme o entristecerme. Y es que, a partir de cierta edad, el día de nuestro cumpleaños se convierte en un día triste y alegre a la vez. Triste por tener un año más y alegre por haber llegado a tenerlo, y yo ya estoy en esa cierta edad, así que mis sentimientos son encontrados.

67 años dan para mucho, dan para haber vivido una infancia maravillosa,  y lo digo porque mis recuerdos de aquella lejana época son especialmente agradables, por eso intuyo que aquella etapa debió ser especialmente bonita.

Dan para haber vivido una adolescencia de contradicciones, de buscar el camino correcto, una etapa de rebeldía, de riesgos, de locuras, de amoríos, de ilusiones y desengaños, de fracasos y triunfos.

Dan para haber conocido a la persona más encantadora que en la vida puedas encontrar y con la que camino por la existencia desde hace ya tanto tiempo.

Dan para haber tenido dos hijos, una experiencia maravillosa y que, desde su nacimiento, han hecho que mi vida sea especialmente atractiva e intensamente emocionante.

Dan para haber conocido a personas que vinieron a mi vida para conformar un núcleo de amistad que, en algunos casos, el tiempo y la distancia evanesció, pero que, en otros, aún siguen aportando a mi vida una experiencia enriquecedora. Mi amigo Manuel Ángel es un claro ejemplo de ello.

Dan para haber trabajado en la Sanidad Pública durante muchos años. Una experiencia especialmente positiva, fascinante, apasionante e inolvidable. Por muchas cosas, pero especialmente por las personas que conocí, las amistades que forjé y las anécdotas que viví.

Y dan para haber tenido dos nietos, dos personillas que, desde hace un año, algo más en el caso de mi nieta, alegran la monotonía de mi existencia y que, con su presencia, han hecho que recobre un cúmulo de emociones y sensaciones que ya creía olvidadas y que contribuyen, y de qué manera, a hacerme inmensamente feliz. Porque Valeria y Adrián, han venido a mi vida para  llenar ese vacío existencial que algunas veces se produce a ciertas edades, cuando se empieza a vislumbrar el final del camino.

En fin, 67 años dan para mucho. Dan para conocer personas y lugares, para vivir experiencias positivas y negativas, para sufrir tremendas decepciones pero también sorpresas maravillosas, para reír y para llorar, para emocionarme y asombrarme, para entristecerme y alegrarme… para, en fin, ir escribiendo las páginas, a veces azarosas, otras placenteras, de mi propia historia.

domingo, 8 de junio de 2025

Jumental espantada

 

Hace algún tiempo reflexioné sobre las lenguas oficiales españolas en los siguientes términos: «Está bien que España sea diversa y coexistan varios idiomas oficiales pero, si lo analizamos fríamente, esa característica tiende a separar a los españoles más que a unirlos».

Esa reflexión (que mantengo) para nada debería ser la realidad española (que lo es). En ningún caso, esa característica, tan propia de nuestro país, debería separar a los españoles, todo lo contrario. Porque la cultura y la lengua (sea cuales fueren) no deberían dividir, sino sumar. Pensemos que las lenguas cooficiales de España forman parte del gran patrimonio cultural de nuestro querido país.

En cualquier caso, la espantada de Isabel Díaz Ayuso en la Conferencia de Presidentes celebrada en Barcelona el pasado 6 de junio, cuando el lendakari Imanol Pradales comenzó su discurso en euskera y el presidente de la Generalitat el suyo en catalán y la presidenta madrileña, cumpliendo su anunciada amenaza, se levantó y se fue, demuestra, aparte de una total falta de respeto institucional, un absoluto desprecio por las lenguas cooficiales españolas. Por cierto, ni un solo presidente autonómico del PP secundó la espantada de su borrical compañera.

La Constitución Española es muy clara en lo que se refiere a la lengua oficial del Estado:

TÍTULO PRELIMINAR

Artículo 3

1 El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla.

2 Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos.

3 La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección.

Queramos o no queramos, nos guste o no nos guste, la realidad de España es que tiene, con el castellano, otras lenguas cooficiales y, por tanto, hay que respetarlas. Te llames Ayuso o «Perico el de los palotes». Pero claro, si no da la nota y se erige en protagonista, sea cual fuere el lugar donde se encuentre, no está a gusto la jumental presidenta madrileña.


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