Niños judíos moribundos por inanición en las calles del gueto de Varsovia durante la ocupación Nazi
Todo
pueblo tiranizado, humillado, masacrado…, puede hacerlo a su vez a otros
pueblos. Es la conclusión lógica de la esencia humana.
Yumys Galaxy nació como un pequeño refugio en medio del ruído del mundo. Aquí guardo pensamientos, emociones y fragmentos de vida que, de otro modo, se perderían en el olvido. No busco popularidad ni aplausos; busco, sencillamente, expresar mi lado más personal e íntimo, porque en cada palabra dejo una parte de mí. Este espacio no pretende convencer, solo compartir lo que soy, lo que pienso y lo que siento. Solo eso.
Niños judíos moribundos por inanición en las calles del gueto de Varsovia durante la ocupación Nazi
Todo
pueblo tiranizado, humillado, masacrado…, puede hacerlo a su vez a otros
pueblos. Es la conclusión lógica de la esencia humana.
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
A veces me detengo a pensar y me pregunto si el
ser humano es realmente consciente de la clase de criatura despreciable que
puede llegar a ser. En mis reflexiones surgen varias preguntas que me producen,
cuando menos, cierto desasosiego:
¿Somos realmente conscientes de lo que somos?
¿Estamos seguros de conocernos en lo más profundo de nosotros mismos?
¿Sabemos siquiera de lo que seríamos capaces en determinadas circunstancias?
Creo que no. Muy pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre lo que somos en realidad y sobre lo detestables que podemos llegar a ser cuando, por encima de cualquier otra consideración, colocamos nuestro propio beneficio. Seguimos una máxima que, con demasiada frecuencia, parece haberse convertido en un auténtico dogma: «Primero mis dientes que mis parientes».
Nos creemos personas adorables. Pensamos que es un placer convivir con nosotros. Estamos convencidos de que casi siempre nos asiste la razón. Todo cuanto hacemos nos parece correcto y todo cuanto decimos, acertado. Y, cuando nuestras acciones resultan cuestionables, siempre encontramos argumentos para justificarlas. Nos consideramos poseedores de la verdad... de nuestra verdad.
Nuestras ideas, nuestra forma de vivir y de entender la existencia constituyen, para nosotros, el paradigma de la perfección. Con demasiada frecuencia pretendemos que nuestro criterio prevalezca sobre el de los demás, convencidos de que es el más sensato y el más acertado.
Las actitudes de quienes nos rodean, sus creencias, sus convicciones, su manera de vestir, de hablar, de amar, de sufrir, de pensar o de entender la belleza, cuando difieren de las nuestras, nos parecen equivocadas y, en muchas ocasiones, incluso reprobables.
Si reflexionamos con sinceridad sobre todo ello, descubriremos que, en mayor o menor medida, este comportamiento forma parte de casi todos nosotros. A eso lo llamamos intolerancia. Una intolerancia de la que, como seres humanos, somos con frecuencia prisioneros. Y pocas criaturas han demostrado ser capaces de cometer mayores atrocidades que el propio ser humano.
En definitiva, somos profundamente egoístas y tendemos a anteponer nuestro bienestar y nuestros intereses a cualquier otra consideración.
Así de cruda es la realidad que, a mi juicio, acompaña al ser humano desde su aparición sobre la faz de la Tierra, para desgracia de la propia Tierra.
Deberíamos ser libres para decidir nuestro propio destino, para recorrer la vida como mejor nos plazca, sin restricciones innecesarias. Pero esa libertad solo puede ser legítima cuando respeta la de los demás; cuando no menoscaba sus derechos ni perjudica sus intereses; cuando no invade gratuitamente su intimidad y cuando es capaz de aceptar, sin hostilidad, las diferencias de raza, religión, creencias, modo de vida o forma de pensar.
Si algún día llegáramos a comportarnos de esa manera —algo que, a mi juicio, resulta extremadamente difícil, porque el egoísmo y la maldad parecen formar parte de nuestra condición—, la vida sobre este maravilloso planeta llamado Tierra sería mucho más placentera y, sobre todo, mucho más justa.
Si queremos construir un futuro mejor, deberíamos partir de una base ética tan sencilla como irrenunciable:
«Ningún pueblo, ninguna nación, ninguna persona… nada positivo se puede construir a costa de los demás».
Porque, si para alcanzar nuestra felicidad necesitamos destruir la de otras personas, quizá habría sido mejor no haber nacido; al menos, así libraríamos al mundo de nuestra inmunda presencia.
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Es evidente que cuanto se ha expuesto hasta ahora refleja una visión bastante pesimista del comportamiento humano. Es probable que muchos discrepen de esta valoración y la consideren excesivamente catastrofista. Soy consciente de que las generalizaciones rara vez hacen justicia a la realidad; sin embargo, sigo convencido de que una gran parte de la humanidad encaja, en mayor o menor medida, en el retrato que acabo de describir.
En cualquier caso, para fundamentar mejor esta reflexión, conviene acudir a la historia. Quizá así resulte más fácil comprender por qué sostengo estas afirmaciones.
Es cierto que, a lo largo de los siglos, ha habido personas capaces de sacrificarse por los demás e incluso de entregar su vida por sus semejantes. Sería injusto ignorarlo. Pero, a mi juicio, esos ejemplos han sido siempre excepcionales frente a una realidad mucho más frecuente.
La historia demuestra hasta qué extremo puede degradarse el ser humano cuando el poder, el fanatismo, la ambición o el odio se imponen sobre cualquier principio moral.
Ahí están los grandes imperios, que extendieron sus dominios mediante la guerra, la violencia y el sometimiento de otros pueblos, imponiendo con frecuencia sus creencias y su modo de vida a quienes pensaban de forma diferente.
Ahí está también la Inquisición, bajo cuyo amparo miles de personas fueron perseguidas, torturadas y ejecutadas en nombre de Dios.
Ahí está el exterminio y el despojo sufridos por numerosos pueblos indígenas de América del Norte, privados de sus tierras, de su libertad y, en muchos casos, de su propia identidad.
Resulta imposible olvidar la esclavitud, practicada durante siglos por distintas civilizaciones, reduciendo a millones de seres humanos a la condición de simples mercancías.
Y resulta igualmente imposible pasar por alto el nazismo, responsable de uno de los mayores genocidios de la historia. La deshumanización de sus víctimas permitió que millones de personas fueran asesinadas con una frialdad difícil de comprender.
Tampoco deberíamos olvidar los crímenes cometidos por tantos regímenes totalitarios y dictaduras que, a lo largo de la historia, han perseguido, encarcelado, torturado y asesinado a quienes consideraban sus enemigos.
La política tampoco ha permanecido ajena a estas miserias humanas. Son numerosos los dirigentes que, amparados por el poder, han antepuesto sus intereses personales al bienestar de los ciudadanos, recurriendo a la mentira, la demagogia, la corrupción o el abuso de poder.
No es casual que Louis McHenry Howe, asesor del presidente Franklin D. Roosevelt, afirmara:
«Nadie puede adoptar la política como profesión y seguir siendo honrado.»
Sea o no compartida esa afirmación, refleja la profunda desconfianza que la actividad política ha despertado con frecuencia entre los propios protagonistas de la historia.
Tampoco faltan empresarios que convierten el beneficio económico en su única prioridad, olvidando la dignidad de quienes trabajan para ellos y reduciendo al trabajador a un simple instrumento para incrementar sus ganancias.
Y, descendiendo al terreno de la vida cotidiana, encontramos innumerables ejemplos de pequeñas miserias humanas: superiores que humillan a sus subordinados, personas que maltratan o asesinan a quienes decían amar, familias destruidas por una herencia, amistades rotas por intereses económicos o por simples diferencias de opinión.
Entre el amor y el odio existe, a veces, una distancia sorprendentemente corta. Mientras los demás no interfieran en nuestros intereses y compartan, aunque solo sea parcialmente, nuestra manera de pensar, solemos considerarlos buenas personas. Pero basta con que nuestros intereses se vean amenazados, con que cuestionen nuestras convicciones o con que nos causen un agravio para que todo cambie.
Somos expertos en olvidar cien favores por culpa de una sola ofensa. El refranero español ilustra muy bien esto:
«Hazme cien cosas buenas y fállame en una, y no me has hecho ninguna.»
En definitiva, sigo pensando que el egoísmo está profundamente arraigado en la naturaleza humana. Existen personas extraordinarias cuya generosidad desmiente esta visión, y gracias a ellas el mundo continúa siendo un lugar habitable. Pero, en mi opinión, siguen siendo una minoría.
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
Hoy, 16 de junio, cumplo 67 años. No sé si
alegrarme o entristecerme. Y es que, a partir de cierta edad, el día de nuestro
cumpleaños se convierte en un día triste y alegre a la vez. Triste por tener un
año más y alegre por haber llegado a tenerlo, y yo ya estoy en esa cierta edad,
así que mis sentimientos son encontrados.
67 años dan para mucho, dan para haber vivido una infancia maravillosa, y lo digo porque mis recuerdos de aquella lejana época son especialmente agradables, por eso intuyo que aquella etapa debió ser especialmente bonita.
Dan para haber vivido una adolescencia de contradicciones, de buscar el camino correcto, una etapa de rebeldía, de riesgos, de locuras, de amoríos, de ilusiones y desengaños, de fracasos y triunfos.
Dan para haber conocido a la persona más encantadora que en la vida puedas encontrar y con la que camino por la existencia desde hace ya tanto tiempo.
Dan para haber tenido dos hijos, una experiencia maravillosa y que, desde su nacimiento, han hecho que mi vida sea especialmente atractiva e intensamente emocionante.
Dan para haber conocido a personas que vinieron a mi vida para conformar un núcleo de amistad que, en algunos casos, el tiempo y la distancia evanesció, pero que, en otros, aún siguen aportando a mi vida una experiencia enriquecedora. Mi amigo Manuel Ángel es un claro ejemplo de ello.
Dan para haber trabajado en la Sanidad Pública durante muchos años. Una experiencia especialmente positiva, fascinante, apasionante e inolvidable. Por muchas cosas, pero especialmente por las personas que conocí, las amistades que forjé y las anécdotas que viví.
Y dan para haber tenido dos nietos, dos personillas que, desde hace un año, algo más en el caso de mi nieta, alegran la monotonía de mi existencia y que, con su presencia, han hecho que recobre un cúmulo de emociones y sensaciones que ya creía olvidadas y que contribuyen, y de qué manera, a hacerme inmensamente feliz. Porque Valeria y Adrián, han venido a mi vida para llenar ese vacío existencial que algunas veces se produce a ciertas edades, cuando se empieza a vislumbrar el final del camino.
En fin, 67 años dan para mucho. Dan para conocer personas y lugares, para vivir experiencias positivas y negativas, para sufrir tremendas decepciones pero también sorpresas maravillosas, para reír y para llorar, para emocionarme y asombrarme, para entristecerme y alegrarme… para, en fin, ir escribiendo las páginas, a veces azarosas, otras placenteras, de mi propia historia.
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
Hace algún tiempo reflexioné sobre las lenguas
oficiales españolas en los siguientes términos: «Está bien que España sea
diversa y coexistan varios idiomas oficiales pero, si lo analizamos fríamente,
esa característica tiende a separar a los españoles más que a unirlos».
Esa reflexión (que mantengo) para nada debería ser la realidad española (que lo es). En ningún caso, esa característica, tan propia de nuestro país, debería separar a los españoles, todo lo contrario. Porque la cultura y la lengua (sea cuales fueren) no deberían dividir, sino sumar. Pensemos que las lenguas cooficiales de España forman parte del gran patrimonio cultural de nuestro querido país.
En cualquier caso, la espantada de Isabel Díaz Ayuso en la Conferencia de Presidentes celebrada en Barcelona el pasado 6 de junio, cuando el lendakari Imanol Pradales comenzó su discurso en euskera y el presidente de la Generalitat el suyo en catalán y la presidenta madrileña, cumpliendo su anunciada amenaza, se levantó y se fue, demuestra, aparte de una total falta de respeto institucional, un absoluto desprecio por las lenguas cooficiales españolas. Por cierto, ni un solo presidente autonómico del PP secundó la espantada de su borrical compañera.
La Constitución Española es muy clara en lo que se refiere a la lengua oficial del Estado:
TÍTULO PRELIMINAR
Artículo 3
1 El castellano es la lengua española oficial del Estado. Todos los españoles tienen el deber de conocerla y el derecho a usarla.
2 Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos.
3 La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural que será objeto de especial respeto y protección.
Queramos o no queramos, nos guste o no nos guste, la realidad de España es que tiene, con el castellano, otras lenguas cooficiales y, por tanto, hay que respetarlas. Te llames Ayuso o «Perico el de los palotes». Pero claro, si no da la nota y se erige en protagonista, sea cual fuere el lugar donde se encuentre, no está a gusto la jumental presidenta madrileña.
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
Siempre
he creído —y nuestra negra historia lo confirma— que somos una especie fallida dentro
de la lógica natural del universo. Por eso, estoy en contra de traer hijos al
mundo: no deseo contribuir a perpetuar esta especie tan nociva. Nociva para las
demás especies, para sí misma y para todo cuanto la rodea, incluido el planeta
que habita.
No niego que existan personas que se salven de esa tónica destructiva general. Pero aun así… ¿para qué nacer, si la vida está tan llena de sufrimiento y la maldad humana forma parte del paisaje?
Y yo, que ya he nacido; que ya he vivido; que ya he conocido; que llevo las alforjas llenas de experiencias —unas buenas, otras no tanto—; yo, que he visto de primera mano las aberraciones que ha cometido el ser humano a lo largo de la historia; que sé que la maldad, tarde o temprano, se impone a la bondad —porque si no fuera así, no habría guerras, ni hambre, ni injusticias—…
En fin, yo, que formo parte de esta tragicomedia llamada humanidad, no sé si dar las gracias a mis padres por haberme traído al mundo… o pedirles explicaciones por haberlo hecho.
Un terrible dilema, ciertamente.
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
A menudo vienen a mi mente recuerdos de mi abuelo
Marcos, el padre de mi madre. Un hombre cultísimo, cultura adquirida de una
forma totalmente autodidacta (a la fuerza ahorcan), en eso me parezco mucho a
él. Supongo que mi amor por la lectura, por la astronomía, por la literatura,
por la historia… por la cultura, me viene heredado de mi abuelo.
Él, por ejemplo, fue el primero que me enseñó a mirar el cielo nocturno y a saber lo que estaba viendo cuando yo era todavía un infante de corta edad. Me enseñó a conocer los nombres de los planetas, de las estrellas, de las constelaciones, a saber que esa banda brumosa que se extiende a través del cielo era parte de la Vía Láctea, la galaxia en donde se encuentra el Sistema Solar.
Él fue el primero que me habló de un tal Cervantes y de su novela «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha», novela que mi abuelo me leyó, con aquella voz grave y modulada, en muchas ocasiones. Por cierto, la biografía de Cervantes fue el primer libro que leí (me lo regalaron los Reyes Magos) cuando tenía 9 años…, ¡me encantó! supongo que mucho tuvo que ver mi abuelo (con su lectura del Quijote) para que me gustara tanto la biografía de tan insigne escritor.
De mi abuelo Marcos, que murió cuando yo tenía 27 años, conservo muchos recuerdos aunque, por desgracia, vivíamos en pueblos distintos y no me era posible visitarlo con la frecuencia que yo hubiese deseado. De cualquier manera era un hombre admirable que encontró en los libros mucha de la erudición que atesoraba, aumentada, eso sí, por sus experiencias vitales. Todo ello unido hizo de mi abuelo un gran talento, perdido por desgracia entre los surcos y las tierras labrantías de su Torreperogil natal.
Lástima que no tenga ninguna foto de él para poder ilustrar estas reflexiones.
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
A propósito de aquellos que rechazan a los
inmigrantes por el mero hecho de serlo y que, curiosamente y en general, se
consideran «buenos cristianos» porque asisten a misa los domingos y fiestas de
guardar.
En el evangelio de San Mateo, capítulo 2, versículos 13 y 14 se puede leer:
«El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: “Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; allí estarás hasta que te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo”. Así que se levantó cuando todavía era de noche, tomó al niño y a su madre, y partió para Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes».
Así pues, Jesucristo tuvo también que emigrar a Egipto por la envidia de un tirano, y su familia estuvo unos cuantos años acogida en un país extraño.
En el capítulo 25 versículos 41 al 43 del evangelio de San Mateo se puede leer:
«Entonces dirá también a los de la izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre, y no me disteis de comer; tuve sed, y no me disteis de beber; fui forastero, y no me recogisteis; estuve desnudo, y no me cubristeis; enfermo, y en la cárcel, y no me visitasteis».
Parece ser que Jesús no rechazaba a los inmigrantes como bien se puede ver.
Hay una palabra en el Nuevo Testamento que Jesús repite hasta la saciedad. La palabra es «HIPÓCRITA». Todos sabemos lo que significa pero recordemos como la define el Diccionario de la RAE:
HIPÓCRITA: «Que actúa con hipocresía».
HIPOCRESÍA: «Fingimiento de cualidades o sentimientos contrarios a los que verdaderamente se tienen o experimentan».
Es decir, ser un hipócrita es ser «más falso que el alma de Judas».
Y aquí lo dejo, que cada uno saque sus propias conclusiones.
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
Hay que ser un poco egoísta y pensar en uno mismo y en su bienestar más que en cualquier otra cosa.
Disfruta del amor de tus hijos y comparte todos los momentos que puedas con ellos; aprovecha tu tiempo gozando de la compañía de tus nietos pero no seas esclavo de ella si no es estrictamente necesario.
Aprovecha cualquier ocasión de pasarlo bien que se te presente, no lo dejes para mañana porque quizá mañana no llegue nunca.
En resumen, hay que mirarse un poco el ombligo y dejar que el mundo fluya a tu alrededor, porque cuando se empieza a vislumbrar el final del camino cada minuto es oro y no hemos llegado a los últimos años de nuestra vida como para ensombrecerlos con preocupaciones tontas y obligaciones innecesarias que nada te aportan y si lo hacen será acortar tu ciclo vital.
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
No soy
alguien famoso, eso está claro, soy una persona sencilla, de las muchas que hay
por ahí. Alguien con un elevado espíritu crítico; alguien que mira la vida y
aprende de ella; alguien que se hace preguntas y busca respuestas; alguien que,
como mi abuelo Marcos, es un autodidacta nato, quizá y muy a mi pesar, por
falta de oportunidades de no haber podido tener una educación reglada, que
suplo con mi amor por los libros y el mundo de la cultura en todas sus facetas,
con mi afán de saber, de indagar, de investigar, de bucear en todas las
ciencias y todas las artes (astronomía, literatura, historia, geografía, cine…)
alguien con una curiosidad sin límites.
Soy alguien que proviene del pueblo más sencillo y que, a través de la sabiduría que dan las vivencias y ese deseo innato por conocer, por entender, por comprender… por saber, me ha llevado con el paso de los años, y perdón por la inmodestia, a poseer un nivel cultural bastante amplio.
Alguien que cree estar preparado para opinar con criterio de mil cosas, sociopolíticas y de otra índole, y que, algunas veces, comparte sus opiniones a través de las redes sociales. Porque pienso que es lícito opinar argumentando esas opiniones. Porque pienso que no solo los intelectuales y personas relevantes tienen buen criterio, a veces es todo lo contrario, muchas veces las personas anónimas (y no digo que sea mi caso, aunque pudiera ser que también a veces) son más sabias a la hora de afrontar cuestiones existenciales, sociales, políticas y de todo tipo.
Alguien que no tiene miedo al qué dirán cuando mis razonamientos sean contrarios a otros tipos de pensamiento. Me da igual, esas opiniones son mías, es lo que pienso y así lo expongo, con respeto pero sin cortapisas ni limitaciones.
Alguien que aboga por el bienestar y el bien común y que de un tiempo a esta parte está totalmente decepcionado con el comportamiento humano (en pleno siglo XXI), cada vez más radical y lleno de odio. Por más vueltas que le dé no consigo entender el despreciable fanatismo e intolerancia de cada vez más personas, personas, que según mi opinión, están atrapadas en su ignorancia, sus limitaciones y sus complejos. Por eso, porque todo ello va en contra de mi idea de sociedad, a menudo tengo la impresión de haber nacido en el planeta equivocado.
En fin… así soy yo.
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.
Porque, sabedlo, mi adorado tesoro me ha ayudado a respirar cuando la opresión de la, a veces soga de la existencia me ahogaba. En el transcurrir por los muchas veces intrincados senderos de esa existencia me ha hecho mejor persona y me ha proporcionado ese viento que empujara las velas de mi barco para cruzar con éxito el océano de la vida.
Siempre a mi lado, en lo bueno… y en lo malo. Porque al referirme a ella sí que puedo decir alto y claro aquello de… «Contigo pan y cebolla».
Que es bella no hay quien lo discuta pero, ¿qué puedo decir de esa otra belleza, de la belleza que no se ve? ¿Qué se puede decir de una persona que será la primera en ofrecer su ayuda y la última en buscar una recompensa? ¿Qué se puede decir de una persona que te ofrecerá el mejor sitio quedándose ella con el peor? ¿Qué se puede decir de una persona sencilla, dulce, amable, simpática, con un atractivo halo de bondad que la hace diferentemente extraordinaria? No estoy ensalzándola gratuitamente, es la verdad, la pura y maravillosa verdad.
Por todo eso la quiero, por todo eso estoy, después de casi 49 años de caminar juntos, enamorado de ella hasta las trancas.
Y todas las tardes y todas las noches y todos los días de mi vida estaré dando gracias a Dios por tenerla a mi lado, porque… sinceramente, la diosa fortuna me miró con gracia aquel lejano 25 de agosto.
¡Te quiero tanto mi adorada Isabel, mi adorado tesoro!
Autodidacta, cultivo todas las ciencias y las artes; en especial la astronomía, la literatura, la filosofía y el cine.