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BIENVENIDOS A YUMYS GALAXY

sábado, 25 de julio de 2026

Personas que dejan huella

 

A lo largo de la vida nos encontramos con todo tipo de personas. A algunas las dejamos pasar y pronto se desvanecen de nuestra memoria, porque nada valioso dejaron en ella; a veces, incluso, todo lo contrario. Otras, en cambio, nos enriquecen de muchas maneras: por su agradable forma de ser, por su educación, por su cultura y, en fin, por su modo de desenvolverse en el difícil arte de vivir. Poco a poco despiertan nuestra admiración y casi sin darnos cuenta, terminan contribuyendo a nuestro crecimiento personal.

He tenido la fortuna de toparme con algunas de esas personas. Muchas pasaron por mi vida y dejaron un vacío con su marcha, pero también un caudal de recuerdos entrañables del que todavía hoy disfruto. Ese, para mí, selecto grupo de personas me ha permitido conocer el lado más amable del ser humano, ese que, con cuentagotas, aún florece en alguna parte.

domingo, 21 de junio de 2026

El guion que sigue sin nosotros

 

Hay momentos en la vida en los que, tras un largo periodo de tiempo, incluso años, vuelves a reunirte con antiguos compañeros de trabajo con motivo, por ejemplo, de un homenaje a alguien que se jubila o se traslada.

Después de los abrazos y los cariñosos saludos iniciales, te das cuenta de que ya no eres uno de los actores principales de aquella historia. Ni siquiera un actor secundario. Si acaso, un simple extra en una película de la que un día formaste parte de manera esencial.

Entonces te invade una sensación extraña, difícil de definir. Por momentos llegas a preguntarte qué haces allí. No porque te falte afecto ni porque nadie te haga sentir incómodo, sino porque percibes que aquel mundo ya no te pertenece y que sus dinámicas han seguido evolucionando sin ti.

Es una sensación agridulce. Comprendes que la vida continúa para todos, pero también que el tiempo tiene una fuerza implacable. Avanza sin detenerse, borrando poco a poco nuestra presencia de lugares donde un día fuimos protagonistas. Y llega un momento en que caminar en dirección contraria a ese viento resulta sencillamente imposible.

martes, 2 de junio de 2026

El niño que corría hacia su madre

 

El otro día vi un documental sobre el nazismo y los campos de exterminio. En él aparecía un oficial alemán separando por la fuerza a una madre judía de su hijo, un niño de apenas dos años.

La madre era arrastrada mientras el pequeño, presa del miedo y sin comprender lo que ocurría, corría tras ella buscando refugio. Quería llegar a sus brazos. Quería que su mamá lo protegiera. Pero el oficial, cansado quizá de aquel obstáculo insignificante para sus planes, sacó la pistola y le disparó.

La escena duró apenas unos segundos. Sin embargo, se ha quedado grabada en mi memoria y no consigo borrarla.

En aquella escena se concentraban la maldad llevada hasta límites poco imaginables y la crueldad de quien había renunciado a cualquier vestigio de compasión. Frente a ellas, la desesperación de una madre incapaz de proteger a su hijo y el instinto más puro y natural de un niño que solo buscaba refugio en la persona que más amaba.

Tengo dos nietos de esa edad. Quizá por eso esa imagen me ha afectado tanto. No consigo apartarla de mi cabeza. Lo intento una y otra vez, pero regresa obstinadamente a mi memoria.

Confieso, y no me avergüenza hacerlo, que lloré viendo aquel documental. Ni siquiera pude terminarlo. Y todavía hoy me emociono al recordar al pequeño corriendo tras su madre en busca de protección.

A menudo se habla de la maldad como si fuera una idea abstracta. Pero no lo es. La maldad tiene rostro. Tiene actos concretos. Tiene víctimas concretas. Y, a veces, adopta formas tan monstruosas que resulta difícil comprender cómo pueden habitar en un ser humano.

Todo esto me llevó a una reflexión. Quizá dolorosa. Quizá necesaria, por lo que veo a mi alrededor. Porque hay atrocidades que el mundo olvida con demasiada facilidad y que no deberían olvidarse jamás:

«Coqueteamos tanto con el odio, el fanatismo, la intolerancia y la injusticia que, más que personas, diríase que somos bestias inmundas. Y perdón a las bestias.»


martes, 19 de mayo de 2026

Úbeda y Baeza: dos ciudades que han marcado mi vida

 

Dos ciudades, por encima de cualquier otra, han marcado mi vida.

La primera es la monumental Ciudad de los Cerros, Úbeda. En ella viví hasta los veinticinco años, cuando contraje matrimonio y me trasladé a otra ciudad no menos monumental, situada a apenas unos kilómetros: la pequeña joya del Renacimiento andaluz, Baeza, el antiguo Nido Real de Gavilanes, apelativo acuñado y popularizado por el romancero castellano y las crónicas medievales.

¿Qué me han dado estas dos ciudades? Úbeda me dio la infancia, la juventud, los amigos y un trabajo maravilloso.

Me regaló también el amor por la Semana Santa, por sus cofradías y por sus bandas de cornetas y tambores, de algunas de las cuales tuve el honor de formar parte durante muchos años.

Me dio, además, el privilegio de convivir con una monumentalidad excepcional: sus iglesias, sus palacios y sus edificios renacentistas. Y, sobre todo, la posibilidad de contemplar con asombrosa cotidianidad la majestuosa belleza de la plaza de Vázquez de Molina, rodeada de edificios monumentales y considerada por muchos medios y guías de viaje como la plaza más bella de España. No en vano alberga la mayor concentración de arquitectura renacentista del país.

Baeza, en los cuarenta y tres años que llevo viviendo en ella, me ha dado madurez, amor, paz y sosiego.

Me dio a una mujer maravillosa —baezana de nacimiento—, con quien los atardeceres son más hermosos y de quien sigo enamorándome cada día.

Me ha dado también dos hijos de los que me siento inmensamente orgulloso, y dos nietos que apenas empiezan a descubrir el mundo y que han llenado mi vida de ilusión y de magia.

Si a todo ello sumamos el privilegio de respirar el aire de una ciudad cuyo embrujo se percibe en cada piedra, en cada callejón y en cada plaza, comprenderemos hasta qué punto Baeza ha sido generosa conmigo.

Y si hay un lugar que resume ese hechizo es, sin duda, el Paseo de las Murallas, también conocido como Paseo de Antonio Machado. Un rincón único que se ha ganado con justicia el sobrenombre de «el paseo marítimo de Jaén». No porque tenga mar, sino porque desde sus miradores se contempla un inmenso océano de olivos que se extiende hasta donde alcanza la vista.

He recorrido ese paseo infinidad de veces y nunca deja de parecerme mágico, casi irreal. Desde allí se divisa el valle alto del Guadalquivir cubierto por una interminable alfombra de olivos, con las imponentes sierras de Cazorla, Segura y Las Villas y la Sierra Mágina dibujándose en el horizonte.

Al atardecer, la luz transforma el paisaje en un espectáculo cautivador. Y en otoño, cuando la bruma se posa sobre el mar de olivos, el paisaje adquiere una atmósfera casi mística.

Por todo ello, considero que he tenido —y sigo teniendo— el inmenso privilegio de haber vivido y de vivir en dos ciudades cuyo embrujo me hace sentir muy cerca del cielo.

lunes, 4 de mayo de 2026

Jóvenes que añoran tiempos oscuros que nunca vivieron

 

Después de 50 años, en España aún hay sectores que añoran los tiempos oscuros de la dictadura. Persisten rescoldos de un franquismo nocivo que mantienen a parte de la sociedad anclada en una especie de limbo temporal: un espacio en el que el pasado no se asume del todo, pero tampoco se supera, y acaba siendo reinterpretado de forma preocupante. A mi juicio, esta situación dificulta avanzar hacia una democracia plena.

Es una observación alarmante, lo sé, pero muy real. El hecho de que sectores que ni siquiera conocieron la censura o la falta de libertades se sientan atraídos por esa estética o ese discurso es el síntoma de una falla en la transmisión de la memoria histórica.

Hay varios factores que explican por qué esos «rescoldos» están prendiendo en las nuevas generaciones:

En primer lugar, la rebeldía mal entendida. Históricamente, la juventud tiende a posicionarse contra el establishment. Si hoy el discurso dominante es el de los derechos sociales y la democracia, algunos jóvenes ven en la simbología o las ideas del pasado una forma de ir contra la corriente, sin calibrar el peso real de lo que defienden.

También influye la simplificación frente a la incertidumbre. Vivimos en un mundo complejo, precario y acelerado. La dictadura, en su narrativa idealizada, ofrece la falsa promesa de un mundo ordenado y con valores claros. Para quien se siente perdido en el mercado laboral o en la saturación digital, esa nostalgia impostada puede resultar seductora.

Por último, los bulos y la desinformación. Se difunden relatos edulcorados del pasado a través de redes sociales que presentan la dictadura como una época de bonanza y seguridad, ocultando la represión y el atraso social.

En este contexto, conviene no ignorar otro elemento de fondo: en parte de la derecha y la ultraderecha perviven inercias del franquismo que dificultan una ruptura real con ese pasado. Esta ambigüedad contribuye a que determinados relatos encuentren espacio y legitimidad en el debate público.

Si no se educa en el valor del pluralismo y en la gravedad de lo que supuso el totalitarismo, corremos el riesgo de que la democracia sea vista como un mero trámite burocrático, y no como la conquista social que realmente es.

Ese es el verdadero «limbo temporal»: una sociedad que no termina de asumir su pasado y, al hacerlo, permite que se deforme hasta volverse irreconocible. Porque cuando la memoria se debilita, el pasado deja de ser una lección y empieza a convertirse en una tentación.

martes, 28 de abril de 2026

La anestesia del alma

 

Me causa una profunda desazón ver, en informativos y periódicos, imágenes de niños con una tristeza infinita en el rostro, una tristeza nacida de la carencia de lo más elemental: el sustento.

Lo verdaderamente inquietante no es solo su sufrimiento, sino nuestra reacción ante él. Poco a poco, casi sin advertirlo, lo vamos incorporando al paisaje cotidiano de la información, como si formara parte del decorado inevitable del mundo. Así, lo que debería estremecernos termina por no alterarnos.

Esa insensibilidad que avanza en silencio, esa suerte de anestesia del alma, es quizá la forma más honda de injusticia: la injusticia que no solo se padece, sino que también se consiente.


Sepulcros blanqueados

 

Tú, que te sientes católico y, por ende, cristiano —es decir, seguidor de Cristo—, permíteme hacerte una pregunta que no acabo de entender: ¿cómo se concilia tu fe con el rechazo al inmigrante? ¿Cómo se explica esa actitud xenófoba y racista en alguien que dice seguir a Cristo?

Si Cristo es tu referente, al que adoras y homenajeas en procesiones y actos religiosos, algo no encaja. Porque su mensaje era bastante claro:

«Os doy un mandamiento nuevo: amaos unos a otros; como yo os he amado, así también amaos los unos a los otros. Vuestro amor mutuo será el distintivo por el que todo el mundo os reconocerá como discípulos míos» (Juan 13:34-35).

«Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel, y no me visitasteis”» (Mateo 25:41-43).

¿Esos pasajes del Nuevo Testamento, de boca del propio Jesús, te los pasas por el arco del triunfo? Quizá convenga mirarse al espejo y preguntarse si no somos uno de esos hipócritas a los que tanto criticó:

«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que os parecéis a los sepulcros blanqueados! Por fuera tienen buena apariencia, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre; lo mismo vosotros: por fuera parecéis justos, pero por dentro estáis repletos de hipocresía y crueldad» (Mateo 23:27-28).

Ser seguidor de Cristo no basta con proclamarlo. También es necesario poner en práctica su mensaje de amor y de justicia. No te fabriques el Dios a tu medida según te convenga.

miércoles, 21 de enero de 2026

El tiempo prestado

 

Si pudiera elegir una etapa en mi viaje por el tiempo, sin duda me quedaría con aquella en la que disfruté intensamente de la infancia de mis hijos… aunque pasó en un suspiro. Hoy, con la llegada de mis nietos, esas emociones han regresado. Solo espero que el azar sea benévolo y me conceda el tiempo suficiente para gozar de su niñez antes de que la parca me reclame.

sábado, 3 de enero de 2026

La paz como refugio

 

En un mundo que ha olvidado el valor del silencio y que prefiere el grito a la palabra, decido construir mi propio refugio.

No puedo detener las guerras lejanas, pero sí puedo evitar que el belicismo habite en mi mesa. No puedo cambiar el rumbo de los tiempos, pero sí puedo elegir la amabilidad como mi lenguaje y la escucha como mi escudo.

Hoy elijo ser una isla de calma en medio del ruido. Porque la paz no es esperar a que el mundo se detenga; la paz es caminar con paso firme y corazón sereno, sabiendo que la bondad es la única fuerza que no necesita armas para vencer.

Cada vez me reconozco menos en el mundo que habitamos. Me inquieta, me asusta, a veces incluso me provoca un miedo hondo el rumbo que estamos tomando como humanidad.

Por eso, ya que no puedo cambiarlo todo, al menos lucharé por insuflar paz y sosiego a mi vida y a la de quienes me rodean. Y quién sabe… quizá ese pequeño gesto sirva para hallar una isla de esperanza en las aguas oscuras de la intolerancia y el belicismo.

domingo, 12 de octubre de 2025

Un mes sin ti

Tu ausencia es insoportable. Un mes sin ti y todavía... ¡cuánto dolor!



 



jueves, 9 de octubre de 2025

La vida como escuela

 

Siempre quise estudiar Filosofía y Letras. Me atraía el misterio del pensamiento, la belleza de las palabras, la búsqueda serena de la verdad.

Pero me tocó vivir una época dura, y en una familia humilde los sueños no siempre se cumplen. A los trece años ya trabajaba, y aquella ilusión mía se quedó esperándome en algún rincón del camino, convertida en una quimérica esperanza.

Con el tiempo comprendí que no hace falta un título para pensar, ni una cátedra para sentir. La vida misma fue mi escuela, y sus lecciones, a veces crueles, me enseñaron lo que ningún libro enseña: el valor de la experiencia, el peso del tiempo, la fragilidad del alma humana. Me fui doctorando a través de la sabiduría que dan las vivencias y ese deseo innato por conocer, por entender, por comprender.

Tal vez no fui filósofo por formación, pero sí por vocación. Porque sigo mirando la vida intentando descifrarla, haciéndome preguntas y buscando respuestas. Y eso, al fin y al cabo, es lo que hace un filósofo: buscar sentido en medio del caos.

martes, 30 de septiembre de 2025

Hadas de los sueños

 

Este poema lo dedico a mi compañera y amiga Puri y a sus nietas. Ella compartió una foto de sus dos nietas en un grupo de WhatsApp del que los dos somos miembros. La foto era una maravillosa instantánea de unas niñas de entre tres y cuatro años, ataviadas, una con un vestido recreando la figura de Mickey Mouse y la otra con un vestido azul cielo, como el de un hada. Una niña daba un beso en la mejilla a la otra y, a sus espaldas, un jazmín con bellas flores de color azul. Una preciosa imagen que evocaba un cuento de hadas.

Por razones de privacidad no he ilustrado el poema con la fotografía original de las nietas de mi compañera. La imagen que aparece sobre estas líneas está generada por IA y según mi opinión, tiene una aceptable semejanza con la fotografía original. Para ilustrar el poema creo que resulta bastante acertada.

HADAS DE LOS SUEÑOS

Entre flores despierta la mañana,
brotan luces danzando entre sonetos;
una sonrisa, un beso en la mejilla,
y el jardín se ilumina de secretos.

 Sus vestidos son brisa y fantasía,
sus cabellos, destellos de la aurora;
en sus ojos palpita la inocencia,
que hace eterna la magia de esta hora.

Bajo un manto de luces y de flores,
donde el sol está danzando con la bruma,
dos almas pequeñas rompen el silencio,
custodias de la paz y la ternura.

No son niñas, son hadas de los sueños,
con alas tejidas de rocío y lila,
donde la edad no deja ya ni huella,
en estampa tan eterna y tan sencilla.

jueves, 25 de septiembre de 2025

Todavía

 

Me escondo de mis penas, como quien huye de una sombra obstinada. Me aferro a los recuerdos porque son el único refugio que me queda, aunque a veces me hieran más que la propia herida.

Me pregunto, en silencio, si cualquier tiempo pasado fue mejor, o si es mi nostalgia la que inventa un paraíso perdido. Tal vez el ayer no era tan hermoso, pero la distancia lo perfuma con un aire de eternidad. O puede que no le esté dando la importancia que tiene el presente. Y entonces me asaltan estas dudas, eternas, con sus contradicciones que nunca me dejan en paz.

Busco el abrazo del silencio para encontrarme conmigo mismo. En él caben mis dudas y mis sueños, mis derrotas y mis anhelos. Allí me reconcilio con lo que fui y con lo que nunca seré.

La nostalgia me inunda, y entre sus aguas voy trazando mi camino, paso a paso, entre los giros inesperados del destino. Avanzo sin certezas, con la memoria como brújula, sabiendo que, aunque el futuro se desdibuje, todavía puedo caminar… todavía.

martes, 16 de septiembre de 2025

La tarde de Baeza y el puñal de tu ausencia

 

El sol había caído lo suficiente como para alargar las sombras hasta el infinito. En el marco incomparable del Paseo de las Murallas de Baeza, cuando la tarde se escapaba casi con prisa, caminaba la «Julita». Asida a mi brazo derecho, avanzaba con paso torpe, cargando, no solo los dolores del cuerpo, sino también los del alma, con la resignación que le daban sus 87 años y pico.

Sé que estos días invernales te ponían triste, te llenaban de melancolía, de recuerdos, de soledad. Por eso quise que disfrutaras junto a tus hijos de la tibia calidez de aquella tarde de enero y del impresionante paisaje del Valle alto del Guadalquivir. El entorno era hermoso y la temperatura agradable... aunque tú ya no lo disfrutabas como nosotros.

Y te entendía. Entendía que, después de tantos años vividos, los anhelos se fueran apagando. Que tus alforjas estaban demasiado llenas de recuerdos, de ausencias, de seres queridos que partieron antes que tú hacia donde intuías, que habrías de ir también en no demasiado tiempo.

¡Ay Julita! ¡Qué efímera es la vida! ¡Qué rápido se pasó el tiempo! Tus ilusiones fueron menguando con el inexorable paso de los años y, aunque no querías morir, sí que estabas cansada de vivir.

Con paso lento, aunque impaciente por llegar. Cogida de mi brazo, nos adentramos en las calles que rodean el Paseo de las Murallas en busca del coche que la llevaría a la cálida paz de su hogar. Porque en su hogar se sentiría bien, sola con sus soledades descansaría su cuerpo… y su alma.

Querida madre: prometo disfrutar al máximo de tu compañía en los años, que sabíamos escasos, que aún te quedaban.

Porque me has dado mucho sin pedir nunca nada a cambio, por todo el amor que me has brindado te digo:

¡Gracias!

Gracias por sufrir conmigo y alegrarte conmigo, por cada gesto de ternura, por tu alegría contagiosa, por tantas cosas… ¡mil gracias, mi querida y adorada Julita!

  **********  


Seis años, nueve meses y dos días habían pasado desde aquel 10 de enero de 2019, aquella tarde tibia de invierno en que paseaste junto a tus tres hijos por el Paseo de las Murallas de Baeza, hasta que, el 12 de septiembre de 2025, exhalaste tu último suspiro.

Casi siete años en que aún nos regalaste tu presencia, tu gracia y tu buen humor. Poco a poco tu cuerpo se fue desgastando y las ilusiones se fueron perdiendo en el largo túnel del tiempo. Sin prisa pero sin pausa, la felicidad se te escapaba bajo el peso insoportable de los años.

Le agradezco a Dios que te dejara ver la boda de tu nieto y conocer a mis dos nietos, tus bisnietos. Pero el tiempo sopla como un viento demasiado fuerte, y al fin pudo contigo, mi amada Julita, que hace apenas cuatro días, te arrastró hacia el frío y eterno abrazo de la muerte.

Aunque tu partida ha sido un puñal en las entrañas, me queda el consuelo de que nunca más sentirás dolor, ese dolor cruel que tanto te martirizó en los últimos días de tu vida. Hoy, al fin, descansas.

Madre querida, aunque ya no estés, la luz de tu sonrisa sigue aquí, conmigo. Y seguirá para siempre. Tu ausencia duele, pero tu amor me sostiene.

Gracias por indicarme el camino, por ayudarme a vivir, por cada enseñanza, cada abrazo, cada palabra que me hizo más fuerte, por acompañarme siempre, por dejarme la certeza de que nunca me faltará tu luz.

Adiós mi tesoro, mi madre adorada. Hoy el cielo está de enhorabuena, aunque nosotros estemos desgarrados por el dolor de tu marcha. Hoy brilla una nueva estrella en el firmamento: la tuya, Julita, que me guiará hasta el día en que volvamos a encontrarnos.

Descansa en paz, mi ángel, mi queridísima madre. Siempre vivirás en mi corazón.

¡Adiós, mi entrañable Julita!

sábado, 6 de septiembre de 2025

A Valeria, mi pequeña golondrina

 

Duerme Valeria, mi estrella,
cierra tus ojos de flor,
que tu abuelo te contempla
y te canta con amor.

 Golondrina pequeñita,
de plumitas de algodón,
en mis brazos tú descansas
como un rayo de ilusión.

 Sueña haditas y duendes,
campos verdes y azul mar,
ositos blancos que juegan
y conejitos de azahar.

 Duerme tranquila, mi niña,
golondrina en mi balcón,
que en tu vuelo siempre encuentres
refugio en mi corazón.

 Cuando se encienda la aurora
y el sol vuelva a despertar,
el susurro de mi nana
te seguirá donde vas.

jueves, 4 de septiembre de 2025

Un suspiro en la infinitud del tiempo

 

Somos apenas un suspiro en la inmensidad del tiempo cósmico, apenas luz que cruza la noche, viento que pasa. Breves, pero ardemos con la intensidad de un universo que llevamos  dentro.

Somos un simple parpadeo, mientras la Tierra respira lenta, indiferente a esta existencia fugaz. Un susurro que se pierde en la bruma, fuego breve, un latido de luz en la sombra.

Todo lo que fuimos –lo que amamos y odiamos, lo que nos hizo felices o nos hirió– cabe en un instante, y solo permanece en la memoria.

Pequeños y diminutos en el océano del tiempo, aun así brillamos como estrellas fugitivas en la oscuridad. Pasamos creando belleza, o pasamos arrasándola.

Somos la tempestad o la calma, la herida y el consuelo, la belleza y la devastación en la noche del universo.

Somos suspiros en la historia. El eco de lo que fuimos lo arrastrará el viento, y solo quedará un instante temblando en el recuerdo, antes de disolverse en la infinitud del tiempo.

lunes, 25 de agosto de 2025

Allí no estaré

 

Cuando dentro de unos años, o quizá dentro de unos meses, o tal vez mañana, me encuentre en un abrazo eterno con la parca… Cuando al cabo me den sepultura entre quizá unos cuantos lloros y suspiros, y depositen mi cuerpo en un hueco vacío y frío… no vayas después a llorarme ni a llevarme flores, porque allí no estaré. Allí solo hallarás silencio y una forma corpórea en descomposición que nada tiene ya de mí. En aquella fría tumba solo encontrarás despojos y podredumbre. Algo que no querrás ver.

Lo que fui se apagó con mi último suspiro. Mis alegrías y mis tristezas se fueron conmigo; pero créeme, allí no las hallarás. En aquella tumba fría nunca las encontrarás.

Donde sí estaré será en la lluvia otoñal, en el viento que acaricie tu rostro, en las olas del mar al atardecer, en la brisa suave de la madrugada. Estaré en el rocío primaveral y en la escarcha invernal, en veredas y caminos, en vuelos de gorriones y en trinos de golondrinas. Estaré en procesiones de Semana Santa, en cenas de Nochebuena y en cabalgatas de Reyes. Estaré, en definitiva, en la memoria que conserves de mí.

Donde seguro no estaré será en aquel lugar donde dejaste mi cuerpo yerto por última vez. No, allí no estaré.

viernes, 22 de agosto de 2025

Nana para Adrián

 

Duerme mi niño
duerme Adrián,
con tu abuelito
te dormirás.

 Duerme mi cielo,
duérmete ya,
«señora vaca»
te cantará.

Y si sonríes,
me alumbrarás,
como un lucero
que brilla más.

En tus ojitos
yo soñaré,
tus dulces sueños
yo velaré.

 Duerme mi niño
duerme Adrián,
con tu abuelito
te dormirás.


Desde la noche hasta el alba

 

Yo contigo y tú conmigo
desde la noche hasta el alba.
Tus pasos que van naciendo,
mi amor que siempre los guarda. 

En mis brazos soñarás
un mundo de fantasía,
de peluches, de muñecos
y juguetitos que silban. 

A lomos de nubes blancas,
de algodón y de magia,
soñarás con mundos nuevos
y hermosos cuentos de hadas. 

Vendrán volando los «pipis»
a velar tu lindo sueño,
pajarillos de colores
te cantarán un te quiero. 

Y Adrián despertará,
y el abuelito le canta,
susurrando despacito,
le canta «señora vaca». 

Y me mirarás atento,
con esa sonrisa clara,
con esos ojitos vivos
que me iluminan el alma. 

Jugaremos a la pelota,
y le darás de patadas,
irás corriendo a por ella
cuando traviesa se escapa. 

Y llenarás mi mundo
de ilusiones y de magia,
y me sentiré feliz
desde la noche hasta el alba. 

Siempre a tu lado, tesoro,
mi mano te guiará
por veredas y caminos,
por senderos en el mar.

sábado, 16 de agosto de 2025

Silencio

 

a la memoria de Pilar Suárez

Se apagan las risas de los niños
y el canto de los pájaros.
El sol de la primavera
ya no calienta.

Silencio…
poco a poco.

 Quiero gritar
y no puedo.
Me siento extraña,
flotando sobre mí,
 y sola,
terriblemente sola.
De repente…

 No hay lluvia.
No hay viento.
No hay árboles,
ni montañas,
ni siquiera aire.

 Nada.

 ¿Dónde están mis hijos?
¿Dónde mi marido?
¿Por qué lloran?
¿Por qué lloran todos?

Poco a poco… el silencio.

 ¡Y la soledad!

 Frío.
Un frío hondo.
Oscuridad que envuelve
por fuera y por dentro.

 Miedo.

¿Por qué no puedo moverme?
¿Por qué este vacío,
como un mar sin orillas?

 Quiero ver a mis hijos.
A mi marido.
A mi familia.
Quiero tocarlos.
Quiero decirles
que estoy aquí…

 Pero no me oyen.

 Silencio.
Oscuridad.
Penumbra y silencio.

 De pronto,
una luz suave
atraviesa la negrura
y me susurra sin palabras:

 –Tu vida ha terminado.

 ¡Dios mío!
Solo tengo 54 años.
¡Quedaban tantas cosas!
¡Tantos abrazos!
¡Tantos caminos!

 No quería irme así.
No tan pronto.
No por mis hijos.
No por mi marido.

 Luché con todas mis fuerzas,
pero la muerte
ha ganado.

 Y, sin embargo…
ya no hay dolor.
Solo calma.
Sosiego.
Paz.

 No estoy triste.
Sé que algún día
volveremos a encontrarnos,
y esa certeza me sostiene.

 Me llevo el amor de todos,
como un manto invisible
que me arropa.

 Quisiera decirles
que no sufran,
porque nos volveremos a ver…

 Pero no me oyen.

 Lástima.

 Todo se disuelve.
 Se desvanece.

 Solo queda el silencio…
el silencio…
solo el silencio…

y la esperanza
de un mañana juntos.


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